URBANISMO

Una ciudad sin control de su espacio: Roberto F. Gutiérrez H.

Es bien reconocido que las ciudades son organismos vivos, escenarios de múltiples funciones, y que gracias a ellas y a su desarrollo, a veces espontáneo o natural, otras inducido o artificial, el hombre moderno ha alcanzado, aceptablemente, una condición de goce y satisfacción a sus aspiraciones individuales y colectivas impensables. No obstante, vivir en la ciudad, en su espacio físico, demanda tanto de sus ciudadanos como de las autoridades locales determinados controles de sus actividades vitales de convivencia y que estas sean, precisamente, expresión del mejor entendimiento entre las partes y el todo. Cuando no existe esta armonía se produce un caos difícil de controlar, fácil de ignorar.

La ciudad actual es, entre otras cosas, la extensión territorial que define sus fronteras urbanas. El término ciudad se asocia por extensión con los ciudadanos que viven y trabajan dentro de sus límites, así como también con los miembros del ente corporativo que, por mandato de los primeros, forman la entidad política que la administra, sean estos, alcaldes, ediles, concejales o representantes de corregimiento o sea aquellos en quien confiamos los asuntos públicos que no podemos manejar individualmente. Por lo que el espacio que le es propio es primero de competencia municipal y después nacional, de allí la importancia de su jerarquía.

Así, pues, si las autoridades locales y los ciudadanos no ponen en práctica los controles del espacio que les es propio gestionar, se puede decir que estarían permitiendo que terceros, con intenciones bien claras, impongan sus intereses mezquinos por encima del resto de la ciudadanía y del ente corporativo que se espera que la administre, adecuadamente y en beneficio de todos.

Esta situación no es nueva, persiste y parece agravarse, en vez de mejorar o corregirse, en la ciudad de Panamá.

El gobierno central es el otro actor que ejerce un control y desarrollo en la ciudad por su propia cuenta. Tiene mayor solvencia de fondos públicos, define políticas sociales y económicas de más alcance y gestiona, puntualmente, políticas urbanas afines a sus promesas de campaña y acciones de mayor proyección social para sus electores. A nivel local, se percibe que las autoridades se ocupan de lo mínimo, no tienen poder político ni económico, mientras que el Gobierno y su aparato estatal es el único con capacidad de respuesta. Este modelo de gestión está muy arraigado en el país y esta ciudad, al punto de que todo lo que viene de arriba, el Gobierno central, no es ni admite ser cuestionado, se da por cumplido.

Pero aún hay más, la ciudad de Panamá es un fiel reflejo del accionar de los actores económicos en asocio con el Gobierno central y muy poco desacuerdo o en contubernio de las autoridades locales. Crece verticalmente dentro de exiguos controles urbanos y de infraestructura. Está atiborrada de vallas publicitarias, ocasionando contaminación visual. Pareciera un modismo enfermizo, en vez de una real necesidad de vender un producto o bien, sin que afecte nuestro golpeado presupuesto. Estos elementos obstaculizan la vista, las perspectivas y la señalización vial e, incluso, se les ve fijada dentro de predios escolares sin reparo; en bancas en las isletas, sin medir el peligro que representan.

El foráneo, al ver sus edificios queda totalmente deslumbrado, sin percatarse de que está a punto de caer en un hueco por falta de una tapa o de una verdadera acera. El ciudadano de a pie que tenga que ir, por ejemplo, al hospital Santo Tomás se encontrará con aceras que ya no lo son, con un quiosco que le obliga a tirarse a la calle para poder continuar su destino. O sea que el tema de las barreras urbanísticas, del que tanto se habló en su momento, ya no tiene ninguna importancia ni es tomado en cuenta. Y ni hablar de los desfiles patrios y otras fiestas, cuando queda en evidencia este problema, pero a nadie parece importarle la condición del pavimento de las calles y aceras, que empeora si llueve.

Al municipio le corresponde involucrarse más en estos menesteres. En fin, debe ocuparse de garantizar más y verdaderos espacios públicos. No debe confiar, únicamente, al Ministerio de Vivienda el crecimiento de la ciudad y la asignación de los espacios de uso público. Debe gerenciar las tierras nacionales (caso Paitilla y cinta costera), dentro de sus límites reconocidos. La ciudad debe, entonces, priorizar la recuperación de un verdadero control de su espacio y de las políticas urbanísticas que le sean propias en tanto que es modelo y capital del país.

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