EDUCACIÓN

De clases y clases: Guillermo Sánchez Borbón

En una de sus novelas cortas (o cuentos largos) el gran escritor británico Somerset Mauham hace añicos una de las generalizaciones más difundidas entre sus compatriotas. El personaje central de una de sus ficciones, aunque nacido en Inglaterra, ha vivido la mayor parte de su vida en China. Al cabo de los años regresa de visita a su país de origen.

No le gusta lo que ve, y se queja: “no sé por qué aquí dicen que todos los chinos se parecen y que cuesta mucho distinguir a uno de los otros. Yo nunca he confundido a un chino con otro chino. No se parecen en nada. En cambio, todos los ingleses son idénticos: es imposible diferenciarlos. Yo supongo que las madres inglesas saben cuáles son sus hijos; pero son las únicas capaces de identificarlos. Es desconcertante. En cambio, nunca he confundido a un chino con otro chino; ninguno se parece a los demás”. Es una estocada mortal a la insularidad inglesa de aquella época.

Maugham era un escritor sobremanera sutil. Hoy nadie lo lee. Todos viven pendientes de las últimas novedades literarias, generalmente escritas por ilustres mediocridades.

Y ahora voy ocuparme en un tema que no tiene absolutamente nada que ver con el anterior.

En cuanto llegaron al poder en nuestro país los liberales, pusieron en ejecución algunos de sus principios más importantes. Uno de ellos fue la educación laica y popular (i. e. gratuita). Cuando yo fui a primer grado, en el Bocas del Toro de 1931, el primer día de clases nos entregaron a cada uno de los alumnos un libro de lectura que cubría todo el año lectivo. Nuestra única obligación era devolverlos el último día de clases, en relativo buen estado, para que los utilizaran los nuevos alumnos.

El año siguiente nos entregaron el segundo tomo maravilloso del libro de lectura. En tercero o cuarto grado nos repartían (gratuitamente) libros de historia, geografía, lectura, etc. y un odiosamente hermético tomo de matemáticas (todo a costa del Estado).

No recuerdo en qué grado agregaron un plumario, cuya tinta llenaba a rebasar la punta de cada banca. Mis condiscípulos eran sobremanera cuidadosos. Yo era el único que andaba siempre con las manos tintas (como si acabara de cometer un sangriento asesinato) y, por natural extensión, las camisas y pantalones. Mis condiscípulos parecían inmunes a la suciedad y la tinta, cosa que, por odiosa comparación, los hacía aparecer inmaculados, algo que nunca dejaron de echarme en cara mis maestras y mi madre.

Y ahora hablemos de cosas serias. La educación laica, gratuita y obligatoria era una de las piezas claves del programa liberal. No solo por las razones obvias, sino porque era un vehículo de movilidad social, pieza clave en la política de democratización que preconizaban los liberales del buen tiempo viejo. Era la misma idea que guió a Harmodio Arias Madrid cuando creó la universidad nacional, como lo prueba el hecho de que era nocturna, a fin de que quienes trabajaban de día pudieran asistir a clases. La calidad del cuerpo docente era extraordinaria: primero vinieron los profesores alemanes perseguidos por Hitler, y elevaron a un nivel sobremanera alto los programas de estudio. Cuando, a los cuatro años, consideraron que habían cumplido su deuda moral con nuestro país (que los había salvado de los campos de concentración contratándolos para la recién nacida Universidad de Panamá) se fueron a los grandes centros norteamericanos de educación superior. Aquí fueron reemplazados por los españoles de la diáspora provocada por el régimen fascista de Franco.

De todo esto quedó muy poco. En las aulas modernas y espaciosas (cuyos terrenos fueron adquiridos expresamente para la Universidad por Enrique A. Jiménez), empezaron a impartirse las clases de noche y de día. Desgraciadamente, una universidad no es solo un edificio con aulas espaciosas y modernas. Es mucho más, como lo demuestran ciertas facultades técnicas admirables, en que se forman los competentes profesionales que requieren el país y la industria. Por desdicha, no se puede decir lo mismo de otras profesiones, de cuyos nombres no quiero acordarme.

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