CONSENSOS

Entre el clientelismo y el debate político: Antonio Saldaña

Dice la Constitución de la República que “los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumentos fundamentales para la participación política,…”. Pero en la realidad, y a contrario sensu de lo que expresa la carta constitucional, en Panamá los partidos se han convertido en paparruchas políticas.

No representan la diversidad ni expresan la voluntad mayoritaria de la Nación, pues más del 50% de la población no está inscrita y menos quiere saber de ellos. Estos son empresas personales de carácter clientelar que a lo sumo encarnan intereses de cúpulas. A eso, y menos que eso, se han reducido, fenómeno al que no escapa el otrora glorioso partido del “proceso revolucionario”, con el que se identificaron centenares de miles de panameños, convencidos de la validez del torrijismo y de la ideología social democrática a la que se adhirió y proclamó el PRD en sus documentos fundamentales (programa, declaración de principios y estatutos).

Los fundadores del PRD y los torrijistas siempre han tenido claro para qué el general Omar Torrijos fundó el partido. Era el instrumento político para continuar desarrollando el proyecto de Nación independiente y soberana, para la construcción de un estado social de derecho, de democracia participativa. Por tratarse de un proyecto político pluriclasista y entendida la diversidad ideológica, la unidad –sin imposición de ninguna índole– solo era posible mediante el consenso logrado a través del debate.

¿Qué ocurrió con el PRD en los últimos 20 años? Primero, fue “asaltado” por una fracción de la oligarquía y sus borregos de capas medias, quienes además de suplantar el debate por el clientelismo, lo subordinaron a las ambiciones presidenciales–personales y, ya en el control del gobierno, se dieron a la tarea de prácticas negativas como el nepotismo, el tráfico de influencias y el cohecho. Ello provocó que en las dos últimas elecciones presidenciales no hiciera ninguna diferencia entre la propuesta del PRD y las otras fracciones de la oligarquía dominantes en las demás morisquetas de partidos políticos. Ya no era el partido de “nuevo tipo”, de propuestas, de debate, sino uno más del montón. El resultado: dos derrotas electorales presidenciales consecutivas, una más aplastante que la anterior.

¿Qué tenemos hoy en el PRD? Por un lado, la misma fracción de la oligarquía con un número plural de aspirantes presidenciales que, con subterfugios de diversa índole, pretenden continuar “mangoneando” al partido y, por el otro, una dirigencia, sin brújula que varía entre el oportunismo y el clientelismo y los prosélitos en espera de que sea devuelto el poder a las bases para iniciar la renovación total del otrora partido de Omar, y eliminar de raíz el uso de la estructura partidaria con el exclusivo propósito de servir de catapulta presidencial. Dicho de otra manera, volver a sus orígenes revolucionarios, un partido de debate y de consenso más próximo al torrijismo popular que al encumbrado gamonalismo. ¡Así de sencilla es la cosa!

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