FERIA DEL LIBRO

La codicia, invitada de honor: Praxda Zohara

La feria del libro se anuncia como la “fiesta cultural del año”. Escritores y lectores intercambian impresiones, los nuevos libros hacen su debut y de forma paralela se dan conferencias y actividades cuyo propósito es acercar la cultura a la población. Propósito que solo queda en papel.

Luego de años de participar, me enfrento más a la verdadera motivación detrás del evento. Solo hay que prestar atención y conversar con los que trabajan de forma activa y continua en esos seis días. Es palpable el descontento por la manera en que se desarrolla la actividad: limitado tiempo de promoción, el eterno suplicio que representa el uso de Atlapa, tanto para expositores como para visitantes; elevados costos del espacio para exposición y la presión de vender todo lo que se pueda sin importar cómo. La venta toma el protagonismo que la cultura anhela.

Se asigna un país invitado, se concede el lugar de honor al que más venda. Aplaudo la iniciativa de invitar a autores extranjeros, pero me confunde el concepto de país invitado cuando lo que sucede en la feria no es cónsono con lo que se divulga en la campaña publicitaria. Basta con recoger opiniones del público para percatarse del desconocimiento que existe sobre el país invitado. Para colmo, se ha puesto de moda en las últimas versiones asistir a la feria para ver a una celebridad televisiva, un gurú de dietas o un experto en autoayuda.

Los conversatorios y presentaciones se desarrollan con poco público. Y el problema no se limita a los nacionales. Contraste marcado fue la actividad de un distinguido novelista colombiano a la que asistió, tal vez, un 20% de la capacidad del salón, en comparación con la fanfarria preparada en una sala más amplia de Atlapa, para una celebridad del mismo país, cuyo libro ocupaba hace varios meses los estantes de las librerías, pero no despertaba curiosidad alguna. La masa estaba hipnotizada por la fascinación morbosa. Sería interesante saber cuántos leerán el voluminoso libro.

Lamentable también el bochornoso espectáculo de algunas empresas que en el único afán de lucrar, perjudican a escritores reconocidos, permitiendo tumultos frente a sus puestos de exposición. En otra nota, todavía sucede el triste episodio en el que a un autor nacional no se le entregan sus libros a tiempo para los eventos de presentación. Cuando la excesiva atención con los invitados foráneos afecta la labor de los nuestros, la única gran ventana de exposición se vuelve un perjuicio.

Mucho ruido y poca cultura. Compradores de libros y pocos lectores. Atracciones de momento y falta de respeto. Incomodidad y desorden, esquinas de pensamiento crítico, peleando con el escándalo de los altoparlantes que anuncian la oferta del día. Horrores ortográficos en letreros gigantes. Iniciativas que pasan desapercibidas y poco apoyo gubernamental, limitado a discursos y ceremonias para salir en la foto. La codicia ha tomado el control de la feria del libro, y el menosprecio de cada gobierno por el tema de arte y cultura persiste. Tal vez soy injusta responsabilizando a los organizadores. Tal vez todos tenemos la culpa.

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