DESHONOR

Los colaboracionistas: Carlos Eduardo Galán Ponce

Con este término despectivo se calificaba, en los países europeos ocupados por los ejércitos nazis durante la II Guerra Mundial, a los nacionales que colaboraban con los invasores. Algunos lo hicieron bajo amenazas a su integridad y la de sus familias. Otros, más ruines y rastreros, a cambio de prebendas y beneficios personales.

Se vendieron y se conformaron gobiernos títeres para darle un aire de legalidad a todos los atropellos que se cometían en contra de la población indefensa. Eran tiempos de guerra y todo se dirimía por la fuerza; la conquista, la expansión. Tierras, empresas y toda clase de bienes cambiaban de dueños, al golpe de las armas del poderoso. Y para todo atropello se invocaba una causa nacional.

Aunque esos tiempos son cosas del pasado, ni los fenómenos ni la clase de personajes parecen haber desaparecido. Solo han cambiado de atuendo, de métodos y, principalmente, de motivos. Ahora visten de saco y corbata y la causa que los mueve es el beneficio personal. Se cometen expoliaciones similares, pero con métodos más sofisticados; al amparo de leyes hechas por ellos mismos y bajo el manto protector de gobernantes, con las nuevas y despiadadas teorías monetarias antinacionales embutidas en sus cabezas.

Son los nuevos “colaboracionistas”. Firman cuanto papelucho le ponen por delante, con tal de que les presten más dinero y de ser calificados como niños bien portados que “crecen”, gracias a los ejércitos financieros modernos.

¿Cuáles con las armas actuales? Un legajo de fracasadas y nefastas teorías económicas, gracias a ellas solo los más grandes crecen más. Y de ese incontable dinero que se maneja, nadie duda que una buena dosis termina en los golosos bolsillos de ambas partes.

Para legalizar la colaboración local con los intereses foráneos y las instituciones internacionales, una mayoría legislativa –adquirida en un acto de total amoralidad política– aprueba leyes a la misma velocidad que les llegan de arriba. Ni las leen ni les importa. Los compraron solo para que las firmen. Y no vendieron su conciencia. ¿Qué es eso? Es suficiente con la mano que mueve la pluma.

Mientras que en cualquier país que se precie de ser medio serio, los diputados son personajes electos por los residentes de un área para que defiendan sus intereses, y a ellos recurren cuando se sienten afectados. Aquí son marionetas al servicio del poder Ejecutivo, a cambio de un puñado de monedas nuestras. Y cada ciudadano, carente del respaldo que debería tener de su representante electo, tiene que lanzarse a la calle a luchar para hacer valer sus derechos, precisamente, en contra de lo que sus desvergonzados representantes aprobaron. El Panamá del primer mundo.

Y bajo esas y otras maromas legales, esforzados campesinos panameños, con toda una vida de haberse establecido en su propio suelo, son desalojados por la fuerza para darle cabida a cualquier facineroso acaudalado que viene a “invertir”. No escapan de esa voracidad ni islas ni playas. Ni ríos ni subsuelos. Ni montañas ni praderas. Ni parques ni calles. Y los nuevos “colaboracionistas” aportan, gustosos, las fuerzas de choque para humillar a los nacionales y defender los intereses de cualquier acaudalado extranjero que acaba de llegar cargado de dinero.

En esencia, este panorama no parece haber cambiado mucho con el de la Europa ocupada de hace 70 años. El suelo patrio, sus empresas y sus recursos naturales ya dejaron de ser nuestros. Hasta la leche para nuestros niños cayó en manos de intereses extranjeros. Solo espera los aumentos de precios. Este es el paraíso en el que reciben, como reyes, a individuos déspotas que huyen de lo que ellos mismos provocaron con su comportamiento empresarial en sus países de origen. Y no es que sus métodos hayan cambiado. Solo déjalos que se sientan como en su patio, protegidos por la “seguridad jurídica”, y los vas a ver.

México, es un país forjado en cruentas luchas, en las que sus hombres y mujeres derramaron su sangre para liberarse de sus opresores y ser totalmente libres; por eso, las leyes se hicieron tan estrictas para los extranjeros. Hace unos días, me sentí asqueado al ver un vídeo que se filmó, en ese México aguerrido, en el que un coreano le “entraba a patadas” a un empleado mexicano, en su almacén. Y me imagino que allí seguirá.

Esto es parte de lo que la “globalización” ha hecho al honor de los ciudadanos decentes de nuestros países “invadidos”.

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