EL MALCONTENTO

En la comarca nada es gratis: Paco Gómez Nadal

El turismo no es solo un motor económico, también es un espejo terrorífico de las sociedades móviles, pero incultas, en las que nos vamos convirtiendo. Turistear y viajar no es lo mismo. Viajar ha sido un medio de conocimiento sin límite. Caminar pueblos que no se conocen, charlar, integrarse, anotar, reflexionar... mirar al otro para mirarnos a nosotros. Turistear, sin embargo, es el equivalente al vitrineo de centro comercial, pero con sorpresas.

Lo normal en estos tiempos es que el turista se someta a experiencias controladas, previsibles. Decorados en parques temáticos o paisajes en parques naturales prestos para la foto o el consumo. Experiencias fuertes perfectamente planificadas, deportes de riesgo sin riesgo, gastronomías exóticas sin gluten, descontrol fiestero en sala con aire acondicionado... Lo demás es cosa de mochileros o de locos, que osan a salir de sus casas sin reserva de hotel y sin mapas.

Nos movemos para no movernos. Hacemos turismo para coleccionar fotos y para reafirmar que como en casa, como en nuestro país, como en nuestra ciudad o como en nuestro salón, no se está en ninguna parte.

Es impactante cuando ese viaje hacia ninguna parte –o hacia el ombligo– se produce en el propio país. No me he recuperado todavía de un artículo publicado la semana pasada bajo el título de Guna Yala, un paraíso tan placentero como peligroso. Una mirada perpleja, asustadiza y plagada de prejuicios de alguien que van con sus amigos al paraíso y descubre (¡oh, cielos!) que está sujeto a imprevistos, desastres varios e ineficacias.

Cuando George Ritzer conceptualizó la “mcdonalización” de la sociedad occidental urbana nos explicaba que se rige por unos criterios muy claros: eficacia, cuantificación, previsibilidad y control. Estos principios se aplican a la gestión de las comidas rápidas, pero también al consumo en general, al turismo o al sexo. No queremos sorpresas en nuestras “aventuras”, queremos consumir el tiempo de una forma eficaz y queremos tener control sobre todo lo que nos sucede. Si a esto sumamos la benevolencia con la que juzgamos “nuestro” entorno y la dureza con la que miramos el de los otros, la fórmula resultante da miedo.

Si la experiencia turística se produce en territorio indígena, la cosa llega a extremos excepcionales. El turista urbano occidental u occidentalizado parte de la sospecha (“esos indios me van a engañar”), la condescendencia (“esos indios, tan pobres pero tan hospitalarios”) o la soberbia (“con un poco de orden y planificación Guna Yala sería rica y desarrollada”).

La autora del artículo de marras nos habla de un paraíso que no describe y se centra en un mal viaje en bote, que a punto está de terminar hundido, de una mala planificación y de unos “indígenas” bastante desastrosos. Pone el foco en todo lo negativo, aunque mientras su lancha zozobraba ella y sus amigos anduvieran tomando fotos) y se muestra sorprendida de que “en la comarca nada es gratis”.

Todo el mundo sabe que cuando un guna llega a ciudad de Panamá casi todo le resulta gratis. Los taxistas lo pasean por cortesía por la ciudad; cuando tiene sed le invitan a refresco en las cafeterías; si tiene sueño, siempre hay un alma caritativa que lo invita a dormir gratis a su casa, y si venía en busca de libros escolares para sus hijos, será el Gobierno el que se los regale.

En la comarca nada es gratis. La frase resuena en mi cerebro tratando de averiguar dónde diantres es algo gratis en el mundo de las experiencias con impuestos. Cuenta la autora que tras su mala experiencia en el mar, la que le dañó “la emoción por un día de playa en aguas cristalinas y con arena blanca”, los turistas perplejos fueron recibidos por las autoridades tradicionales después de sus quejas por haber perdido el equipaje en el terrible transporte. Relata la asustada turista cómo les piden realizar una lista con los objetos perdidos y agregarle valor a cada uno (obviamente, no les pidieron facturas que respaldaran el valor supuesto) y como el gerente de la terminal se comprometió a pagar 8 mil 143 dólares en compensación. “Su promesa se cumplió cabalmente”.

Preguntemos a las víctimas de las pérdidas de maletas en los aeropuertos o a los que ha sufrido accidente en buses o a los que se han intoxicado en un elegante restaurante de la capital, cuándo los han compensado con esa rapidez y sin papeleo burocrático que los desanimase.

El artículo al que me refiero se podía haber titulado: “En Guna Yala sí tratan bien al turista”, o “Las autoridades de Guna Yala sí asumen su responsabilidad”, o “La eficaz respuesta de Guna Yala a una desgracia imprevisible”. Pero no. El texto fue escrito por una turista sorprendida de que en Guna Yala nada sea gratis a diferencia de la Panamá de Blades y Salo donde “la sonrisa es gratis”.

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