EL MALCONTENTO

El concreto no se bebe: Paco Gómez Nadal

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Ya deberíamos saber todos que el concepto “desarrollo” tiene tantas caras como visiones del mundo existan. Es cierto que desde que arrancó el capitalismo contemporáneo hay un “desarrollo” dominante, con vocación hegemónica, que hace que hasta el más excluido de los excluidos, hasta la clase media abducida por el sueño del alpinismo social dé palmas con las orejas ante los avances de Panamá en asuntos de “desarrollo”.

Un buen amigo, al que no considero ignorante ni malintencionado, declaraba en estos días que se sentía “orgulloso del Metro de Panamá”. La sentencia, abrumadora por contundente, me ha tenido varios días sin dormir y, como no se podía beber el agua del río La Villa, el ron –que se hace con la caña que explota a hombres y naturaleza en la misma proporción– me ha generado alucinaciones no previstas en mi agenda de delirios.

¿De qué estaba orgulloso mi amigo? ¿De una obra que han hecho otras manos que no son las suyas?, ¿de los sobrecostos y las fugas de moneda que acumulan rieles y estaciones?, ¿de que un país del sur pueda construir algo tan “prodigioso” que solo corresponde a países “desarrollados”?, ¿de que se haya hecho un Metro para lograr que los miles de trabajadores empobrecidos expulsados de la ciudad a los suburbios puedan llegar a tiempo a trabajar?, ¿de que la capital de Panamá sea una jaula de oro aislada como pocas de su contexto cercano?

Los que habitamos las ciudades nos tragamos el cuento del desarrollo occidental capitalista, entre otras razones, porque somos los grandes beneficiarios aparentes de las infraestructuras de concreto que sirven para que salgamos de ellas cuando queremos respirar o que entren a ellas los trabajadores sin nombre que las limpian, mantienen y generan una economía de varios pisos de la que, estos últimos, nunca se lucran. Hasta las carreteras que articulan el país se mejoran, no para beneficio directo de sus vecinos, sino para garantizar el tránsito de mercancías y personas que fluyen hacia o desde la capital.

Mientras los impuestos, y la deuda del país, se empeñan en dar comodidades a los habitantes de clase media y alta de la ciudad capital y en facilitar el acceso en aviones de los turistas a los puntos más remotos del país, la Panamá rural, que es la mayoría del territorio y que está habitada por el 78% de la población, se agota en la lucha por la supervivencia. Incluyo en la Panamá rural todo lo que no es Panamá capital, porque Santiago, David o Penonomé están más conectadas a su derredor que cualquier barrio de la gran urbe.

Mientras en la ciudad se construye un Metro, una infame cinta costera interminable o se invierte en el saneamiento de la bahía, muchas de las joyas del llamado “interior” agonizan de olvido o de explotación sin límite.

Lo ocurrido en Azuero con el río La Villa es un buen ejemplo de lo que la ceguera de un Estado centralista, urbano y “desarrollista” provoca en su propio territorio. No estaría mal revisar, como insinúa el Presidente, el uso de plaguicidas y el mal uso de los ríos como estercoleros que se da no solo en la península de Azuero, sino en la más que contaminada Bocas del Toro, en Veraguas o en otras provincias donde se produce al margen de los intereses y del buen vivir de la población local.

Si hay algo que sorprende a los turistas que se salen de las rutas preestablecidas y que caminan por muchos de los pueblos de Panamá es la cantidad de basura mal gestionada o no gestionada. Esa es la que se ve... pero el uso y descarte de plaguicidas y otras sustancias químicas solo se detecta cuando ya el daño es casi irreversible. No solo dañan ríos, quebradas o lagunas, los trabajadores y sus familias en Changuinola beben químicos arrojados desde avionetas sobre sus casas que no son más que pequeñas cicatrices en las plantaciones de banano. ¿Cuánto vale la vida de un santeño, cuánto vale la de un bocatoreño o la de un chiricano...?

El concreto de las grandes vías e infraestructuras que prometen y a veces hacen los gobiernos de Panamá no se come. Eso lo saben los campesinos a los que les han construido una hidroeléctrica para que en la capital haya centros comerciales con aire acondicionado o los indígenas que ven pasar la interconexión eléctrica como si se tratara de una broma de mal gusto a varios metros de altura.

Panamá necesita articulación, un proyecto de desarrollo que no solo sea propio sino que además sea para todas y todos. No lo tendrá nunca si no participan en su diseño las poblaciones locales, ayudadas de técnicos o de facilitadores. Antes de construir carreteras o de impulsar plantaciones de comida que se convierta en combustible, hay que construir políticas públicas que conformen una visión del país. Lo demás, es contaminar el alma del territorio y comprometer las posibilidades de las futuras generaciones.

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