REFORMAS

Más que una constituyente, una estrategia: Miguel A. Erroz G.

Es fructífero contar con objetivos sólidos para eliminar el clientelismo. Estos incluyen, por ejemplo, que los jueces sean seleccionados por un consejo civil y confirmados por elecciones, como en Nuevo México; que los fiscales de distrito y el contralor salgan de elecciones, como en Texas; que la carrera de los empleados públicos esté bajo la dirección de una comisión apolítica, como en Colorado, entre otros. Ahora bien, ¿qué ruta nos llevará hacia su institución?

Considerando la complejidad de la respuesta, resulta ventajoso responderla desde un punto de vista estratégico. Como preámbulo, para hablar sobre estrategia se requieren tres componentes: Tener un objetivo claro y limitado, discernir la naturaleza del conflicto y conocer las características de los participantes y las del campo de acción.

El objetivo claro es estructurar constitucionalmente la independencia de los jueces, fiscales y otros servidores públicos. La naturaleza del conflicto se refiere a la esencia del torneo. En este caso es la difusión de innovación, proceso científico mediante el cual esta se comunica, se rechaza o se adopta por los miembros de una comunidad (ver Everett M. Rogers, Diffusion of Innovation). Esta instruye sobre la eficacia de los diversos métodos de acción y dicta que el torneo girará en torno a cautivar el corazón y la mente de la ciudadanía, que la contienda la decidirá quien pueda movilizar el apoyo ciudadano, y que los verdaderos adversarios son pocos en número.

Finalmente, las características se refieren a los recursos y habilidades de los grupos involucrados y cómo se relacionan con el entorno. Generalizando, el adversario es aquel que piensa que vivirá mejor si se mantiene la concentración de poder. Su núcleo de fuerza son los partidos políticos y su arma, el clientelismo gubernamental. El campo constitucional dicta que su habilidad para reclutar adherentes y patrocinadores es inimitable para un grupo que no participe del clientelismo. Los reformistas, en contraste, contarán con pocos recursos y sufrirán de problemas de acción colectiva, por ejemplo, carecerán de buena cohesión debido a que no hay beneficios adicionales por colaborar. Sin aportar, el beneficio personal es igual. El único lazo que los unirá es la convicción.

Hay dos estilos estratégicos, la fricción, que busca enfrentar al contrincante mano a mano, y la maniobra, que procura abordar el conflicto en maneras que esquiven las fuerzas del contrincante. Como ejemplo ilustrativo, el primero propicia el choque de tanque contra tanque, en este caso quien emplee más o mejores conductores ganará. El segundo, en cambio, buscaría eliminar el suministro de combustible del tanque contrario, evitando mayor confrontación. En el contexto constitucional, la fricción equivale a competir en la política-electoral para llegar a controlar el Gobierno y así cambiar la Constitución; y la maniobra sería una constituyente originaria, vía la recolección de firmas.

La estrategia de un partido político que impulse la constituyente tiene poca probabilidad de ser exitosa, debido a que el adversario clientelista cuenta con muchos más recursos en todas las categorías; y si se aspira a recolectar los recursos necesarios para aparejar la confrontación, se haría inevitable utilizar el clientelismo (dame hoy y te repago mañana) para la recolecta, lo que frustra el objetivo. En contraste, la estrategia de una constituyente originaria logra el objetivo sin competir contra los partidos en su terreno preferencial (la política clientelista), también elimina la tentación de apegarse al movimiento reformista con la intención de llegar al Gobierno y lucrar, neutralizando la mayor ventaja del adversario y la mayor debilidad de los reformistas.

Volteando la moneda, la mayor debilidad del sistema del adversario es su inflexibilidad. Sus partidos están organizados para competir por poder y para defender contra los ataques dirigidos a sus miembros; sin estos no pueden galvanizar su maquinaria ofensiva. En contraste los reformistas gozarán de flexibilidad. La constituyente originaria toma ventaja de estas características: elimina la necesidad de ir contra los actores políticos y sus aliados, no amenaza sus contiendas por puestos gubernamentales y solo amenaza indirectamente el acceso a futuros bienes clientelistas.

Con sus intereses inmediatos fuera de peligro, estarán poco interesados en oponerse a la reforma y carecerán de buena cohesión ya que cada uno preferirá dejar que otro asuma el coste de oponerse. Aparte, la reforma es un bien universal, lo que relaja el confín de la afiliación partidista. En conjunto, esto minimiza el temor de ser expuesto a represalias político-económicas por colaborar con la reforma, haciendo posible la participación de una amplia gama de personas.

La ruta de la constituyente originaria ayudaría a emparejar la contienda; pero no hay que menospreciar que los retos relacionados con la difusión de innovación son grandes, incluyendo el divulgar qué se necesita reformar en la Constitución. En conclusión, conseguir la reforma no será fácil, la estrategia adecuada la hace probable.

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