EL CAMINO CORRECTO

Por convicción, no por miedo al castigo: Juan Amado

El momento que atraviesa nuestro país es especial. Por primera vez en mucho tiempo vemos un porcentaje importante de la población reclamar, con tanto ahínco, por el adecentamiento del manejo público. En consecuencia, el Ministerio Público y el Órgano Judicial han entrado en acción con una intensidad inusitada a investigar casos, y abriendo causas.

Nuestras instituciones distan de ser perfectas, pero todo parece indicar que empiezan a fortalecerse. Estas son buenas noticias, pero creo que es necesario un análisis más profundo.

Tanto en los medios de comunicación como en la redes sociales leemos alguna versión de las siguientes consignas repetitivamente: “Que los corruptos vayan presos”, “que investiguen a los de gobiernos anteriores también”, “que devuelvan lo robado”, “que abucheemos a los corruptos cuando los veamos en lugares públicos” y “que caiga quien caiga”. Todo esto es la respuesta esperada ante la realidad que vivimos, sin embargo, no es suficiente.

El mero hecho de tener que apelar a estas consignas significa que es demasiado tarde. Las fechorías han sido cometidas.

Cada acto de corrupción tiene costos asociados: la suma malversada, las oportunidades que se perdieron de utilizar ese dinero (o bienes) para solucionar problemas reales, el costo del trabajo de investigar, encausar, juzgar y tratar de recuperar lo malversado, el costo de mantener a los privados de libertad si así resultase alguno; y el peor de todos, el mal ejemplo que da a la sociedad en general, y específicamente a aquellos con criterio en formación y susceptibles a adoptar estos patrones de conducta.

Algo que nos debe preocupar, y que leí de forma sintetizada hace poco, es que todavía hay muchos que ven a los corruptos con envidia en vez de repudio. Esto tiene que cambiar. No caigamos en la trampa de leer sobre lujos mal habidos y sentir que ojalá nosotros hubiésemos tenido la dicha de estar en esa situación.

No hay nada bueno, cómodo ni glamoroso respecto de darse un estilo de vida a punta de trampa y engaño. Ningún bien derivado de la corrupción puede brindar ni una onza de genuino orgullo a quien lo posee. Al contrario, es muy vergonzoso vivir con lujos costeados mediante la corrupción.

Pensando en niveles, podemos sintetizar esto de la siguiente forma: El más bajo al que podemos aspirar, como sociedad, es el castigo que llega una vez cometida la falta.

Más arriba, pero todavía al nivel de “simios entrenados”, está la certeza del castigo, que trabaja como mecanismo disuasivo para evitar un comportamiento.

Y, por último, en la cima de nuestra condición humana tenemos la integridad y los valores, que hacen del individuo un ciudadano que no solo actúa bien por sí mismo, sino que defiende el derecho de la colectividad.

Más profundo, más allá de los procesos legales, de los juicios y de la cárcel, queda en evidencia el enorme trabajo que tenemos pendiente en la educación en valores. Esto no es algo etéreo. Valores es simplemente otra forma de referirnos a los comportamientos que apadrinamos en nuestra operación diaria. Estos afloran tanto en las acciones cotidianas, como en aquellas trascendentales. El músculo de lo correcto hay que ejercitarlo todos los días y en todas las áreas.

Nuestro norte, como sociedad, debe ser que estos casos de corrupción sean la rara excepción y no la acostumbrada norma. Queremos gente con la entereza de defender lo correcto, porque es la forma de convivir sin buscar el doble estándar para familiares y allegados. Queremos ciudadanos que actúen bien por convicción, y no por miedo al castigo.

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