UNA MEJOR JUSTICIA

No a la corrupción como costumbre: Francisco Sánchez Cárdenas

Son muchos los años que tengo de vida, he vivido a plenitud y, de un barrio marginado, con Dios, el sacrificio de mi madre, la ayuda de Omar y mi esfuerzo, he llegado a donde le estaba vedado llegar a la mayoría de nosotros.

He estudiado, vivido y trabajado, tanto en el extranjero como en mi país, por ello puedo, con cierto grado de certeza, evaluar varios países y sociedades en algunos aspectos de su vida cotidiana. La evolución maligna que ha tenido la corrupción me ha impactado fuertemente en los últimos años.

Desde que el hombre está sobre la tierra los antivalores han existido, la lucha interna en cada ser humano y en el seno de las sociedades entre los valores y antivalores se ha dado. Debido a ello y a otras consideraciones han surgido las constituciones, los códigos, las leyes, la Biblia, el Corán, el Bodhicaryavatara budista, etc., como métodos de control del lobo que anida en el hombre. Se ha luchado con relativo éxito contra el asesinato, el aborto, la droga y otros delitos. La visión y perseverancia de mentes preclaras han logrado que los 7 mil millones de seres humanos que poblamos la Tierra no hayamos destruido al planeta a través de una eclosión social, cultural o nuclear.

Dijo el papa Francisco que la corrupción es “un proceso de muerte que se ha vuelto habitual en la sociedad”, y este es el centro de mi preocupación. Agrego yo a lo dicho por Su Santidad, que esa habitualidad viene acompañada de cinismo y descaro, que se blindan con leyes e interpretaciones legales que van acostumbrando a la sociedad a ver los actos delictivos como una especie de evento deportivo de enfrentamiento entre los delincuentes y su capacidad de burlar los sistemas de justicia, no para demostrar su inocencia, sino para burlar la justicia.

En ese proceso de burla, los delincuentes de cuello blanco, con mayor poder político, económico y social, han instaurado una nueva cultura local y mundial, donde crean la sensación de que el honesto parece ser el villano, y ellos, los poderosos, pretenden venderse como honestos, y aunque conscientes de que nunca lo lograrán, eso no les quita el sueño. Hasta la década de 1980 se luchó en el mundo contra muchos flagelos, pero a partir de la instauración de la globalización como estrategia del sistema económico capitalista, se desencadenó una ilimitada voracidad por la riqueza material, lo que provocó una corrupción galopante que ha penetrado los sistemas políticos, institucionales, empresariales, judiciales y policiales. Ahora, en este inicio de siglo, se vuelve a intensificar la lucha contra esa lacra social en muchos países como Italia, Brasil, Estados Unidos, y en menor grado en otros.

Por eso, cada día es más frecuente ver en esos países a expresidentes, exministros, empresarios muy poderosos, exmagistrados, etc. con serios problemas legales y en la cárcel, mientras los otros delincuentes han pasado a ocupar un papel discreto en la crónica diaria.

Nuestro país, que ha sido víctima de actos de corrupción que alcanzaron en el quinquenio pasado su mayor expresión, no solo a nivel local sino también regional, inició a partir de enero de este año una cruzada de reivindicación de la justicia y se ha investigado a una enorme cantidad de exfuncionarios y empresarios por actos de corrupción. A pesar de la actuación del Ministerio Público y otras autoridades en la investigación de estos delitos, existe un clima de desconfianza y apatía porque la población percibe que todos los procesados, sin excepción, actuaron bajo las órdenes e indicaciones del expresidente Ricardo Martinelli, y todavía no está claro cómo evolucionarán los procesos en su contra.

Este clima se torna más enrarecido cuando la sociedad ve que los abogados defensores asesoran a sus clientes para que salgan del país o se escondan; cuando ve que los asesoran para que hagan contratos y letras de pagos ficticios e interponen interminables recursos dilatorios, y observa a un Colegio de Abogados que no les llama la atención, ni ve protestas de algunos importantes organismos de la sociedad civil; cuando constata que en la Corte Suprema de Justicia el magistrado fiscal no actúa de manera contundente y oportuna para llevar al expresidente al banquillo de los acusados y hacer justicia.

Les recuerdo a los magistrados que tienen un apellido que cuidar, y no deben ser ellos, sino otros, los que pasen a la historia como los que le fallaron al país y lo llevaron a un enfrentamiento de consecuencias insospechadas.

Aspiro a que Panamá no encaje más en la descripción que hizo el máximo prelado al referirse a la aplicación de la justicia: “Es una red que captura solo a los peces pequeños, mientras deja a los grandes libres en el mar”. La paz colectiva depende de la acción del Ministerio Público y del Órgano Judicial. Panamá ha luchado mucho por su desarrollo y se merece una mejor justicia: ¡a luchar por ella y a conseguirla!

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