EL MALCONTENTO

Yo creo… en los derechos: Paco Gómez Nadal

Uno de los mayores éxitos de este sistema tan perverso es habernos convencido de que somos responsables individualmente de los males colectivos que, realmente, han causado otros. Ya saben… todos a reciclar aunque las fábricas sigan escupiendo contaminación o aunque la legislación no limite el uso de los plásticos y nos animen a consumir y tirar en lugar de reutilizar y comprar solo lo justo. Somos culpables y se nos va la vida en campañas que primero nos responsabilizan y después, como se trata a las personas sin criterio propio, nos dan la oportunidad de hacer una buena acción que sublime la culpa. Así nos pasamos la vida.

No es responsabilidad de los Estados ni de las empresas que estaban haciendo lobby en París que el acuerdo sobre el cambio climático sea a todas luces insuficiente para frenar la autodestrucción de esta especie… han hecho lo mejor que han podido, debemos celebrar su acuerdo universal viendo la botella medio llena y poner todo de nuestra parte para contaminar menos: es decir, comprar los costosísimos carros eléctricos, consumir productos ecológicos inasequibles para bolsillos normales y enviar a nuestros hijos a recoger la basura que esas mismas empresas generan para que nuestras costas y nuestros bosques luzcan decentes.

El paradigma de esta lógica de la culpabilización es el que se celebró este fin de semana. Yo me creía vacunado ante el espectáculo bochornoso de la caridad, pero no es así y año tras año crece mi indignación.

En Panamá, donde el PIB lleva creciendo de forma estratosférica una década, tiene que ser una entidad de caridad la que recaude fondos para atender a las personas con necesidades especiales. Hay plata para todo en este país excepto para nuestra propia ciudadanía. Los centros de rehabilitación, los hospitales infantiles, la asistencia profesional a quien lo necesita no puede depender de las campañas lacrimógenas que organiza, año tras año, el Club Activo 20-30, sino que deben ser una responsabilidad asumida por el Estado, al que se supone que, mediante un contrato social que ninguno hemos firmado, le confiamos la garantía de los derechos fundamentales de las personas que viven en Panamá.

No es así, el Club Activo 20-30 se felicita por haber conseguido 4 millones 532 mil 712 dólares (el 0.02% del presupuesto nacional) en un espectáculo televisivo caritativo que viola los derechos básicos de la infancia al utilizar a un menor de edad con necesidades especiales como imagen para provocar pesar y, con ese sentimiento, la consiguiente donación. Ya se lo recordó el pasado año la ONU al teletón en México: el uso de estos niños en este tipo de campañas solo ayuda a “promover estereotipos de las personas con discapacidad como sujetos de caridad e impedir que se posicione el concepto de sujetos de derechos”.

Nada que criticar a los ciudadanos que donan a este tipo de campañas. Las curitas no sirven de nada en una sociedad que no garantiza la vida digna a los suyos pero, al menos, tranquilizan la conciencia de quien deposita 5 dólares a través de los mil 500 sistemas de donación disponibles. Lo grave es ver el espectáculo de empresas haciéndose la foto con el cheque (se llama marketing, no solidaridad) y lo vergonzoso es la imagen de las instituciones del Estado que incumple con su papel donando a una entidad privada. En algunos casos, como el de los 12 mil 210 dólares del Mides (el mismísimo Ministerio de Desarrollo Social que debería sonrojarse ante estos shows) parece que son los funcionarios los que se rascan el bolsillo para hacer este aporte sentido, pero sin sentido. No sé si los 50 mil dólares redondos de otras instituciones del Estado (como el Servicio Nacional Aeronaval de Panamá o la Autoridad Marítima de Panamá) salen del presupuesto corriente y, por tanto, de nuestros impuestos. Caso aparte es el del Servicio Nacional de Fronteras. Una institución no militar con todo el empaque de Ejército que desplegó toda su máquina publicitaria durante la gala del Teletón porque, además de los 121 mil dólares de donación, era uno de los patrocinadores del evento. En el escenario decenas de uniformados, haciendo apología del militarismo, y niños y niñas mezclados en una operación para proyectar una imagen amable de Senafront, que los habitantes de las fronteras están deseando conocer.

La confusión reina en Panamá entre lo público y lo privado, entre lo que es ético y lo que no lo es. #YoCreo sí, pero creo en los derechos, creo en la población empoderada que los exige y los ejerce, creo en un Estado responsable que hace todo lo posible por garantizarlos y creo en el pudor de aquellos que, si no pueden lograr su meta de dar atención a toda la población no renuncian a su dignidad entregando platica a un club caritativo para que apañe la realidad.

[Para aquellos a los que no convence el argumento de los derechos y se declaran católicos en un país que aún se confiesa católico en su Constitución, recordarles Mateo 6:3…“(…) cuando des a los necesitados, que no se entere tu mano izquierda de lo que hace la derecha”. Solo ese principio religioso acabaría con el show del Teletón].

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