CRÍTICA

Sobre el cuarto poder...: Daniel R. Pichel

Nadie puede cuestionar la influencia que tienen los medios de comunicación en el mundo actual. Sin embargo, fue a finales del siglo XVIII, cuando Edmund Burke acuñó el término de “cuarto poder”, profetizando lo que en aquel momento los periódicos llegarían a ser en los países libres. Por supuesto, Burke no imaginaba lo que llegaría a representar la capacidad que tienen los medios, en todas sus formas, para modificar el pensamiento y el actuar de la gente. Por eso, vale la pena repasar algunos de los problemas que confrontan actualmente los medios, principalmente los locales.

Primero, lo más simple. No sé quién le enseña español a algunos de nuestros periodistas, tanto de medios escritos como de radio y televisión. Hace tan solo una semana, a raíz de un torneo de golf en que Tiger Woods ocupaba la segunda o tercera posición, uno de nuestros periódicos tituló una columna de su edición de internet con la frase “El tigre al asecho”. Del mismo modo, los reporteros de radio y TV, en una intervención de 40 segundos, son capaces de repetir seis o siete veces alguna muletilla como: definitivamente. Como se extraña a aquellos periodistas que hace 25 años presentaban los noticieros y reportajes. Recuerdo el gusto de escuchar a don Mario Velásquez, Arquimedes Fat Fernández, Jorge Carrasco, Carlos Rellán, Diana Arosemena, Justo Fidel Palacios, René Rizcalla, Hernán Botello, Iván Molino Mola, Tommy Cupas y Rafael Chéquele Samudio entre otros. Personas con excelente dicción, con amplia cultura general y con un evidente dominio de los temas que les tocaba cubrir. Hoy, salvo contadas excepciones, nuestros noticieros caen en la superficialidad, enfocados solamente en los chismes nacionales y en la “cara bonita” de los presentadores.

Otro de nuestros problemas es la falta de control que permite a cualquier charlatán explicar enfermedades y describir tratamientos y terapias sin ningún tipo de evidencia científica sobre su efectividad. Las autoridades no hacen nada para evitarlo y los medios miran hacia otro lado cuando les cuestionan su responsabilidad (indirecta si se quiere) en las consecuencias que pueda tener el uso de esos tratamientos por parte de pacientes que se creen lo que estos tipos les dicen. Eso, sin entrar a mencionar el descaro con que se promocionan todo tipo de religiones y creencias que, casi invariablemente, implican comprar agua, manto, flor o quién sabe qué, con poderes de sanación, de reparación de amores o de garantía de éxito en los negocios.

No menos importante es la proliferación de todo tipo de programas, periódicos y reportajes amarillistas que viven del morbo en relación a cualquier tema. Es deprimente ver el irrespeto con que se manejan las situaciones de dolor por las que pasan las víctimas y sus familiares, siendo tratados sin el más mínimo principio de humanidad. Para ejemplo, hace unas semanas, en uno de estos programas, un reportero se acercaba micrófono en mano a la madre de un adolescente que había sido asesinado en un tiroteo, para preguntarle “¿cómo se siente?”. De veras que la respuesta más apropiada por parte de esa madre hubiera sido “le puedo asegurar que si el muerto fuera hijo suyo, yo me sentiría mucho mejor”... Lo malo es que el rating en que se escudan los medios para justificarse resulta una excusa muy barata. Lo digo porque hace apenas unos días, fue cobardemente asesinado un camarógrafo de una de nuestras televisoras. Ese asesinato, tan condenable como cualquier otro, no fue tratado por los medios tan explícitamente como acostumbran. En ese caso se respetó la privacidad del camarógrafo y su familia y se dio una cobertura mucho más profesional. Entonces, ¿por qué el doble estándar? Ante esos repugnantes actos de violencia, todos los individuos, víctimas, familiares y sospechosos, deben ser tratados éticamente. Que sepan respetar, cuando el afectado es “uno de los suyos” debe servir para que revalúen su papel como orientadores de la sociedad y dejen de darle prioridad al negocio del rating para convertirse en agentes de desarrollo y no en monumentos a la chabacanería y la mala educación.

Por último, menciono un tema que, en mi opinión, nos afecta a todos en esta época de comunicaciones instantáneas. La gran oportunidad que se tiene para expresar lo que se piensa con gran libertad no debe ser opacada permitiendo que cualquiera se escude en un cobarde anonimato para acusar, difamar o faltar al respeto a nadie. El tema es complicado y son muchas las aristas que deben tomarse en cuenta. En lo personal, pienso que los medios serios no ayudan en nada a crear conciencia social mientras permitan que cualquiera emita una opinión en sus páginas (impresas o electrónicas) sin la debida identificación. Si pensamos que deben ser formadores de la sociedad, lo menos que pueden hacer es demostrar su compromiso con la honestidad y la transparencia. Al menos, así lo veo yo.@drpichel

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