POBRE GESTIÓN DE ASEO

El cuento de los marranitos: Rolando Anguizola B.

Hasta 1953 la recolección de basura en las ciudades de Panamá y Colón era obligación de los estadounidenses, conforme al convenio que regulaba la administración y control de la extinta Zona del Canal, con su infalible disciplina de, ¡cochino visto, cochino multado! A partir de 1953 comienza el amiguismo, el clientelismo y una lenta degradación del servicio, cuya caída libre se agudiza en 2010, año en que el presidente Ricardo Martinelli crea un apéndice administrativo para asumir directamente el control de la basura, bajo el mando del recordado, pero no añorado señor Enrique Ho.

Hace dos años, cuando comenzó su mandato, el presidente Juan Carlos Varela nombró en el puesto a su amigo Eladio Guardia, quien recientemente reconoció (La Prensa, 8/05/2016) que ni bajando del Metro hay una canasta en donde tirar siquiera un vaso de chicha. Como paradoja, este “paquete” del aseo lo dirige Guardia, en las mismas oficinas y con idénticas funciones que el martinelismo. Los estudiosos de las ciencias políticas han fallado al no poder catalogar a un país en donde la basura tiene jerarquía presidencial (¡Ah!).

Los mandamases se hinchan por haber inventado la fórmula que les permite, con el dedo meñique de una mano, manipular la planilla de los 3 mil trabajadores de la Autoridad de Aseo Urbano y Domiciliario, al mismo tiempo que se entretienen ordenando palas mecánicas, camiones compactadores, retroexcavadoras, espejitos y cuentas de colores. El resultado es que mientras nos agobian papeles de todos los colores, las sucesivas administraciones, con la barriga llena, confiesan que el billete no alcanza para instalar suficientes basureros públicos. También ignoran el arte de atrapar moscas con palillos chinos ni como multar al borrachito que en las narices del corregidor tira su bolsa en el “pataconcito”.

Disponer de los desechos de cualquier ciudad requiere de tres conocidos componentes: El primero es la honesta organización institucional encargada de la planificación y prestación administrativa del servicio; el segundo elemento es la unidad ejecutora encargada de la recolección, transporte y disposición del material. El último corresponde a la población que debe recibir el beneficio del sistema y pagar el costo. No pretendemos pontificar acerca de la pobreza de nuestra cultura popular ni contabilizar los años luz que nos separan del reciclaje y aprovechamiento de metales, vidrios, plásticos, papeles, etc. Estos sistemas no pueden existir sin una Autoridad Nacional de Aseo construida sobre rígidas bases científicas dirigida por funcionarios con creatividad y mística de servicio al país.

Interpretando palabras públicas y el accionar de la jefatura del aseo, sacamos en conclusión que el pueblo llano está atrapado en la alternativa de tragarse los desechos o tirarlos en plena calle. No podemos culpar al vecindario por las negativas ejecutorias de grises funcionarios que no están dispuestos a sudar la camiseta. En consecuencia los barrios populares permanecen ahogados en basura como resultado de la ineficiente prestación del servicio de aseo que es exclusiva responsabilidad del Estado. ¿Quién es el marranito?

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