DESINTERÉS

¿Cuál cultura?: Ramón A. Mendoza C.

Buscaba el edificio del Instituto Nacional de Música, antiguo Conservatorio Nacional. Recordaba el viejo edificio en el Parque Herrera, atiborrado de polvo, polillas y desinterés; casi una ruina, monumento a la desidia y ludibrio de tantos gobiernos, que era solo un albergue sin comodidades adecuadas, pero rico en vocación de sus profesores y dedicación de sus discípulos. Como este y el anterior gobierno se atragantan al vociferar que somos el país más rico y feliz de Latinoamérica, esperaba encontrar, con tanta abundancia, un monumento a la música y a la cultura.

Decepcionante y deprimente son las instalaciones de nuestro Instituto Nacional de Música. En lo que fue una antigua barraca en la base de Albrook, han alojado a una institución que ha hecho historia musical en nuestro país.

En comparación con conservatorios de países como Costa Rica, Colombia o Guatemala, que no son ni tan ricos ni tan felices como Panamá, nuestro Instituto Nacional de Música es una vergüenza nacional y un símbolo crudo de lo que representa la cultura para los gobernantes.

Sin mayores modificaciones, sus aulas de clases –que son realmente cubículos– carecen de equipos adecuados; con baños malolientes y con una evidente falta de mantenimiento; no tiene un auditorio con las condiciones para realizar prácticas y presentaciones. La desidia y el desinterés se perciben en su fachada. Semejante a un gran gallinero, simple, apático y sin gracia, la hierba descuidada y la falta de pintura le dan un toque de desprecio institucional. En su interior, los profesores procuran impartir clases. Estos, aparte de sufrir el infortunio de laborar en tales instalaciones, también padecen el agravio de no recibir sus salarios desde hace meses. Pero esto no es de extrañar. En nuestro país la cultura es la Cenicienta del Estado. Mientras esta agoniza, el Presidente premia a deportistas cosechadores de derrotas y promueve la mediocridad académica donando “becas universales” a todo estudiante anodino.

Así, mientras partidos, políticos y burócratas dilapidan millones, la cultura sobrevive con migajas presupuestarias. Porque no solo el Instituto Nacional de Música sufre el desprecio gubernamental hacia la cultura, sino también otras instalaciones con calidad de monumentos históricos como el Teatro Nacional –que anida en su interior obras pictóricas de incalculable valor del maestro Roberto Lewis– cuyo destino parece ser su indefectible destrucción por falta de mantenimiento.

Millones corren para financiar viajes de burócratas a cuanta conferencia o seminario internacional se ofrezca o para satisfacer los voraces apetitos de gobernantes desvergonzados y truhanes, mientras los profesores del Instituto Nacional de Música se sientan en las escalinatas de su gris y triste edificio, como protesta silenciosa y desesperada, para pedir que les hagan efectivos sus modestos salarios.

El desgraciado atavismo de designar políticamente a personas para dirigir instituciones como el Instituto Nacional de Cultura y otras tantas, reflejan el desprecio de los gobernantes hacia un pueblo que, casualmente producto de la ignorancia y falta de cultura, comete el cíclico error de que cada lustro elige a los más incapaces o deshonestos.

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