‘MEDICIÓN CIENTÍFICA’

La cuna de la felicidad: Dicky Reynolds 0’Riley

Procurando no ser un “todólogo” y sin las pretensiones intelectuales de las cápsulas informativas de “¿Sabía usted?”, porque yo tampoco lo sabía, el 20 de marzo se celebró el Día de la Felicidad, efeméride auspiciada por las Naciones Unidas. En Panamá no hubo globos, pitos, pastel, piñata ni le cantaron happy birthday to you. Más interés le damos al Día del Huevo.

A qué extremos hemos llegado ahora, tratando de medir lo inconmensurable, lo etéreo, lo intangible, la felicidad. Algún día le tocará el turno al amor o la paciencia. ¿Quién puede dudar que dos más dos no sean cuatro?

Panamá no deja de producir titulares curiosos, como el ser reconocida como “la nación más feliz del mundo”. ¿Será que somos un país de monjes budistas, en donde lo material no afecta para nada nuestro ánimo y vivimos en el más alto estado de meditación y gozo? Parece que aquí no hay tranques, tenemos medicina en el Seguro Social todos los días y la salud es igual para todos. El agua sale del grifo con un sonar de dedos, cual genio, para cumplir los deseos encomendados. Los políticos no mienten, el Gobierno y la oposición llegaron al consenso de mantener la paz, el sosiego y cultivar el sentimiento de felicidad que nos ha traído la presea dorada mundial.

La Asamblea Nacional es la catedral de la verdad, los tribunales imparten justicia equitativa, rápida e imparcial; el microbús “es seguro, cómodo y confiable”; en El Chorrillo o en Samaria no son balas las que se escuchan, sino fuegos de artificios para celebrar la alegría diaria de los ciudadanos; los taxistas te llevan a cualquier lugar que les pidas, si es posible a China.

Cuando te recuerdan a tu madre, realmente la están honrando; la tarifa eléctrica siempre viene acorde a tu consumo; los policías son ayudantes comunitarios que socorren a todo individuo que se lo solicite, de manera amable y expedita; los muchachos son bien portados y los padres responsables; a las mujeres las tratamos con todo el glamour de una reina, y a los ancianos los veneramos y acatamos sus consejos.

En las comarcas se vive bien, solo diferente, porque ese es el estilo de vida que tomaron ellos, nuestros hermanos, pero son felices a su manera; no hay carencia sino otros patrones culturales que respetamos.

Las playas son para uso general de quien requiera sus instalaciones para sus actividades recreativas; no hay hambre sino personas que se someten voluntariamente a regímenes de abstención de alimentos, dietas; el salario alcanza para todo, solo hay que ver la inversión en diversión sana con el remanente.

La canasta básica, si está por las nubes, es porque somos personas celestiales y es el lugar donde la deseamos ver; la gasolina la regalan, su precio es solo simbólico; no se compran los silencios; no hay desempleo, sino personas que tienen la capacidad de vivir de su producción y son autosostenibles, para muestra hasta un paletero devenga como ingreso mensual 2 mil dólares.

No hay corrupción, las dádivas y estipendios que reciben los funcionarios son justos por la prestación de los servicios a la Nación; la cartilla de derechos humanos es materia obligatoria desde kínder, aunque obsoleta porque todos la respetan, como si fuera el Padre Nuestro. Aquí todo el mundo nace con el “pan bajo el brazo”; el dinero que está en los bancos es limpio y no es porque lo hayan lavado. El único vicio que tenemos los panameños es dar los buenos días, buenas noches y gracias, en exceso, casi empalagoso. De verdad que la felicidad se nos sale por todos los poros.

Las cifras más altas de mortalidad son a causa de la risa. Solo hay que ver a la gente caminando, orgullosa con su pin de “carita feliz” en la solapa de su vestido y cantando “Panameño, panameño. Panameño vida mía, yo quiero que tú me lleves al tambor de la alegría”, como galardón por ser los agraciados con esta distinción mundial.

Aquí tenemos guardado el secreto de la felicidad, la mayoría dispuso que todos somos felices. Como siempre, hay un pero, he de señalarle que “cada uno habla de la fiesta de acuerdo a como le va en ella”. Los infelices son una cofradía de individuos de aquellos que “ven el vaso medio vacío”, que no merecen vivir en este Panamá, donde la calidad de vida no tiene adjetivos negativos, por ende, no hay cabida para los apesumbrados, escépticos y pesimistas. Deben ser exiliados a Singapur, donde la gente es triste, según los mismos índices de medición de ánimos y temperamentos. Este es el Edén. Es imposible que haya fraude en materia de medición científica, pues las encuestadoras no tienen interés de falsear realidades ni discursos para acallar a los que dudan. Los números no mienten.

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