Y dale con la piedra

La Guardia, naturalmente, que quería impedir a toda costa el triunfo de Arnulfo, acató la decisión de la Corte

Guillermo Sánchez Borbón

El hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Donde mejor se comprueba la verdad de este antiquísimo refrán es en el campo de la política.

Si me lo permites (y aunque no me lo permitas) voy a recordarte un pasaje de nuestra historia reciente. A finales de 1967 se rompió la alianza política que venía gobernando a Panamá desde 1960. No dispongo de suficiente espacio para enumerar siquiera las causas de un hecho que había de tener gravísimas consecuencias. Lo cierto es que los partidos menores, que provocaron la ruptura, corrieron a pactar con el candidato de la oposición, Arnulfo Arias, enemigo político tradicional de todos ellos, dejando solo al Partido Liberal, que estaba por postular a David Samudio. Ahora bien, los liberales, junto con sus muchos defectos y malas mañas, tenían una gran cualidad: eran realistas: sabían que por las buenas no había forma humana de ganarle a Arnulfo. Y se prepararon, con suficiente antelación, para derrotarlo por las malas. De los tres magistrados que en aquel entonces integraban el organismo electoral, dos eran liberales. La oposición contaba con uno solo. Los liberales necesitaban los tres para consumar el fraude que estaban cocinando. Y se disponían a defenestrar al rebelde. Además, el presidente volcó a favor de Samudio todos los recursos del Estado. No era la primera vez que esto ocurría, por supuesto, pero Robles exageró la nota.

Las cosas llegaron tan lejos, que un día Carlos Iván Zúñiga, diputado solitario que no estaba con ninguno de los dos bandos, denunció hechos escandalosos que habían venido a su conocimiento. Y advirtió a Robles que si se empeñaba en continuar con estas prácticas, podía dar pie hasta para un enjuiciamiento político. Era, creo yo, un recurso oratorio para dramatizar aún más una situación de suyo dramática, con el fin, supongo, de ver si conseguía que Robles rectificara el rumbo que le había impreso a la nao del Estado, no fuera a encallarla en los arrecifes que Zúñiga, como todo los que no tenían telarañas en los ojos, veía erizarse a lo lejos. Y el diputado solitario se sentó. Nunca pensó que podía llegarse al indictment.

Los líderes de la oposición, que tenían una cómoda mayoría en la Asamblea, tampoco pensaron seriamente en un enjuiciamiento. Todos se daban cuenta de lo peligroso que sería. Pero se aferraron a las palabras de Zúñiga, a fin de presionar al gobierno para que no los despojara de su magistrado. Era todo. Mas Hubris escuchó sus palabras sonriendo enigmáticamente. Fuerzas todopoderosas, que escapaban a la comprensión de todos los actores, asumieron a partir de ese momento el control del drama que se estaba representando en un escenario invadido de sombras.

Unos y otros pronto olvidaron el desahogo retórico, y continuaron con sus campañas y sus muñequeos. Mas he aquí que el minúsculo Partido Demócrata Cristiano anunció un sábado que al día siguiente su candidato a la Presidencia se dirigiría por radio y televisión al país. Todos los políticos, aunque no fuera más que por curiosidad, sintonizaron al tercer candidato en sus aparatos. El Dr. Gonzáles Revilla, eminente neurocirujano pero político bisoño, reveló que el lunes los abogados de su partido interpondrían en la Asamblea una demanda (como no domino la jerga, no sé si esos fueron los términos legales que utilizó) para el enjuiciamiento político del presidente Robles. Los jefes de la oposición se llevaron las manos a la cabeza: se daban cuenta de que aquello era una locura, pero como habían amenazado públicamente a Robles con el indictment, no les quedó otro recurso que arrojarse –y arrastrar el país– al abismo.

Te ruego que medites en la situación: uno de los poderes del Estado (el legislativo) enjuició a otro (el ejecutivo); el tercero (el judicial) rechazó el fallo, produciendo, así, un empate. Y entonces quedó al arbitrio de la Guardia Nacional (comprometida a imponer a Samudio) decidir quién tenía la razón. Los que vivimos esa tragedia griega (como reza la maldición china: que te toque vivir en tiempos interesantes) sabemos que aquel día (no el 11 de octubre) se dio el golpe de Estado. La Guardia, naturalmente, que quería impedir a toda costa el triunfo de Arnulfo, acató la decisión de la Corte. Y los panameños quedamos atrapados, durante 21 años, en un negro túnel de ignominia.

Los mismos actores del drama del 68 han tropezado no dos, sino tres veces con la misma piedra. En 1991 empezaron a hablar en sus reuniones (habladurías que, en este país de indiscretos, no tardaron en llegar a los oídos oficiales) de un juicio político a Endara. Fueron expulsados del gobierno. Ahora su líder máximo ha vuelto a blandir el malhadado boomerang, sabiendo que ha de retornar, with a vengeance, no a sus manos, sino a estrellarse violentamente contra su nuca.

Cada día entiendo menos a los políticos.

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