IMPROPERIOS

Del dardo en la palabra: Berna Calvit

No es que quiera repetirme, pero ante las circunstancias, es tentación irresistible volver a escribir sobre el “arte del insulto”, tema inagotable que no pierde actualidad. De catalogar y calificar insultos se encarga la “insultología”, palabra que no registra el diccionario, pero que a mí me parece muy apropiada, como casi todas las que terminan en “gía”; y son “insultólogos” los que, ubicados en la frondosa rama de la semántica, se ocupan de ejercer la especialidad sin licencia oficial. Visto como un arte, aclaran que no se trata del insulto ramplón o simple, ni del que usa palabrotas; quien así lo hace no gana puntos como generador de denuestos; y que es imperdonable dirimir a los golpes las diferencias si, para los propósitos, sirve “el dardo en la palabra” (como el título del libro del filólogo Fernando Lázaro Carreter). El improperio, dicen, debe ser proferido en el momento preciso, adecuadamente y con exactitud; pocos lo logran y son menos los que alcanzan el privilegio de ver sus invectivas guardadas en el joyero de los insultos.

En El gran libro de los insultos el erudito español Pancracio Celdrán afirma que “para insultar no hay idioma como el castellano, que es directo y rápido, audaz como un tiro”; que “se caracteriza por la variedad y enjundia del léxico ofensivo y por su gracia”; y que México y Argentina “son los más ingeniosos a la hora del insulto”. Hay quienes piensan que jamás debe recurrirse al insulto; que responder a las críticas con insultos indica incapacidad para recibirlas, “falta de correa”; y que, al final, deshonra a quien los infiere. No piensan así los que coleccionan y analizan insultos que son verdaderos compendios de inteligencia, elegancia y agudeza en los que no hizo falta acudir a la palabra soez; frases ofensivas de políticos brillantes y versos de insignes escritores de todos los tiempos han sido recogidos como perlas valiosas. La ironía y el sarcasmo bien usados en el insulto sesudo, resultan más contundentes que la ofensa frecuente que se expresa con la “palabra sucia” y la pobreza de léxico, que Lázaro Carreter llama “anemia idiomática”. Dejar al que se pasó de la raya, pasmado, mudo, con un dardo verbal clavado en la garganta, es una de las satisfacciones que debe lograr un insulto con clase y distinción.

Creo que el insulto, que el diccionario define como el propósito de ofender o humillar, nació cuando el hombre aprendió a usar las cuerdas vocales; imagino a una mujer de las cavernas emitiendo un “fo, fo” para decirle al cavernícola que la pretendía que se alejara de ella porque “olía a mono”. Se puede insultar con palabras, gestos o conductas. De allí que sea válido hablar de insulto a la pobreza o la inteligencia. En estos días las lenguas andan como avispas de “congo” alborotado; el municipio capitalino y la asamblea de diputados siguen los ejemplos del Presidente, asiduo al foro de la palabra airada y carente de elegancia que denota que no domina el arte del insulto que requiere, dicen los “insultólogos, de “buen ingenio y mala leche”; en esta receta al Presidente le falta uno de los ingredientes y le sobra del otro. De este desbalance surgieron insultos “tuiteros” de pésimo gusto, como decirle a una señora que rebajara las lonjas; o contestarle al que lo llamó autócrata, “Respeta, HP”; o llamar empresaurios, cobardes y corruptos a los big shots de la empresa privada de la que Martinelli es figura prominente; o “fariseos”, estando ungido con óleo sagrado (aceite oliva) que resultó inútil para calmar su ánimo exaltado. ¡Cuánta falta de creatividad! Acudir al insulto en exceso y a lo loco, o en el sitio inadecuado, da mal resultado.

Cuando Nancy Astor, primera mujer que ocupó un escaño en la Cámara de los Comunes del Parlamento Británico le dijo a Winston Churchill, “Si usted fuera mi marido, le pondría veneno en el café”, este le contestó: “Si yo fuera su marido, me lo bebería”. ¡Como para quitarse el sombrero! Cito nuevamente, la que Borges calificó como la más espléndida injuria que hasta entonces había conocido: que Vargas Vila, escritor colombiano, dijera de Santos Chocano, vate peruano despreciado por muchos por su conducta política, que “Los dioses no consintieron que Santos Chocano deshonrara el patíbulo muriendo en él. Ahí está, vivo, después de haber fatigado la infamia”. En la cantera de insultos de los políticos actuales se observa que adolecen de lo que los “insultólogos” señalan como indispensables en la invectiva inteligente. Algunos insultos criollos que me han contado son excelentes (ninguno de políticos actuales); entre ellos el que le dijo un periodista (no recuerdo quién) a un político: “Si lloviera un aguacero de presidencias y usted saliera desnudo a la calle, ni una gota lo mojaría”. Este escrito no debe interpretarse como incitación al insulto. De ninguna manera. Es apenas un breve repaso de algunas opiniones sobre el tema, que ojalá sirvan como guía a los que no pueden contener la necesidad de insultar. Porque un insulto si es bueno (de que los hay, los hay) y se dispara con buen pulso, llega a su destino y causa humillación. Si es malo, rebota y deja al descubierto la estolidez del autor.

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