SOBERBIA

El delirio de los políticos: A. Linette Taboada

“Aquel a quien los dioses quieren destruir... primero lo vuelven loco”. Eurípides, poeta griego del año 480 a.C. Hace unos meses, escribí un artículo sobre la peor y la última de las enfermedades de la democracia, la oclocracia, definida por el filósofo suizo Jean Jacques Rousseau “como la degeneración de la democracia”. En ese análisis él habla sobre el tipo de funcionario dócil, permisivo y obediente que tienen estos gobernantes para poder, por medio de ilegalidades, llevar a cabo la práctica de la corrupción.

Mencionaba en ese artículo lo dudoso o aparente que se ve la separación de poderes y de cómo los intereses de unos pocos van por encima de los intereses de la inmensa mayoría del pueblo. A mí, en ese momento me quedó claro que el país estaba sufriendo de muchos de esos síntomas y que no nos escapábamos de sufrir esta terrible enfermedad. Sin embargo, se quedaba por fuera de esas señales el motivo que embriaga al poder, al poderoso y a los que se sientan a su lado, el endiosarse y creerse que, sin ellos, el mundo no gira y el planeta se detiene.

El síndrome de Hubris, o delirio de los políticos, es otra enfermedad de la democracia, igual de vieja que la oclocracia, y como todos los malos vicios que se han relacionado con la sensación de dominio, de soberbia y de poder. Un trastorno que es padecido por cierto tipo de gobernantes o políticos débiles de moral, de espíritu y de poca sabiduría política.

El poder intoxica tanto que termina afectando la salud y el juicio de los políticos y dirigentes que lo padecen; es la causa de la locura que provoca el poder. La confianza exagerada en sí mismos, el desprecio por las personas allegadas a ellos, el alejamiento progresivo de la realidad, el pensar que son imprescindibles y que sin ellos no se puede vivir, la desconfianza en todos los que los critican y los que los veneran son algunos de los síntomas del síndrome Hubris.

Llega un momento en que estos gobernantes dejan de escuchar, muchas veces se vuelven impulsivos, imprudentes y toman decisiones incorrectas y por su cuenta, sin consultar a nadie, porque piensan que sus ideas son las únicas correctas y las más inteligentes. Ciego y borracho de poder se cree un dios.

Hubris es una palabra de origen griego, hybris, la usaban para definir al héroe que lograba victorias y, borracho por el éxito, empezaba a comportarse como un dios. Esto lo hace cometer error tras error llevándolo a un fracaso rotundo.

En el artículo anterior me despedía pidiendo que despertáramos de esa somnolencia social en la que habíamos caído, para que la mediocridad y la mezquindad de la clase política existente, contagiada por estas dos enfermedades, no nos siguieran castigando, sin nosotros hacer nada. Hoy vemos que estamos despertando y que vamos a proteger nuestros propios intereses como país, para que no solo los gobernantes actuales sino los que vengan sepan, de una vez por todas, que somos un pueblo pacífico, bondadoso, pero no somos débiles ni de conciencia ni de inteligencia.

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