CUESTIONAMIENTO

¿Hay democracia en Panamá?: Antonio Saldaña

Aunque formalmente proclamada en la parte dogmática de la Constitución, la democracia en la real vida política es una ilusión. Para confirmar el anterior postulado y abundar sobre el título del presente ensayo político es conveniente aclarar la definición y caracterización del concepto que se erige como forma de organización de la sociedad y que atribuye la titularidad del poder al conjunto de personas que forman parte de ella.

Según el Diccionario Jurídico Elemental de Guillermo Cabanellas de Torres, democracia “significa el predominio popular en el Estado, el gobierno del pueblo por el pueblo; o, al menos, a través de sus representantes legítimamente elegidos, que ejercen indirectamente la soberanía popular, en ellos delegada”.

Mientras que el jurista César A. Quintero, en su ensayo Antecedentes y significado del Acto Constitucional de 1983, caracteriza a la democracia como: “el libre y auténtico ejercicio del sufragio por los ciudadanos con un mínimo de cultura política... un sistema de pluralismo político, de libertad ideológica, de gobiernos limitados por la separación entre los órganos superiores del poder, de predominio real del derecho, de supeditación de la fuerza militar a la autoridad civil y de pleno respeto a los derechos individuales y políticos”.

Si el concepto citado por Cabanellas de Torres y la descripción anotada por el maestro de abogados son correctos, se puede afirmar que a una república en donde el poder es controlado por una clase política cuya autoridad de representación está deslegitimada por el clientelismo y la corrupción pública, no se le puede llamar democracia en modo alguno.

Es tan alto el grado de enajenación del grupo político detentador del poder, y la degradación de los panameños en general, que un expresidente sale a justificar la impropia actuación de un magistrado, y un reputado comunicador le pide con el mayor simplismo que renuncie; como si con una sola opinión por muy encumbrada que esta sea, y con el abandono del cargo, se produjera la sustracción de materia del supuesto ilícito de enriquecimiento injustificado.

¿Son estas actuaciones propias de un régimen democrático? Por supuesto que no. Tenemos una entelequia de democracia, una democracia secuestrada y desacreditada por quienes a lo largo de la existencia de la República han detentado el poder político del Estado.

No hay democracia porque el pueblo, legítimo soberano, está representado de forma espuria, tal y como lo demuestra el reciente evento electoral, que tras cinco meses de realizado aún no se cierra, por causa del número plural de trapisondas consumadas por numerosos aspirantes a puestos de elección popular.

Sin embargo, el problema no es de personas como algunos piensan; la situación fáctica y de iure (de hecho y de derecho) es que la institucionalidad democrática neoliberal clientelar está en crisis, y la enfermedad política es tan invasiva que no se cura con remedios legales; urge una cirugía constitucional. Una constituyente “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. ¡Así de sencilla es la cosa!

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