GOBIERNO

La democracia del dinero: Dorindo Jayans Cortez

Los negociados han sido grandes, el uso del Estado para el enriquecimiento ilícito no ha tenido freno. Los sobreprecios en cada obra hablan de cómo se dilapida el dinero del pueblo. Ahora resulta que también el “Metro es parte de ese lío”. Si algo dice la democracia del partido que gobierna es que el dinero es lo más importante.

¿Cuál es la diferencia entre democracia y dinero? La democracia, se dice, es el gobierno del pueblo; expone mecanismos de participación ciudadana para expresar su voluntad. Esto es una verdad a medias. Se dice, además, que es el método supremo de elegir y administrar la sociedad, desde un Estado “democrático”. Esto es cierto en teoría, pero “del dicho al hecho hay mucho trecho”.

Y ¿qué ocurre con el dinero? Cubre necesidades socialmente exigibles para la vida. Tenerlo, o no, determina cómo se vive y se sufre. Sustenta la opulencia que, en algunos casos, deriva en corrupción. El dinero es, además, un recurso efectivo para construir (aunque también para destruir) voluntades colectivas, además de satisfacer apetitos de poder, tal como lo hace la clase política que gobierna.

En el Panamá de hoy (y de otros tiempos), ese “poder material” es aliado corruptor de los administradores del poder político; el medio que financia voluntades y restringe voces críticas; cuna del clientelismo descarado y sostén de la maquinaria gubernamental con que se pretende retener el control del Estado para garantizar los grandes negocios.

En estos cinco años, la supuesta democracia ha servido para enmascarar métodos autoritarios de conducción del poder. No solo el enriquecimiento ilícito, los atracos y las malversaciones, sino los engaños y oportunismos que llevan a la democracia al desprestigio y al discurso vacío irrealizable. Esta antiescuela del comportamiento político no es consecuencia per se del sistema, sino de los actores que dicen sustentarla y defenderla. La democracia está bien construida en el discurso, sobre todo, en los contextos electorales, pero en el poder es muy distinta. Uno de los valores que subyacen en la estela democrática es el de las mayorías que, en el caso de las elecciones, deciden con votos quienes gobiernan. Sin embargo, para la convocatoria de las mayorías funcionan poco los postulados de la moral y de la ética, cuyo reemplazo es el poder del dinero. Porque el dinero tiene la magia para atraer el poder, y el poder recompensa después el gasto. Así, el clientelismo se configura con la voluntad de las respuestas del político que tiene en el bolso la posibilidad de financiar las necesidades del votante. Después se pierde.

El poder del dinero cubre otros espacios que influyen en la conducta del imaginario colectivo. En esto no es casual que el “gobierno del cambio” siga malgastando el dinero de la población para hacerse de la reelección. Son gastos millonarios que no tienen antecedentes en la propaganda oficialista. Desde luego, ese recurso astronómico tiene una finalidad estratégica para la campaña del candidato oficialista, y hace de la democracia un modelo dependiente, dominado y carcomido por el dinero.

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