GOBIERNO

Entre demonios y políticos: Dorindo Jayans Cortez

No hay duda de que existen los demonios. Dicen que están en todas partes y tienen mucho poder. Igual que los políticos, con mucha influencia o quizás más que los primeros, por el poder del dinero. En muchos casos no hay diferencias de fondo entre unos y otros. Pero no piensen que es asunto ideológico.

De los postulados de la Iglesia se desprende que lo demoniaco se relaciona con lo perverso y con la propagación del mal. Siendo así, entonces, la distancia entre el “mal” respecto a quienes hacen política sin ética, no es mucha. No olvidemos que el partido oficialista y sus afines se han negado, a pesar del clamor eclesiástico, a firmar el Pacto Ético Electoral y ya hemos visto cómo practican el ejercicio electoral. Los insultos y los malos ejemplos, además de los gastos de campaña con recursos públicos, son la bofetada a una población que se empobrece cada vez más.

Un país decente no cabe en la mente de lo demoniaco, porque lo que busca es la confabulación reforzada de los malos hábitos. Se gobierna falseando todo lo que está alrededor y el escenario del poder está contagiado de las mentiras y los desatinos. Los bienes nacionales, que son de la población, son dilapidados en nombre del cambio, sino véase lo que ha ocurrido con los sobreprecios en las obras públicas. Hasta las muertes de niños inocentes, incluso, se constituyen en el legado nefasto imposible de olvidar (recordemos lo ocurrido en Bocas del Toro, en la comarca Ngäbe Buglé y en Colón).

Es verdad que la democracia, como la entendemos en el mundo de hoy, está saturada de políticos imperfectos, limitados en la generación de alternativas y respuestas sociales para la población. Pero ello no es ajeno a la condición humana y, en determinados casos, la institucionalidad no es irrumpida ni malversada. Otra cosa es el político que engaña y sectoriza porque esto contribuye a sus intereses económicos y a la concentración del poder. Es lo que hemos experimentado en estos casi cinco años, en donde lo que menos interesa –por ser contrario a su modelo de vida– es el respeto a la dignidad humana y al derecho a vivir con equidad.

En esa visión demoniaca, con la que pregonan que están dando respuestas “en 4 años más que en 40”, se esconde una verdad: la comercialización con los bienes públicos a través de negocios millonarios, sin haber, en esos cuatro años, hecho nada para aliviar el tétrico panorama social que deviene de una canasta básica cuyo precio se eleva inmisericordemente.

Les cabe al dedillo aquello de que “más fácil entra un camello por el ojo de una aguja, que un rico al Reino de Dios”. Así lo representa el mensaje bíblico para hacer crítica de la mezquindad humana. Tener y no distribuir con equidad es sinónimo de pobreza espiritual; doblemente grave es simular que se trabaja en beneficio del pueblo, cuando en verdad lo que ocurre es que se lucra y se hacen más millonarios con lo que es básico para la vida: la comida.

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