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HUELGA MÉDICA

Entre el derecho y el deber: Pedro Ernesto Vargas

La medicina pasó de ser una profesión a convertirse en una industria y, en ese transcurrir, el médico se vio inmerso en un debate donde, como individuo, ha perdido autonomía. Hoy se enfrenta el mismo peligro para la profesión, que también pierda autonomía.

La industria de los seguros de salud cerró las puertas de la consulta para dejar un solo paso por donde entrar en busca atención; el médico dejó de ser un clínico al cuidado de la enfermedad, y se le denominó, peyorativamente, proveedor. En todos los continentes, el concepto de administración médica produce un oneroso resultado, al desmejorar la calidad de una industria cuyas ganancias son diezmadas con el envejecimiento poblacional y el surgimiento de tecnologías costosísimas.

Frente a esta realidad, que también afecta la práctica de la atención de salud a nivel público, el médico levanta barreras para recuperar autonomía y hacer valer su formación profesional, unas veces asiéndose de los principios y prácticas del profesionalismo, otras del músculo de las organizaciones gremiales.

Es por ello que –ignorando que medios privados pueden moralmente ser útiles a propósitos públicos– el profesional de este ramo se comporta con recelo frente a posibilidades de una privatización de la atención de salud pública, el último baluarte de la industria médica. Entonces, acoge la huelga como un instrumento de presión, que también es un vehículo que desmejora la salud de los más vulnerables.

Al confrontar la huelga las preguntas válidas son: ¿Ha faltado una fundación ética sólida en la formación del médico, que no solo se refuerce cada día de su práctica, sino que le dé sentido y confianza a ella? ¿Es éticamente aceptable la huelga en respuesta al compromiso social del médico y de la profesión?

Es necesario recordar que los logros que se originan de una medida de presión como la adoptada, no constituyen en sí mismo un acto de justicia. La justedad de las demandas, no la naturaleza de los procedimientos, es lo que le confiere justicia a una acción reivindicadora. Recurrir al paro de labores suele indicar la pobreza de los argumentos o de las habilidades de la parte que para. En medicina las demandas nunca podrán estar por encima de las necesidades de los pacientes y, cuando parecieran estarlo, los líderes del ramo tienen la obligación de orientar la dirección de las medidas de presión para no contradecir el propósito de tal medida.

La huelga médica es inmoral, porque en el contrato implícito se compromete monopolísticamente al médico la responsabilidad de velar por esa salud. Es inmoral porque el paciente se convierte no en un fin, sino en un medio. Es inmoral porque la moralidad interna de la función médica se asienta en un compromiso voluntario del galeno con el ejercicio de la profesión y con quienes han confiado en ella. Ese voluntariado le da sentido ético al carácter fiduciario de la relación médico-paciente. El primero tiene deberes morales que no le son comunes a todas las profesiones, y allí se hace la diferencia frente al derecho a la huelga.

Mientras los gremios respeten y velen por el profesionalismo, que es mantener en los más altos estándares el servicio y la atención, la competitividad y excelencia científica y humanista; asegurar que solo a través de la práctica y el estudio responsable se garantiza el conocimiento y la experiencia para cumplir con el paciente y la sociedad; y, demandar de todos y cada uno de los galenos la altura de una formación y práctica óptimas; entonces se podrá aceptar que profesionalismo y gremialismo no son incompatibles.

El impacto que toda huelga, paro médico o abandono de un paciente debe medirse antes de tomar ninguna acción favorable a aquellas decisiones colectivas. Aún más, el compromiso voluntario del médico al servicio del paciente y de la sociedad es el elemento que diferencia la moralidad de la profesión con la de otros oficios, por lo cual, el paro de labores no tiene las mismas connotaciones ni resultados cuando se origina en la clase médica, que en otras profesiones.

Frente a las gentes más vulnerables, como son los enfermos, los niños, las mujeres y los ancianos; hay virtudes que emergen y prevalecen para su protección. Una de ellas, la del compromiso con el servicio a la sociedad, desde la privilegiada profesión del médico. Privilegiada porque, precisamente, permite conocer al hombre a punto de perder su dignidad, por razones de la pobreza, del sufrimiento o de la pérdida de la salud. Privilegio sin paternalismo sino con respeto y empatía hacia el otro; honrando el contrato voluntario y fiduciario con el paciente y el social, con la sociedad.

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