COMPORTAMIENTO SOCIAL

De derechos y discriminaciones: Daniel R. Pichel

A raíz de toda la discusión con los indígenas, ha surgido nuevamente el tema de la discriminación. Como siempre, estos asuntos se prestan para todo tipo de interpretaciones según quien lo analice. Curiosamente, muchos “defensores de los derechos de los hermanos originarios” (como “Dios primero” dicen algunos precandidatos), lo que terminan encontrando es una excusa para atacar al Gobierno y defender sus posturas políticas o ideológicas. Me encanta cómo algunas personas incapaces de identificar las comarcas en un mapa, ahora se rasgan las vestiduras para defender a “los pueblos originarios” cuando ellos mismos fueron los que propiciaron las concesiones para las dichosas hidroeléctricas. Al menos, da la impresión de que por ahora, ese problema ha sido, al menos parcialmente, superado.

Pero a lo que me quiero referir es a otros temas de derechos y discriminaciones que han venido siendo tema de discusión en los medios, tanto locales como internacionales. Uno de ellos, es el revuelo que generó la última portada de la revista SoHo de Colombia. El caso es que, en diciembre Hola (rentable homenaje internacional al periodismo fatuo e irrelevante) presentó una portada en la que aparecían cuatro señoras muy influyentes de Colombia frente a una piscina. Eso no hubiera sido nada extraño, si no fuera porque detrás de ellas se observaba a dos “sirvientas” de raza negra, muy vestiditas de blanco con sus uniformes, mientras portaban bandejas de plata. Este mes, la revista SoHo, caracterizada por su irreverencia, presenta una portada similar, también frente a una piscina, en la que cuatro hermosas modelos de raza negra aparecen desnudas (pero estratégicamete cubiertas con brazos, piernas y cabelleras) teniendo detrás a dos sirvientas, igualmente uniformadas y con bandejas de plata, pero de piel blanca. La respuesta de la sociedad no se hizo esperar, pues algo que supuestamente pasaba desapercibido en Hola, ahora cobraba relevancia por el contenido “racial” de la versión de SoHo.

Esto matiza la respuesta de quienes van al cine a ver la galardonada película The Help y se escandalizan ante la forma “inhumana” y “discriminatoria” como se trataba al “personal de servicio” en el sur de Estados Unidos, en la década de los 60, hace tan solo 50 años. Al salir del cine, se escucha al unísono: ese trato no es posible que pudiera mantenerse. En otro tono, esa relación entre los “señores” y sus “sirvientes” ya fue tratada por la comedia nacional El Chance y con la cual mucha gente debió sentirse identificada.

Porque es muy fácil ver la paja en el ojo ajeno e ignorar el árbol en el propio. Resulta que, hace unos días, circuló por Twitter una fotografía de un letrero que lucía orondo en una de las áreas sociales de un condominio cualquiera en Punta Paitilla o áreas similares. Aquel texto parecía un extracto de una ordenanza del Tercer Reich. Consistía en las multas que se establecen por no cumplir con el reglamento del área social. Entre ellas, se estipulaba un castigo de 10 dólares por: 1. Utilizar las máquinas del gimnasio las empleadas, 2. Empleadas sentadas en sillas de niños, y 3. Empleadas sentadas en columpios... (supongo que si una “empleada” osara meterse en la piscina, la multa sería, como mínimo, cadena perpetua).

Leer esto, al menos a mí, me da náuseas. Y, según entiendo, en algunos otros hay cosas aún peores, como uno que “ordenaba”: trabajadores, mascotas y empleadas deben usar el elevador de servicio. La explicación que escuché sobre la justificación de semejantes reglas, es que “uno no sabe las costumbres de esa gente”. Lo más curioso es que seguramente, en un edificio de 60 pisos, con cuatro apartamentos por piso, tampoco sabremos muchos detalles sobre las costumbres y conductas del vecino del 35-B (el número es lo de menos), quien, siendo soltero, llega cada noche con una muchacha diferente, pasan la noche juntos, y en la mañana lo acompañan al gimnasio y la piscina. Francamente, sospecho que seguramente sabemos más sobre quienes conviven bajo nuestro techo, que de cualquiera de los muchos vecinos.

Aunque, por supuesto, esto no se aplica a todo el mundo, yo no entiendo cómo alguien puede tratar así a personas que entre sus irrelevantes asignaciones laborales está la de intentar que los hijos no se vuelvan delincuentes o inadaptados sociales, durante las largas horas en que papá genera dinero para pagar fiestas millonarias y mamá toma un capuccino en Deli Gourmet, destruyendo la vestimenta de la vecina o planeando el siguiente viaje a ver alguna virgencita de las que ahora proliferan por el mundo. Pero es que en ese mundo de oropel, hay que tener claro “no se ve nada chic que una muchacha uniformada, que fue contratada para cuidar chiquillos, llevarlos al colegio, acompañarlos al pediatra y ayudarles con la tarea, ocupe por unos minutos, mientras los espera, un lugar en un lobby que fue diseñado exclusivamente para el uso de los propietarios y sus invitados”.

Ante todas estas conductas... ¿con qué cara nos espanta lo que vemos en The Help o en la portada de SoHo? ... No hay duda de que nuestra sociedad está enferma de una nauseabunda hipocresía... Nos guste o no... @drpichel

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