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La derrota de Sandalio: Daniel R. Pichel

Es difícil dedicar una columna a algo diferente a la politiquería que inunda nuestros sentidos. Además, la actualidad mundial anda también bastante revuelta y la tentación a tocar ciertos temas es mucha. Por eso, antes de lo que genera el título de hoy, comento un par de cosas.

Los pobres venezolanos están pasando momentos complicados. La división de la población parece ser cada vez mayor entre quienes apoyan y quienes repudian el gobierno de Nicolás Maduro. La escasez de insumos tan básicos como la leche, los huevos o el papel higiénico, deben hacer pensar que algo no está funcionando en el irresponsable modelo que impuso Hugo Chávez, en que se le dio prioridad a sostener el gobierno de los Castro en Cuba, en lugar de suplir las necesidades básicas del pueblo venezolano. El discurso de supuesto socialismo ha generado, además de un éxodo masivo de ciudadanos de los que generaban riqueza, un nivel de disgusto que ha desencadenado los disturbios de esta semana. Como la información está limitada por intervención del Gobierno, lo que realmente ocurre es un gran misterio y todo el mundo dice cosas que hay que poner en tela de juicio. El problema de Venezuela parece ser que la gobierna un tipo a todas luces incapaz para lidiar con los problemas que enfrentan. Sigue con un discurso populista basado en visiones de pajaritos y espíritus que le guían en su camino hacia el precipicio. Lo curioso es que todos estos tipos son la misma cosa. Oír las arengas de Maduro, son un déjà vu de lo que gritaba el Cara de Piña en 1989 cuando decía que todas las protestas eran un movimiento burgués de cuatro millonarios, que los ejércitos populares lo defenderían, y que ellos representaban a la gran mayoría de los ciudadanos, basado en resultados de elecciones muy cuestionables. En fin, la historia se repite.

Localmente, tuvimos resultados de encuestas y de una cosa que se ha puesto de moda y que se denominan “simulacros de votación”. Así, se ha tratado de equiparar lo que sale de una encuesta, con una hoja técnica que describe el diseño de selección de una muestra representativa, con supuesta rigurosidad metodológica, y un ejercicio que consiste en poner una cajeta donde la gente deposita un papelito que tiene el nombre de su candidato favorito. Encima, en las redes sociales hay quienes dan el mismo valor a ambos, porque “los dos se hacen con urna”. Inicialmente creí que era una broma, pero después me di cuenta de que realmente creen que es lo mismo. El caso es que ya no debemos creer nada, pues nos inundan con números que pueden representar cualquier cosa. Personalmente, seguiré considerando mucho más válida una encuesta con metodología (y más si los resultados son consistentes entre ellas), que un ejercicio en grupos limitados y evidentemente sesgados. Por supuesto, cada “analista” dará como válido lo que suene favorable para su candidato favorito, como suele ser la costumbre. Eso sí, hay algunos resultados que parecen inauditos. Que en un renombrado bufete de abogados capitalinos el candidato del FAD obtenga 6% de la preferencia y en un ingenio azucarero, el dos y medio, me parece, o una broma o una paradoja que justificaría un seminario de ciencias políticas.

Toda esta revoltura noticiosa, relega a segundo plano temas verdaderamente relevantes para el país y sus habitantes. De una de esas noticias, surge el título de hoy. El viernes 7 de febrero se firmó el acuerdo que implementa en Panamá el examen de certificación básica en medicina, que se aplicará a todos los médicos que vayan a iniciar el internado. Si bien este procedimiento parece elemental, ha sido una asignatura pendiente desde hace mucho tiempo. Hace más de 25 años, cuando yo era estudiante de medicina, el tema de un examen de conocimientos generales ya fue discutido, pues existía la duda de si los conocimientos de quienes estudiaban en el extranjero eran equivalentes a los de la Universidad de Panamá.

No fue hasta 2004 que se aprobó la ley que reglamenta la certificación y recertificación de los médicos en todo el territorio nacional. En 2006, debía haber entrado en vigor el procedimiento, pero surgieron todo tipo de problemas por la oposición que hubo de parte de estudiantes y gremio (que por supuesto usaron diversas excusas para no reconocer que no era más que la vocación de mediocridad que suelen exhibir). Entre los argumentos utilizados, el más horrendo era el de que no se debían hacer exámenes internacionales estandarizados, sino pruebas diseñadas en nuestro país por razones de “soberanía”. En dicha ocasión, las autoridades del ministerio no hicieron ningún tipo de presión para implementar los exámenes y los regresaron a su letargo en algún cajón del Minsa.

Finalmente, se ha podido completar un proceso muy importante que debe representar un avance en cuanto a la calidad de los médicos que atienden a la población panameña. A partir de ahora, todo estudiante de medicina, sea graduado en Panamá o en el extranjero, deberá aprobar un examen de conocimientos médicos generales, con un temario abarcador, diseñado y calificado por el American Board of Medical Examiners antes de hacer el internado y obtener su idoneidad. Esto, permitirá homologar conocimientos y ubicar a nuestros médicos dentro de una escala conocida, para compararlos con aquellos graduados en otras latitudes.

Enhorabuena por el logro alcanzado. En especial, merecen reconocimiento el ministro, Dr. Javier Díaz, el decano de la Facultad de Medicina, Dr. Enrique Mendoza, las autoridades del Colegio Médico, y el Dr. Fernando Gracia, quien era ministro de Salud cuando se presentó la ley y que ahora, por justicia del destino, le ha tocado ser el coordinador de la comisión que ha dado como resultado tan importante logro. Finalmente, existe un mecanismo objetivo para no permitir que Sandalio siga apoderándose de nuestras instituciones de salud. @drpichel

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