SOCIEDAD

¿Qué tan desaseados somos?: Yohel Amat V.

Hay que aceptarlo: muchos panameños son cochinos. La basura está por todos lados, como un recorderis de lo mal que disponemos de ella y de nuestra ignorancia con respecto a la responsabilidad que tiene, cada uno, para mejorar este aspecto. Impresiona ver la naturalidad con la que personas tiran basura por las ventanillas de sus automóviles o la forma en que los peatones arrojan los desperdicios en la calle, como si ello fuese lo más normal del mundo.

Muchos afirman que los cochinos provienen del gueto o de los barrios pobres. Es decir, que son esos panameños que no han tenido la suerte ni los recursos para pagar una escuela o colegio privado, y evitar así ser un producto mediocre más de nuestro deficiente y caduco sistema educativo.

Afirmar lo anterior revela una falta de capacidad para estudiar nuestro entorno, pues, no sé ustedes, pero yo he visto cochinos tanto en automóviles lujosos como en “cacharpas” de esas que andan de a milagro. Los veo en barrios “ye yes”, en urbanizaciones de clase media y, también, en las zonas populares. Aquí aplica aquello que siempre he dicho: “diploma no previene cochino”.

Nunca podré olvidar la respuesta que muchos suelen dar al momento de preguntarles por qué botan basura en las calles, y señalan que esa es su forma de darle algo que hacer a esos humildes panameños que se dedican a recoger nuestra basura. Si aplicamos esa lógica tan “brillante” en otros temas de importancia general, implicaría que debemos rogar que suba la tasa de crímenes, para así justificar la existencia y planilla de todas nuestras entidades de seguridad. ¿Se lo imaginan?

Algunas personas me cuentan –no me consta, pues por edad y geografía nunca tuve esa experiencia– que cuando existía la Zona del Canal (esa en donde los panameños teníamos que pedir permiso para poder entrar) se notaban dos tipos de panameños. El primero era el desaseado que tenemos ahora y que arroja basura, a diestra y siniestra, como si su vida dependiera de ello. El otro era el mismo del párrafo anterior pero transformado, al momento de entrar a la Zona del Canal, en el ciudadano más limpio e higiénico del mundo; en sintonía con ese ambiente pulcro que, celosamente, cuidaban los estadounidenses. ¿Qué provocaba que el mismo individuo que afuera era un cochino, al pasar por una garita y cruzar una frontera imaginaria, supiese por arte de birlibirloque que botar basura en la calle era malo por higiene y por estética?

Quizás la respuesta a esta pregunta nos dé la llave que nos permita comenzar a cambiar esa cultura de desaseo que reina en el Panamá de hoy. Sea como sea, requerimos de un sistema educativo que promueva valores ciudadanos y de higiene en nuestros niños, además de campañas en todos los medios para ver si alguna vez el panameño deja de ser tan desaseado, para vergüenza suya y de todo un país.

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