CRÍTICAS

La despedida de Molinar: Alberto Velásquez M.

El tema educativo, cualquiera que hubiese sido el resultado de las elecciones, será un desafío muy importante para el nuevo gobierno. La educación es un factor clave en el desarrollo humano, es vital. Por eso, hay que darle especial importancia no solo financieramente, sino ajustarla a las técnicas modernas en cuanto al proceso enseñanza–aprendizaje.

El comportamiento de la persona responsable de la educación en Panamá durante los últimos cinco años ha sido un fracaso total. Fue otro más de los errores cometidos por el gobierno que fenece.

Desde el momento en que se designó a Lucinda Molinar como ministra de Educación –brillante periodista, pero ignorante total del sistema educativo– las predicciones fueron negativas.

Desfasada en su haber cultural, la ministra se despide de su mandato con un largo prontuario en contra del proceso educativo, los hechos la califican. Limitar la lectura de libros de autores nacionales, reconocidos como luces de la literatura panameña, y otros, marcó un desagradable fracaso a la historiografía.

En lo que respecta al colegio insignia de este país, no solo prohibió la circulación del único libro que cuenta la historia del Instituto Nacional, sino que agravió al plantel y a todos sus componentes cuando avaló su invasión por tropas de la Policía Nacional. Paradójicamente, actuó contra un colegio que combatió tales invasiones.

Ignorante del proceso de enseñanza, inventó programas, después de haber eliminado otros exitosos (Hagamos ciencia, por ejemplo) para implementar los suyos, en una clara demostración de egocentrismo, vanidad y petulancia.

Pero el colmo de Molinar, casi al finalizar su administración, fue establecer un supuesto aumento de sueldo para los maestros, una medida con claros ribetes políticos, contraria a su discurso de que eliminaría la política del ministerio. Fue un anuncio demagógico, hecho cuando faltaban pocas semanas para las elecciones nacionales. Si ese aumento político no fue de su autoría, sí contaba con el beneplácito de quien intentaba perpetuarse en el poder.

El tiro le salió por la culata y hoy se despide estigmatizada por la impopularidad, por su terquedad, egocentrismo, y el fracaso de una gestión que deja a más de 15 mil estudiantes en escuelas rancho y cifras de deserción que preocupan. No tendrá un futuro personal “lindo y bello”, como lo pregonaba en todos sus actos. Hasta pronto, Lucinda, no serás tan apreciada como la “Lucy querida” que canta Yin Carrizo en su tonada.

Mientras llega un nuevo ministro, los educadores, padres de familia y estudiantes esperan mejores días para la educación nacional.

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