MEMORIA VIVA

¡He dicho perdón!... ¿o no entienden?: Daniel R. Pichel

La mesa estaba servida. Desde las 4:00 p.m., las redes sociales diseminaron la noticia de que esa noche, después de más de 25 años, finalmente rompería su silencio. En una “entrevista exclusiva”, el mismísimo MAN daría declaraciones públicas desde la cárcel donde lleva recluido cuatro de los “varios 20 años” a que fue condenado.

Pocos minutos después de comenzar el noticiero –no nos hicieron esperar mucho– pasaron la entrevista. Manuel A. Noriega, sentado frente al entrevistador, vestido de camisilla blanca, manos arregladas de manicurista, cabello engominado, con actitud algo nerviosa y con un papel manuscrito en la mano, fue presentado como “general”, lo que ya daba indicios de que aquello no iba a terminar bien.

Desde el primer momento, el que “iba a romper el silencio” dejó claro que venía únicamente a leer una declaración, y que no daría mucho margen para salirse de aquello. Con voz firme y sin titubeos, leyó una especie de comunicado, en el que pedía perdón en nombre suyo, de sus subalternos y de sus superiores, mientras fue parte del gobierno militar que “irrumpió en la vida panameña” el 11 de octubre de 1968. Se llama a sí mismo “hijo de Dios” y dice apoyarse en reflexiones cristianas, mencionando en forma genérica a todos aquellos que pudieron sentirse afectados por las acciones suyas o de los militares que lo rodeaban.

El entrevistador, que acudió a la cita como cualquier periodista al que le ofrecen una primicia como esa, siguió llamándolo “general”. Parece que olvidó que aquel señor fue degradado de su rango militar un día antes de entregarse al ejército de Estados Unidos, el mismo que había prometido derrotar en sus arrebatos de “sietemachismo”, machete en mano. Trató débilmente de obtener algunas respuestas a las preguntas que todos los panameños nos hacemos, pero el entrevistado se mantuvo en el libreto.

Los objetivos que pudiera tener aquella comparecencia son múltiples. El más evidente parece ser que busca compasión para aligerar el castigo, lo que ante la epidemia de “casa o país por cárcel” parecería factible. Una diferencia básica es que todas esas medidas son cautelares, no producto de condenas en firme. En su caso, está preso por varios asesinatos cometidos bajo su régimen. Han sido condenas producto de actos judiciales en los que, si no declaró, no fue porque estuviera de vacaciones ni prófugo.

Si lo que buscaba era vender la imagen de viejito frágil y enfermo, el intento fracasó. Por alguna paradójica razón, cuanto más arrogantes son estos sátrapas, más lástima quieren dar cuando se ven en situaciones difíciles. Si no, recordemos a Pinochet, arrestado en Londres, haciéndose pasar por un tipo frágil y casi senil, hasta el momento de volver a Chile. El tono de voz, la actitud y la forma de contestar de Noriega lo muestran lúcido, sin confusión mental alguna y con claros objetivos. Hiló las ideas del “acto del contrición” propio de pedir perdón, pero en ningún momento mostró arrepentimiento por sus acciones. Al preguntársele puntualmente si consideraba que había hecho algo mal, se limitó a insistir en que no se saldría del objetivo y que no era el momento para hablar de eso. Al mencionar a Giroldi, Spadafora o al padre Gallego, tampoco se desvió de su plan. Se limitó a dar respuestas tajantes, como cuando mandaba.

Pero el libreto no contaba con las limitaciones propias del sujeto. Involucrar al nuncio, al arzobispo y al Padre Nuestro tiene sus bemoles. Al meterlos en la fórmula se asegura que cuando les pregunten saldrán con la misericordia cristiana y la importancia del perdón. Eso sería una anécdota, si no fuera porque vivimos el gobierno más beato del que hay memoria. Las misas, las procesiones, la rezadera y los viajes relacionados con actos religiosos son más la norma que la excepción. Así, Noriega pone de su lado a la institución más escuchada en el palacio de las Garzas.

Pero lo más curioso de todo fue la reacción de mucha gente al escucharlo. Si había alguna posibilidad de que sus adversarios sintieran compasión, esta se disipó al oír aquella misma voz que durante su narcodictadura generaba en los panameños una mezcla de miedo, repugnancia e indignación. Si a eso le sumamos el tono arrogante, pues es una fórmula para el fracaso. Personas que en ocasiones dijeron, “es que lleva 25 años preso y es un anciano”, cambiaron el discurso de forma instantánea por un categórico, “por mí, que se pudra en la cárcel”. Debe ser que tampoco entienden la dichosa misericordia cristiana.

Pero “la cerecita del helado” fueron las intervenciones de algunos de los invitados en los medios. Dijeron hasta que “había que pedirle perdón a Noriega” porque le quitaron su casa. Otros, al sospechar un desvío de su razón de existir, sugerían que todo era un plan urdido por Martinelli para desviar la atención de sus evidentes actos de corrupción. En fin, para eso hay libertad de expresión.

Lo que quedó claro es que no se puede predecir cómo reaccionará la gente, en especial cuando hay tantas pasiones y recuerdos desagradables involucrados. Sea cual sea el destino final de Noriega, es un hecho que los panameños no olvidan ese nefasto período de nuestra historia, en el que él y sus colegas fueron los actores principales. @drpichel

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