GOBIERNO

Un dictador moderno: Gilza Córdoba

A cada país le es propia una herencia cultural, política y social. En el caso de Panamá, la línea de nuestra historia fue marcada por la dictadura y la intervención estadounidense. El haber atravesado por estos hechos y luego disfrutar de democracia y soberanía ha contribuido a forjar nuestra identidad nacional.

Actualmente nos enfrentamos a una forma de dictadura más “estilizada”, que entiende que vivimos en un mundo globalizado, donde la opinión internacional juega un papel importante y conviene mantener la sinergia con el sector privado por ser un motor de la economía. Hoy las formas más atroces de represión no tienen cabida, pero estas han sido reemplazadas por formas más sutiles de coerción. Se despliegan otros instrumentos para la opresión: investigadores, recaudadores de impuestos, pinchazos telefónicos, llamados a rendir indagatorias y amenazas de destitución. Otra señal inequívoca de la dictadura ocurre cuando se pretende ejercer control sobre los medios de comunicación. Todos estos son instrumentos destinados a intimidar a los opositores y desactivar a los disidentes.

La ciudadanía panameña ha sido testigo de que los cargos públicos a los que tiene derecho cualquier ciudadano y que deberían ser otorgados a través del mérito y formación académica, son designados mediante a una cadena de cooptación, a través de la cual nuestros dirigentes aprovechan el poder de sus cargos para influir en una elección basándose en el amiguismo o familiaridad, aunque luego se cumplan formalmente las normas previstas en tales nombramientos para disimular el engaño. Tales acciones, aunadas al abuso en el uso de los fondos del Estado y la introducción de instrumentos legales con el propósito de ejercer más poder, se prestan para perpetuar el mantenimiento en sus cargos de la clase dirigente al margen de la voluntad popular.

Parece que nuestro máximo gobernante no reflexiona sobre estos asuntos. Al leer sus mensajes en Twitter, muchos pensamos que ni a los más allegados a él les queda ya el valor suficiente para, siquiera, advertirle sobre el significado de la palabra democracia. Esta nueva forma de dictadura no impone su voluntad al modo tradicional, sino a través de referendos o mesas de diálogo, para hacer ver que es el pueblo el que decide.

Mientras la delincuencia y el precio de la canasta básica se disparan, vemos a un Ejecutivo haciendo enormes esfuerzos para fortalecer su voluntad en la Asamblea Nacional, en el Tribunal Electoral y haciendo nombramientos que refuercen su dominio en el Órgano Judicial. Pero los panameños que enfrentamos una dictadura militarizada, que experimentamos lo que se siente caminar en libertad por territorios que, a pesar de ser panameños, estaban cercados para nosotros, ya sabemos lo que es necesario hacer para ejercer nuestro derecho como ciudadanos. Las armas de un gobierno dictatorial no serán suficientes para derribar a un pueblo que ha aprendido a manifestarse.

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