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PRUEBA DE ARREPENTIMIENTO

Los dictadores y el perdón: Amir Valle

Pedir perdón por sus crímenes es una virtud que no poseen los dictadores. Y es que, como todo ser humano, un dictador debe tener alguna virtud, si nos atenemos al amor sin límites que les profesan sus hijos.

La historia lo demuestra: para solo citar a monstruos latinoamericanos, los hijos del cubano Fulgencio Batista han olvidado los cientos de muertos durante los cinco últimos años de dictadura de su padre, apelando a que el país se desarrolló económicamente como uno de los más prósperos de América; los hijos de Pinochet siguen venerando a su padre sin importarles los miles de muertos en el período de la terrible dictadura en Chile que él, burlándose de sus detractores, llamó “dictablanda”; los hijos de Fidel y Raúl Castro, que han encabezado la dictadura más larga que hoy sobrevive en el mundo, ni siquiera han querido hacer oídos de los gritos de esos más de 10 mil fusilados injustamente por capricho de sus padres, por solo citar algunas de sus víctimas; y las hijas del dictador Manuel Antonio Noriega piden hoy para su anciano y destronado padre una paz que jamás Noriega concedió a sus víctimas y un perdón que él no ha pedido hasta hoy.

En un documental sobre el regreso de Noriega a Panamá conmueve ver cómo dos de los hijos de las más reconocidas víctimas de esa dictadura (el Dr. Hugo Spadafora Franco y el mayor Moisés Giroldi) dicen ante el pueblo panameño que ellos han perdonado a Noriega. Causó conmoción, disgustos. Pero es una actitud digna de admirar: no se puede construir un país nuevo mirando antiguas heridas.

Mientras investigaba para escribir un libro sobre la vida del Dr. Hugo Spadafora, asesinado brutalmente por deseos personales de Noriega, con mis propios ojos vi pruebas que incriminan a Noriega en los más sucios enredos políticos, militares, económicos y fiscales que han sucedido en la historia de Panamá y de América Latina durante el pasado siglo XX; personalmente entrevisté a muchas de sus víctimas y supe del dolor, de la humillación, de la deshumanización al que fueron sometidos; y en mis viajes por Centroamérica y Estados Unidos, investigando, tuve en mis manos fotos de época donde la muerte en todas sus formas golpeaba la fe que mi señor Jesucristo me ha pedido tenga en la especie humana.

Viví, digámoslo de modo directo, un descenso real a esos infiernos en los que Noriega, desde su ascenso al poder total tras la muerte del general Omar Torrijos en 1981, hundió al noble pueblo de Panamá, marcándolo con heridas muy profundas que aún están abiertas, impidiendo una real reconciliación nacional y contaminando incluso hoy la política en ese país.

Algunos afectados perdonan a Noriega sus cuentas personales, es cierto. Pero una cosa es el perdón que podamos concederle por el daño en nuestras vidas y otra cosa es la justicia histórica. Perdón y justicia son dos términos distintos. Dios mismo, en la Biblia, perdona muchas veces las tremendas meteduras de pata de algunos de los míticos hombres de Dios que en ese gran libro aparecen, pero lo hace solamente cuando ve que hay un real arrepentimiento y todos tienen que pagar un precio por los errores cometidos.

Porque el perdón es el mayor reto para un ser humano. Si alguien llega al poder por métodos sucios, se aferra al poder mediante la muerte, la traición, la corrupción y otras miserias humanas; y si ese ser humano un día es bajado a patadas de su trono de poder y muere sin conocer el rostro hermoso de Jesucristo, podemos entender que no pida perdón. Pero no es el caso de Noriega: en varias ocasiones sus hijas, de fe cristiana, han dicho que su padre, que en los tiempos de su poder acudió incluso a ritos considerados satánicos, ahora ha aceptado a Cristo como su señor y salvador. Y si es así deben conocer que Dios, en la Biblia, nos recuerda que si no pedimos perdón a quienes hemos dañado, nuestras culpas no serán jamás perdonadas por Dios.

“Noriega jamás pedirá perdón”, dijeron varios de mis entrevistados. Y eso, como cristiano, me hace sentir vergüenza ajena. Porque, aunque suene duro: el acto de no pedir perdón es la muestra más clara de que no hay arrepentimiento. Y aún peor: ninguno de los que hoy defienden a Noriega creyéndose cristianos será un verdadero cristiano hasta que no se humillen, como Dios manda, y pidan perdón; hasta que no se acerquen a las víctimas e intenten al menos ayudarles a sanar las heridas; hasta que no se incorporen, luego de una sanidad espiritual propia, y comiencen a trabajar para sanar el cuerpo herido de la nación; hasta que no entiendan que nadie podrá jamás vivir como un verdadero cristiano disfrutando de bienes materiales, relaciones personales y profesionales, y otras facilidades (que, por cierto, no tienen ninguna de las víctimas de la dictadura) resultantes de los negocios sucios en los cuales estuvo envuelto Noriega desde que fue reclutado por la CIA y hasta que sus antiguos amigos decidieron sacarlo de juego en 1989.

He escuchado a algunos abogados, familiares y amigos de Noriega hablar de que hay muchas cosas de las que es inocente, que existen acusaciones falsas. Y para ser justos, tenemos que concederle el derecho a la duda, pues es bien sabido que en materia de historia siempre hay muchas versiones, muchos entresijos, muchos recovecos que pueden implicar, para bien o para mal, a las personas. Pero si se tiene el alma limpia; si se es un verdadero cristiano; si existe un real arrepentimiento, ante todo es imprescindible pedir perdón y después luchar por hacer que salga a la luz la verdad que queremos resplandezca.

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