SOCIEDAD

Un dolor más: Ramón A. Mon

La muerte de cinco jóvenes de mi comunidad china de La Chorrera me ha llenado de horror. No es que este tipo de crímenes sea desconocido; sucede en muchas ciudades y países del mundo. Tampoco lo hace peor que el crimen haya sido cometido por miembros de otra comunidad de inmigrantes, que pueden haber compartido con mis paisanos algunos de los sinsabores que conlleva la inmigración. Todos los seres humanos, desgraciadamente, compartimos características que, ante ciertas circunstancias, nos hacen actuar con una crueldad que no conoce límites. No importa la nacionalidad, el sexo, el grupo étnico u otro rasgo distintivo que nos hace, aparentemente, diferentes; desgraciadamente, los humanos somos capaces de cometer atrocidades, y para comprobarlo no necesitamos revisar libros de historia, solo basta leer las noticias sobre las guerras y conflictos que afligen al mundo.

Me duele, porque eran jóvenes que no habían tenido la oportunidad de crecer, de tener hijos, de lograr metas. Me duele, porque me cuentan que eran estudiosos, algunos de ellos alumnos distinguidos, que seguramente albergaban anhelos de superación y disfrutaban de la compañía de sus familiares, parejas, amigos. Me duele, porque estas familias han perdido a cinco jóvenes a los que amaban y su partida les deja un vacío que nunca llenarán. Me duele, porque los padres fueron engañados, prometiéndoles que les regresarían a sus hijos, si pagaban un rescate, cosa que nunca sucedió, ya que habían sido asesinados de antemano. ¿Dónde queda el amor y el afecto que estos familiares les profesaban?

Es un dolor más para una comunidad que ha sufrido discriminaciones y atropellos a lo largo de la historia de nuestro país y que, desafiando todo el poder político y social, ha logrado, en un período relativamente corto, asentarse en ciudades, pueblos y corregimientos más recónditos y pobres del país, prestando un servicio a la población sin convertirse en una carga social. Me duele, porque en ningún grupo humano que haya emigrado a Panamá durante las distintas oleadas migratorias, se ha presentado el triste fenómeno del suicidio colectivo como se dio entre los chinos que importaron para la construcción del ferrocarril interocéanico ni a ningún otro grupo se le han expropiado sus propiedades con el único propósito de enriquecer a unos cuantos, en nombre del panameño pobre.

No me cansaré de repetir que los seres humanos emigran, porque no encuentran en sus respectivos países una forma digna de vivir. Lo paradójico del caso es que a veces emigran solo para sobrevivir, no para llevar una existencia digna, como es el caso de los negros subsaharianos en Europa. Me ha tocado verlo en distintos países de América, cuando hacía una consultoría para la OEA sobre la trata de orientales en Latinoamérica y es el drama humano diario en las costas del Mediterráneo, en la frontera de México con EU y de los países de Europa del este, por citar algunos casos. Como dice el escritor Carlos Fuentes, la emigración será el problema humano más acuciante del siglo XXI.

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