PERDÓN PRESIDENCIAL

La duda como nueva religión: Efraín Hallax

Me aparté de la religión hace ya muchas décadas. No lo hice por falta de fe en un ser superior, sino porque la fe no concordaba con mi razón. Con mucho temor, decidí crearme mi propia religión y mi propio ser superior, el cual era un híbrido entre mis dudas, mi alma perdida y una necesidad de algo superior a mi propio ego.

La duda y la rebeldía son productos naturales de nuestras neuronas. La duda es el combustible que nos hace cruzar un océano turbulento; solo porque dudamos que la Tierra sea plana, dudamos que solo exista un Dios de venganza, y entonces creamos un Dios de amor. Dudar y razonar es contrario a lo que la religión, las fábricas, los militares y los políticos desean de nosotros. La obediencia ciega nos obnubila la mente. Dentro de las exigencias de esta obediencia, rara vez los sacerdotes predican que, de acuerdo a la historia bíblica, fuimos creados con “un libre albedrío”; fuimos diseñados para dudar.

Recientemente, en una iglesia de nuestra capital, el Presidente de la República pidió disculpas públicas a quienes había ofendido. Trato de entender qué significan estas disculpas, y pienso que las palabras del Presidente podrían ser un reflejo incondicional de lo que considero nobleza. La disculpa la elevo a un nivel intelectual, la bajo a un momento emocional, la sopeso en un nivel racional, la observo estoicamente, pragmáticamente; analizo y vuelvo a pensar qué significa esta disculpa pública. Le creo, pero tengo dudas.

Es fácil ofender a cualquier ser humano. Solo los seres superiores, aquellos que pueden remontarse a las alturas, son difíciles de ofender. Desgraciadamente, casi todos nos ofendemos con facilidad. Y creo que teniendo tanto poder y tomando tantas decisiones cada día que afectan a tantos panameños, muchos se habrán sentido ofendidos por el Presidente. Yo también, y el oído me zumba; entonces surge la nobleza del perdón y la humildad de quien lo solicita... el hombre más poderoso de Panamá.

Decido no perdonar inmediatamente. Decido perdonar con una condición, una condición fundamental para estar seguro, dentro de mis dudas, que las disculpas son sinceras. Creo que todos debemos tener una segunda oportunidad, y solo el cielo sabe que yo he tenido mi six pack de perdones.

Quiero pedirle al Presidente que, frontalmente, ataque la corrupción; quiero que despida sin misericordia a todos los ladrones del partido Cambio Democrático y que dé un ejemplo histórico contra la impunidad. Esta fue su promesa de campaña. He sido ofendido porque nuestro partido ha participado de la corrupción, de la misma manera que el PRD y el arnulfismo lo hicieran. He sido ofendido porque no ha habido el “cambio democrático” prometido. Pero tal vez pueda sobrevivir con menos democracia, si el precio es que la corrupción de algunos de sus miembros sea combatida frontalmente y sin contemplaciones, como parte de una política de cero tolerancia a este flagelo.

Cambio Democrático podrá sobrevivir, pero jamás viviremos con honor mientras en nuestras filas existan los maleantes que hoy día gastan nuestros impuestos como si todos fuéramos esclavos en una dictadura disfrazada de democracia. Vivo en un país maravilloso donde da ira vivir cuando tenemos que aguantar, en un palco privilegiado, la corrupción representada por algunos de nuestros miembros.

Yo he sido ofendido por usted, al no combatir a estos maleantes y hacerme ver en un espejo que ellos son mis compañeros de pesadilla; que practicamos una política en la que el sentido del honor ha dejado de existir. Confío que antes de que su periodo termine, pueda aceptar sus disculpas con alegría porque habrá dejado, no un país con mejor infraestructura o mejor seguridad social, sino con una filosofía nueva y cristalina. Tengo la esperanza de que algún día aquellos impuestos que pagamos, luego de quebrarnos el lomo trabajando, no terminen en las cuentas privadas de diputados, jueces y fiscales venales, y miembros de nuestro partido, los que en lugar de actuar con honradez usan su influencia para enriquecerse.

El enemigo no está en la frontera de Darién; el enemigo somos nosotros mismos. En la nueva religión que propongo, el mandamiento número uno diría: “duda de sacerdotes y pastores que no trabajan y que jamás declaran sus impuestos”, y el número dos diría: “dudarás de toda promesa que haga un político”. Quisiera no tener dudas; sueño con un sistema en el que las dudas sean la excepción, no la regla. Lamentablemente, de ese sueño solo queda una esperanza.

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