VÍCTIMAS DE LA LUDOPATÍA

Una ecuación sencilla: Berna Calvit

Un verano, hace 20 años, estuve en Atlantic City, ciudad junto al mar, en el estado de New Jersey. El amargo recuerdo de la ciudad-casino permanece tan vívido en mí como el día en que me alejé de allí; pocas horas bastaron para no desear volver a visitar esta ciudad, cuyo gran atractivo son los casinos, casi todos instalados a lo largo del Boardwalk, vereda de tablas (la más larga del mundo) que bordea la playa; es un sitio lleno de vida, de gente que parece estar disfrutando del mar, restaurantes, tiendas, casinos, todo brillante, alegre, colorido. Llamó mi atención la cantidad de negocios dedicados a la venta de autos usados y las numerosas casas de empeño que permanecen abiertas las 24 horas del día, actividades que entendí a medida que caminaba por el Boardwalk. Un grupo de curiosos miraba a una mujer de aproximadamente 45 años, con un ceñido pantalón rojo (chicle) y suéter de igual color que bailaba (por decirlo así), asistida por un boom box (radio toca cinta portátil); sentí tristeza por la mujer, que hacía su espectáculo con un sombrero en la mano para recibir el dinero de los que, creo, se lo daban por lástima; más adelante, un anciano vendía peluches nuevos y usados. Horas después los volví a ver jugando en las máquinas tragamonedas. Atlantic City tiene líneas telefónicas de auxilio; hay quienes lo pierden todo, autos, joyas, crédito y no tienen dinero ni para pagar el pasaje del autobús. Como ellos, miles en todo el mundo son víctimas de la ludopatía, que la Organización Mundial de la Salud clasifica como enfermedad. ¿Parece exagerado lo que describo? No lo es. Es la cara fea de Atlantic City, Las Vegas (una de las ciudades más disfuncionales en Estados Unidos) y de otras ciudades donde las autoridades fomentan los juegos de azar para recibir parte de los millones que mueve esta actividad.

Las cifras de lo que se gasta en chinguia legal en Panamá son escalofriantes. Legales, tenemos carreras de caballos, lotería, bingos, casinos y la plaga de máquinas tragamonedas regadas por todo el país. No tengo cifras de juegos ilegales ni de apuestas por internet. ¿Sabe que el 65% de los que acuden a los casinos son nacionales y que casi el 100% de los clientes de las “maquinitas” también lo son? En el primer semestre de 2012 se apostaron $943 millones en casinos, hipódromo, bingo y tragamonedas; en lotería se gastaron $268 millones, $5 millones más que en 2011. En 2007 se apostaron mil 370 millones de dólares; en 2011, $2 mil 109 millones (54% más) (La Prensa 23/4/2012). La secretaria ejecutiva de la Junta de Control de Juegos-Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) lo atribuye “al buen desempeño de la industria de las apuestas...”. Caería fulminada si admitiera que la “industria” crece en proporción a los perdedores. El presidente de la Asociación de Administradores de Juegos de Azar de Panamá (Asaja) informa, con satisfacción, que “el aumento en las recaudaciones en las apuestas es consecuencia de las 2 mil máquinas nuevas que entraron al mercado”. ¡Ah! Que también promueven el juego responsable; si es ludópata llene un formulario pidiendo que no le permitan entrar a los casinos. ¡Facilito! Lo han hecho 200 ludópatas en seis años. Pero mire el lado bueno, ¡la “industria” genera 6 mil 500 empleos directos y 5 mil indirectos!

Dice un defensor de esta actividad que solo 2% de los jugadores no puede controlar sus impulsos. ¡Qué falacia! Son miles los que juegan con la esperanza de ganar, de reponer pérdidas; incautos, no saben que los casinos nunca pierden; enganchan al jugador con una ganancia ocasional, le dan tragos y música gratis, pero ¡jueguen, jueguen! Un amigo (q.e.p.d.) ganó $14 mil dólares en la lotería; hizo el pago inicial de una casa y a la vuelta de cinco años, convertido en ludópata, la había perdido en su ilusión de volver a “pegarle a la lotería”; muchas veces agobiado por las deudas habló de suicidarse, de irse del país. El crecimiento de la economía trae aparejado este y otros males. Los intereses detrás de los juegos de azar son poderosos; ante ellos los gobiernos doblan la rodilla y extienden la mano para recibir los millones que les corresponden y “comparten”. Y saben que casi toda la ganancia proviene de la ruina social, de la destrucción de la familia y las lacras que nacen con esta actividad. La proliferación de juegos de azar legales solo puede controlarla el Gobierno, pero no lo hace porque la ecuación, sencilla, es que a más jugadores, más dinero para el fisco. Se limpian la conciencia dando algo de dinero (del lobo un pelo), para programas para “prevenir y tratar la adicción”, mientras permiten más casinos y maquinitas hasta en los barrios más pobres (la cercanía capta clientela).

A los magnates del juego y los gobernantes este escrito “ni les va, ni les viene”. Argumentos, los de siempre: “nadie los obliga, son adultos, es su plata...”. No es para ellos que lo escribo, sino para usted o algún familiar con adicción al juego. Para que sepa que puede buscar ayuda en el Centro de Estudios y Tratamiento en Adicciones (Cetal) en el Instituto de Salud Mental. Para que mida qué grado de participación tiene en esta actividad, de apariencia tan engañosa como devastadora.

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