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EL MALCONTENTO

La educación que no educa: Paco Gómez Nadal

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La educación que no educa: Paco Gómez Nadal

Más de una vez he escrito sobre el mito de la educación. La idea genérica de la educación como motor de libertad y prosperidad tiene que ver muy poco con los sistemas oficiales de educación.

Los sistemas nacionales de educación nacieron para homogeneizar a los pueblos de tal manera que, como defendía John Stuart Mill, fuera posible la consolidación de los Estados nación. El Estado de Prusia o la Francia de Napoleón así lo entendieron e impulsaron sistemas universalizadores bajo la lógica de educar a ciudadanos útiles para el Estado.

No había intención emancipadora ni vocación de liberar a nadie cuando se instalaron los sistemas educativos públicos ni las hay ahora. Por eso me suena a chiste la propuesta de Juan Manuel Santos, el presidente de Colombia, de crear un sistema educativo interamericano. Más burocracia y más control de la educación para lograr que empresas y Estados tengan ciudadanos útiles a sus intereses. Que nadie me entienda mal. Soy un firme defensor de la educación pública y de su cobertura universal, pero otra cosa son los contenidos curriculares, los modelos pedagógicos o el papel que juegan docentes y familias en esta compleja ecuación.

Panamá ya sabe de la planificación por clases de la educación. Podemos ver un primer nivel para las mayorías empobrecidas. Ese nivel ofrece una educación básica, que fomenta el patrioterismo, el respeto a las instituciones, la fe religiosa y valores básicos de laboriosidad para formar técnicos medios, operarios semiespecializados y obedientes empleados de servicios que no reclamen sus derechos y que aguanten la vida precaria a la que están “predestinados”.

Un segundo nivel está destinado a las clases medias altas que, dentro o fuera del país, aprenden destrezas un poco más sofisticadas, se forman en emprendedurismo y ciencias empresariales, y aprenden a competir y a manejar equipos (que alguien tiene que coordinar al primer nivel). Son los destinados a ejercer el triste papel de gerentes de las empresas privadas y cargos altos de la administración pública.

El tercer nivel es el de los hijos de la pequeñísima clase dominante. Estudian los primeros años en escuelas privadas aisladas de la realidad nacional, muchas veces en inglés, y continúan sus estudios en el extranjero, donde reciben las capacidades para “liderar” el país como CEO de las grandes compañías, empresarios de éxito herederos del despojo anterior realizado por sus familiares, abogados de renombre antes de habérselo construido (es la ventaja de algunos apellidos) o ministros y presidentes que se van alternando en el poder según los vientos imperantes.

Así es en Panamá y así es en buena parte de América Latina (y de Estados Unidos, y de Europa...). Para este sistema no hay reforma posible, debe ser reinventado. Lo cierto es que no será desde arriba desde donde se impulse ese radical cambio de lógica. El establecimiento de Colombia, de Panamá, de México o de Argentina no está interesado en que nada cambie. Quieren mejorar la cobertura (el hecho de que todos los niños estén escolarizados no garantiza nada) para presumir de estadísticas y mejorar las capacidades técnicas de sus futuros empleados (prefieren que hablen inglés y que sean disciplinados). En eso consiste el sistema interamericano propuesto y que, con toda probabilidad y la bendición del BID, saldrá adelante.

La formación de las mentalidades sumisas, como explicara hace años el comunicólogo Vicente Romano, se apoya en cuatro estructuras sociales: el sistema educativo, la religión, los medios de comunicación y las familias tradicionales. Son todas estructuras pensadas para fijar el paradigma social conservador que garantiza que por mucho que se cambien las cosas en apariencia, nada cambie.

Los buenos ejemplos de la educación emancipadora son extirpados antes de que cunda el ejemplo. Miren si no la guerra a muerte que libra el Gobierno mexicano desde los años 70 del siglo pasado contra las escuelas normales rurales, herederas de la revolución de aquel país y en las que al campesino, además de destrezas rurales, se le provee de una profunda y crítica formación humanística. Los de Ayotzinapa no son las primeras víctimas de esta guerra que no es contra la violencia, sino contra el pensamiento.

La reinvención del sistema educativo se hará desde abajo o no se hará. La alianza de docentes y madres y padres de familia en pequeños núcleos educativos, la apuesta por una educación que explore las capacidades de los educandos antes de utilizarlos como receptores de conocimientos preconcebidos, la apuesta por las bases humanísticas, la formación cultural sin exclusiones, la inclusión del eje inter y multicultural o el desarrollo de la inteligencia emocional son más importantes que la conexión a internet en la escuela, la enseñanza bilingüe o las clases virtuales. La forma no puede sustituir al contenido, la instrumentalización empresarial de la educación no puede estar por encima de las necesidades individuales y comunitarias, las particularidades territoriales, étnicas o sociales no pueden estar subordinadas al torticero diseño curricular desde una oficina en la capital. La educación es un asunto demasiado serio como para dejarlo al albur del mercado.

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