ADECENTAMIENTO

La ética empresarial ante el futuro democrático: Enrique Arturo de Obarrio

RAC. RAC.
RAC.

Hace 11 años, cuando nuestra democracia parecía bien enrumbada después de tres ejercicios presidenciales posinvasión, a iniciativa de la Apede celebramos un acuerdo que comprometía al sector empresarial a observar conductas que hicieran sostenibles las aspiraciones primarias de una convivencia social, en la que los procederes empresariales marcaran el tono ético. Era un componente crucial del proyecto apediano denominado “integridad”, que concebimos en 2001 desde la Comisión de Ética.

Primero, logramos la elaboración de la Ley de Transparencia, presentada formalmente por este servidor ante la Comisión de Gobierno y Asuntos Constitucionales de la Asamblea Nacional, teniendo en cuenta tres anteproyectos y, luego, con la colaboración de Transparencia Internacional, entre otros, se logró la aprobación de la ley. Un año después, procedimos a la elaboración, promoción y firma del Pacto Ético Empresarial.

Ya que éramos de naturaleza emprendedora en los enfoques económicos nacionales, apasionada como lo es la Apede en la incidencia propositiva del devenir nacional, por qué no ensanchar el panorama hacia otros contextos de la realidad panameña, principalmente en los que la decencia fuera la base para convivir. Lo que imaginábamos entonces era un país donde la pauta fuera la nobleza de los connacionales.

No se avizoraba en el panorama político ningún nubarrón que desarticulara las esperanzas de aquel momento, cuando concurrimos a sellar los acuerdos en 2003. Pero, solo seis años después, un huracán espantoso empezó a llevarse pactos y aspiraciones; arrancó las techumbres que protegían nuestra incipiente democracia, desbarató los cobijos, estremeció los cimientos de nuestros sueños y nos condujo, paso a paso, a un despeñadero cruel, del que solo nos salvó el pueblo –y nuestro Tribunal Electoral– hace unos seis meses. Curiosamente, en cosas de política, es el pueblo quien intuye el futuro. Muchos empresarios –reconozcámoslo de una vez por todas– están entretenidos en otras faenas, y hasta son de muchas maneras quienes propician las tragedias sociopolíticas. El gobierno que acaba de terminar nos llevaba en tropelías de abundancia y sonido de cornucopias al precipicio donde suelen caer las democracias, cuando es la vergüenza de las monedas y no el pálpito de nuestros corazones el que convoca nuestras ejecutorias. No hemos arrancado de raíz los males esparcidos por gobiernos anteriores; sus actuaciones han dejado los campos de la patria minados, llenos de trampas para aliar las ambiciones más vergonzosas... y ya sabemos quiénes suelen ser los aliados de la corrupción: los empresarios sin valores éticos.

Reconocer que muchos empresarios representan un torreón de fortaleza o un pozo de avaricia es necesario para separar y aislar, bajo el signo del pacto ético, a quienes facilitan la corrupción gubernamental, porque el funcionario solo no puede robar... le falta el andamiaje, ese que suelen facilitar los empresarios que compran favores ante servidores públicos para enriquecerse en forma ilícita e insaciable. Es más fuerte la sabiduría popular que señala dónde está el saqueo, que las toneladas de papel sumarial con las que se pretenden ocultar los vicios. La rapiña encontró maneras astutas de instalarse en todos los ámbitos en que se podía robar, en gran medida, gracias a muchos empresarios que, si no han sido parte del conjunto cómplice, callaron a la espera de su turno. Esa ha sido la realidad de quinquenios anteriores y puede ser la de este, si no apoyamos con firmeza al Gobierno en sus intenciones y decisiones positivas. Cuidando que no ceda ante las presiones de siempre, en muchas ocasiones, provenientes del sector privado de parte de quienes por conveniencia siempre han querido que se mantenga el statu quo.

Cada centésimo defraudado golpea sin misericordia la realidad de la población desposeída. Mientras haya empresarios pensando en caudales inimaginables para satisfacer sus egos y maquillar sus ineptitudes, la nación empobrece su recurso humano, peligrosamente. Recordemos que no hay corrupción gubernamental sin alianzas con la empresa privada. Como lo he dicho muchas veces, para bailar tango se necesitan tres (no dos), la pareja, y el que toca el bandoneón. El funcionario puede sacar a bailar al empresario, o viceversa, pero el Piazzolla que los anima puede negarse a tocar, o tocar con dejo indiferente, complaciente o indolente.

Nosotros –empresarios, sociedad civil, trabajadores, pueblo en general– tenemos la obligación de no callar, pero como convivimos con el sinvergüenza, no trazamos con firmeza y rectitud los límites entre la amistad y la urgencia de acabar, de una vez por todas, con la corrupción. Es que el empresario corrupto a veces es nuestro socio en otros negocios o un amigo de la infancia, incluso un familiar. Pero lo cierto es que callar sugiere que preferimos el confort, al desarrollo de la nación.

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