CAMINO AL DESPEÑADERO

Los enemigos del planeta: Carlos Eduardo Galán Ponce

Cuando se hizo pedazos la Unión Soviética, el capitalismo se convirtió en el hegemónico sistema económico universal. Al aparecer estos dos hechos, así como el fracaso del comunismo internacional, hizo que las poblaciones sometidas a las penurias del sistema que colapsaba creyeran ver asomarse una luz de esperanza en el nuevo orden económico. ¡Qué equivocación! Y qué poco les tomó percatarse de la triste realidad. No contaron con lo que se avecinaba al desaparecer los contrapesos político-económicos de los dos antiguos rivales.

En el aspecto de seguridad, en el mundo –que se había mantenido por medio siglo en una guerra fría entre dos potencias, que solo se enseñaron los dientes– la convivencia pacífica se tornó más caótica. Toda clase de armas de alto poder destructivo, incluyendo aquellas de destrucción masiva, quedaron al alcance de organizaciones ilegales. Y de una “cuerda” de orates; adquirió presencia el terrorismo indiscriminado, que amenaza hasta a la propia civilización, y le cambió la vida al ciudadano corriente, independientemente de su condición económica, religiosa o política, y de dónde vivía o se encontrara en ese momento.

Sobre las condiciones económicas, esos pueblos no contaron con lo que se reproduciría y extendería como la plaga por todo el universo, el germen de la codicia. Aquellos que ya lo tenían todo, iban a querer cada día más y más, sin dejar nada para los demás. Y se hicieron leyes a su medida para que esa sed insaciable de fortuna no tuviese tope. Los países grandes y ricos extendieron sus tentáculos sobre nuestra querida América, suscribiendo contratos leídos y releídos por gobernantes que sabían que con ellos estaban vendiendo al país, pero a cambio colmaban sus apetitos políticos y económicos. El refrendo por parte de legisladores venales o ignorantes –o con ambas “virtudes”–, a cambio de unas migajas, completaba el despojo de la Nación.

Y así han terminado países como el nuestro, que ya no es nuestro. Cayeron nuestras empresas insignes y vitales a manos de aquellos “inversionistas” importados, cargados con fortunas producto del dolor y la miseria de sus pueblos. Multimillonarios oriundos de países pobres. No escaparon ni las empresas vitales para nuestra alimentación y de nuestros servicios públicos, que pasaron a ser parte del botín de los nuevos conquistadores. Y se vendieron nuestros ríos, nuestras islas, nuestras playas, el subsuelo, la cosecha de nuestros mares. La confección de las licencias de manejar, el cobro de contribuciones fiscales y hasta la comida de los presos.

En esta rebatiña, los locales se graduaron con honores en cuestión de días. Las tierras que quedaban, los gobernantes deshonestos y sus amigotes se las repartieron entre ellos. Y como el pecado no conoce límites, la maldad de nuestras autoridades llegó al grado de abolir las leyes que protegían la naturaleza y el urbanismo, para sembrar moles amorfas de concreto, que exigen cada día más de la energía que seca nuestros ríos y del agua que se le niega a los pobres de este país. Y como en el sector agropecuario no había nada de qué lucrar, lo tiraron al olvido. Y nos han llevado al despeñadero de tener que importar los alimentos básicos, cada día más escasos y costosos, pero de mayor rentabilidad para los importadores.

Estamos en manos de individuos que solo le rinden culto al metal y harán todo por no soltar ese tazón de oro, que venderán íntegro nuestro patrimonio a quien más les dé, para derrochar el dinero en francachelas y en viajes y publicidad, para luego dejarnos una deuda impagable y un país más vendible. Una organización tenebrosa que nos llevará al caos, si no retrotraemos nuestros valores éticos y morales y nuestra sociedad deja de ser seducida por el dinero fácil que se despilfarra en esta carrera del consumismo desaforado. Debemos vivir como vivieron nuestros padres, que fueron muy felices sin tanto “cacharro” y escoger a gobernantes que se roten, con una escala de valores culturales digna de una sociedad cauta y moderna, como muestra nuestra historia ya lejana.

No hay peor ciego que el que no quiere ver. Pero bueno, qué van a ver, cuando nada ciega más que la codicia. Si los que más tienen tan solo razonaran que son ellos los que más tienen que perder, ya estarían fijando sus ojos en lo que ocurre alrededor, cada vez con más frecuencia. Y mirarse en ese espejo.

La miopía y la codicia del sistema actual han llevado a los países vecinos-cercanos a apartarse de esas reglas, cuyo único resultado ha sido ver a los ricos hacerse más ricos y a los pobres ser más pobres. Y buscaron alternativas. No siempre acertadas y a veces hasta contraproducentes. Pero pensaron, como estadistas, que lo peor era continuar con esa vorágine deshumanizada de enterrar los valores éticos y morales, y rendirle pleitesía al dinero de cualquier filibustero que asoma la cara por nuestros países para comprarlo por trozos. Ofendiendo, con su prepotencia y su escasa cultura, a nuestros paisanos. Han encarecido la subsistencia misma a toda la población y han hecho casi inalcanzable la educación privada de nuestros hijos. Un conjunto de realidades que, de continuar en incremento, puede desembocar en una ruptura del orden público. Cosa que otros países ya tratan de evitar.

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