MADRES

La esencia inalterable: Berna Calvit

En la larga lista de celebraciones y conmemoraciones que tenemos, el 8 de diciembre es para honrar a las madres, a las biológicas y a las que acogieron con amor maternal al hijo de otra mujer. Por supuesto que considero más que merecidos los agasajos; que ese día lleguen a visitar con algún regalo, que nos lleven a pasear, nos abracen y si pueden y quieren, hasta que nos saquen de la cama con la serenata en la que nunca falta la canción “Despierta, dulce amor de mi vida…”. Pero más que regalos, serenatas o invitaciones, creo que lo que más satisfacción nos da, es que ese día damos y recibimos un poco del tiempo y el afecto que los ajetreos de la vida cotidiana hacen difícil compartir. Esta observación no es válida para hijos que “arruman” a sus padres, porque perder un día, unas horas con ellos no produce, el tiempo es oro, es dinero y los viejos están ahí, pueden esperar. Como todos los años se venderán por montones tarjetas enormes, lindas, con flores y mensajes para la mejor mamá de la bolita del mundo, amén; si la nuera tiene buenas relaciones con la suegra, se encargará de comprarle la vajilla, algún electrodoméstico o el clásico camisón para dormir (que no se le ocurra llegar con muestras gratis que le dieron cuando compró maquillaje); algunas mamás recibirán esos regalos “dizque” con mucha alegría, pero hubieran preferido un televisor high definition para ver la “chorreteada” de telenovelas (¡ay, la turcomanía y los narcoromances!). Los hijos deberían tener en cuenta que muchas madres y abuelas de hoy nos entendemos bien con la tecnología cibernética.

Las madres ganamos terreno y hoy se nos reconocen derechos impensables en otras épocas, cuando el rol era atender casa, marido e hijos. Nos sumamos a la fuerza laboral, aportamos a la economía familiar y ello significa que hemos asumido una responsabilidad adicional al manejo de los asuntos domésticos; para la mujer promedio, que trabaja fuera de casa, el día es largo y agotador; si no se cuenta con “asistente doméstica”, llegar a casa significa ver que los muchachos coman, hagan las tareas, se despeguen de la tele o “los jueguitos” en los celulares, los uniformes de la escuela, despertarlos, desayuno, etc. Es como para medalla de oro. Las relaciones madre-hijo han sufrido transformaciones. No soy la clase de madre que fue la mía, ni ella la que fue la suya; algunos de estos cambios son positivos, otros negativos. ¿Quedarán muchas mamás que digan a los hijos (como hacía la mía), “Párate aquí para que aprendas como se plancha una camisa”; o “Nada de salir si primero no arreglas tu cuarto y haces las tareas”? Creo que los hijos al convertirse en padres (si son responsables) empiezan a entender, como entendí yo al convertirme en madre, por qué mamá era como era. No somos seres celestiales; somos madres terrenales, a veces dulces y amorosas y otras, impacientes, regañonas.

La maternidad es difícil; la mamá de los comerciales, siempre linda e impecable, que besuquea el envase de detergente cuando ve llegar a los niños con la ropa enlodada es cuento. No recibimos diploma de graduada en la facultad de maternidad ni clasificamos en ninguna especialidad. Pero criar hijos es carrera que lleva a maestrías en trasnochar con el niño enfermo que llora o porque las criaturas queridas se fueron de fiesta; como “tetita”, cocinera, maestra, modista, psicóloga, chofer, administradora, acudiente, enfermera, dibujante, oreja dispuesta para oír cuentos y quejas, y hasta de punching bag para el desahogo del hijo. Idealizar la maternidad como “el estado perfecto” de la mujer, un compromiso con su sexo, sin considerar edad, madurez, situación económica, el entorno para criar y educar al niño, la presencia de un padre responsable, etc., es mensaje equivocado que se envía a la mujer y en particular a las adolescentes.

Este año pienso, con tristeza, en algunas madres cuyos hijos no estarán a su lado; sin que haya menguado su amor, recibirán a otros que no podrán llegar con la frente en alto porque sus nombres no se mencionan con respeto. Los tiempos cambian, pero los valores no, como tampoco cambia la esencia inalterable de la maternidad que nace en el amor por los hijos. De un artículo que escribí hace varios años copio: “Creo que al final de esta carta lo que celebro, como todos los días, no es ser madre sino que seas mi hijo. Me queda poco por decir. Tal vez pedirte que no te dejes seducir por los oropeles de la riqueza que se consigue sin el trabajo honrado; que no cierres el corazón al dolor ajeno y que no te sea indiferente la injusticia. Tú eres el ejemplo que debe guiar a tus hijos, mis nietos”. Hodding Carter, periodista estadounidense, dijo: ‘Hay dos legados perdurables que podemos trasmitir a nuestros hijos: uno, raíces; el otro, alas’. Eso quisiera haberte dado, raíces para afirmar bien tu vida, y alas para que vueles en libertad con tus sueños. Si lo logré, no hay mejor regalo para celebrar el Día de la Madre”.

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