MEJOR PAÍS

Sí, hay esperanza: Jerónimo Ramírez Villalba

Confieso que siempre he sido una persona optimista. Pero, al llegar a la edad de mi retiro laboral y evaluar la historia de mundo, llena de guerras e injusticias, siento gran desaliento. Pareciera que las ambiciones de poder y riqueza de muchas personas y naciones son más importantes que la paz, la justicia, una distribución más equitativa de las riquezas y sentirnos como verdaderos hermanos.

Algunos signos recientes me han devuelto la esperanza. Para los creyentes en Cristo y los católicos, el pontífice Francisco orienta a su iglesia hacia una verdadera opción para millones de desposeídos. Insta, tanto a gobiernos como a religiosos y fieles, a compartir con justicia social. Hasta en el Vaticano se reúne y departe con los pobres, y ha destituido a prelados de su iglesia, por ostentosos y derrochadores. Además ha puesto sobre el tapete dos temas neurálgicos: la homosexualidad, y las parejas que se divorciados y se vuelven a casar.

En Panamá, el arzobispo José Domingo Ulloa sigue sus directrices. No ha cesado de criticar a los que –abusando del poder del Estado– utilizaron los fondos públicos para enriquecerse, en lugar de emplearlos de manera eficiente para solucionar verdaderos problemas de la población como: el desempleo, alto costo de la vida, educación, salud, seguridad y otros que persisten como males endémicos de Panamá.

El presidente de la República, Juan Carlos Varela, egresado de un colegio de jesuitas, congregación a la pertenece el papa Francisco, da muestras de enfrentar la rampante corrupción que traemos como una secuela en la administración pública. La tarea es muy difícil, porque está enquistada en los diferentes órganos del Estado, al igual que lo estuvo la sociedad política. ¿Quién puede lanzar la primera piedra?

El Presidente y su gobierno deben dar el ejemplo y exigirle a las autoridades judiciales que investiguen –hasta las últimas consecuencias– los actos de corrupción que han salido a relucir y los que, sin duda, saldrán. Hay que cambiar las reglas impuestas por los propios tramposos, y esto se logra a través de una nueva Constitución.

Los diputados deben jugar el papel para el que fueron electos, es decir, “legislar”. Y se debe eliminar el festín de partidas para los circuitos electorales, así como el famoso Programa de Ayuda Nacional (PAN), porque con esto se corrompe al pueblo. Un gobierno eficaz puede ejecutar todas las obras que demanden las necesidades nacionales, pero cumpliendo con los parámetros de contratación pública en forma transparente.

Tengo esperanzas, porque miles de personas se manifestaron contra la corrupción el domingo pasado. Este movimiento se convertirá en una fuerza a la que todos los miembros de la sociedad civil se sumarán (sin distinción de clase social, partido político o creencia ideológica) y obligarán a las autoridades a cumplir la ley. Tengo esperanza, en mi país y en Dios.

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