EL MALCONTENTO

La esperanza de Panamá: Paco Gómez Nadal

Escribía en estos días un conocido activista panameño que hay más indiferentes que indignados, pero estos últimos ganan en dignidad. Es cierto. El cientifismo y la obsesión por las estadísticas –así como la falseada democracia representativa– nos hacen creer que solo la masa tiene valor. Y la masa está donde quieren que esté: en los centros comerciales, en la inercia de la vida esclavizada, en las obligaciones vendidas como elecciones libres.

Las masas siempre han sido informes y por eso, maleables. Lo eran para el llamado “socialismo real”, que las hacía desfilar y les prohibía disentir. Lo eran para los dictadores fascistas, adictos a las megademostraciones callejeras de masas en uniforme. Lo son –qué triste– para los supuestos demócratas que cuando consiguen más votos que su oponente creen contar con el respaldo de la “mayoría” y, por tanto, desprecian a las múltiples minorías. Lo son para publicistas, medios de masas y empresarios del entretenimiento, tan obsesionados por el beneficio y por los conglomerados humanos. Nos quieren hacer contar los amigos por cientos (“seguidores” caprichosos de las redes sociales), cuando es imposible que sea así; creemos que solo una masa culequeando en Carnaval es representativa de un país, cuando no es más que inconsciencia pasada por agua.

Las minorías son poderosas. Lo han sido siempre en la historia. Lo fueron los independentistas americanos (franca minoría en su arranque), las sufraguistas, los abolicionistas, los ecologistas... todo lo imprescindible para el futuro solo es visto por unas cuantas almas que se atreven a descolgarse de la masa y mirar y pensar con autonomía, pero en comunidad.

Por eso esta semana que ha pasado ha sido esperanzadora para Panamá. No por los rejuegos políticos, por los tristes intentos de privatizar todo o por las palabras huecas del presidente en Asunción (no fue a la clase de “no-abra-la-boca si no tiene autoridad moral). No. La semana trajo esperanza por tres hechos significativos. Primero, la Marcha de las Putas: mensaje claro al sistema patriarcal, rebelión necesaria de las mujeres y de quienes saben que no hay superioridad sexual ni tontería alguna que ampare la discriminación, la violencia o el ninguneo. La minoría –la que ha logrado o está trascendiendo la educación patriarcal– organizó una gran marcha y sus organizadoras deben sentirse orgullosas de esa toma de las calles.

El segundo hecho fue la presencia en cantidad y calidad de la sociedad civil organizada en las inútiles pero necesarias audiencias de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH). Una vez más quedó claro en qué lado está la razón y se pudo visualizar el patético papel que juegan los esbirros del poder, los funcionarios que viajaron a costa de nuestros impuestos a leer documentos sin fondo y a justificar lo injustificable. Que la CIDH no tiene dientes y que los Gobiernos de Panamá van solo a cumplir el expediente es claro; pero la sociedad civil marcó la diferencia y demostró que no se va a callar a pesar del hostigamiento permanente o de las campañas contra algunos de sus líderes y lideresas.

La tercera buena noticia fue la toma de la cinta costera de los indignados panameños. El colectivo, un grupo de jóvenes incansable, y otros activistas de la ciudad (y del interior) volvieron a desafiar a la lluvia, a la indolencia y a los medios y demostraron que se puede hacer, que la calle no es de los que tienen el poder, sino de quien los sufre.

Los “comunicadores” del poder dirán que son “cuatro gatos” y cometerán así el torpe error de la soberbia. Lo mismo podría decir Obama del movimiento Occupy Wall Street, pero no lo hace. Hay minorías que hacen prender las alarmas, que son la voz de la conciencia de la sociedad y en Panamá, por suerte, se tienen minorías potentes con ideas claras. Martinelli debería darse cuenta antes de que su popularidad siga bajando. Muchas y muchos no salen a protestar, porque ya tienen de sobra con sobrevivir al empleo precario y la dureza de la vida cotidiana en Panamá; pero ni son ignorantes ni estarán siempre en la posición de letargo.

Mientras haya indignados, putas y sociedad civil dispuesta a hacer el esfuerzo de ir a Washington o a donde haga falta para defender a su país, Panamá tiene esperanza.

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