QUEJA CIUDADANA

Los estacionómetros en David: Carlos E. Galán P.

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Parece ser el resultado de una mezcla de la estafa e incompetencia. Obra de extranjeros en mancuerna con las autoridades municipales. Y creo que esta es la forma más benévola de describir la operación. Unos tales empresarios venidos de más allá, pretenden zurrarnos $0.70, por hora, por estacionar nuestros autos a los costados de las calles. Y que además le metamos en sus bolsillos otros $10.00, por no haberlos obsequiado a tiempo con sus primeras monedas. Un perfecto atraco, con el aval de nuestras autoridades municipales.

Haciendo un recuento de los intentos que hubo para normar el estacionamiento de autos en las vías públicas, en la década de 1970 el municipio instaló estacionómetros propios. Y a pesar de las razonables tarifas de 10 centavos por hora, los rellenaban de monedas ticas. Con 10 centavos nuestros podías adquirir como 100 de ellas del mismo tamaño en la frontera, que el aparato aceptaba. ¡Imagínate ahora! Como dicen nuestros campesinos: “A gallo madrugador, uno que no duerme”. El entonces tesorero municipal, Alejo González Revilla, se cansó de ir a la frontera a cambiarlas por casi nada de buen dinero. Y se sellaron las ranuras donde se insertaban, dejando habilitadas solo las de cinco centavos. Poco a poco, fueron desapareciendo.

Luego vino el sistema de tarjetas, que bien aplicado es perfectamente funcional y rentable, como en su lugar de origen. Los conductores se ajustaron a él y anotaban en la tarjeta la hora en que se estacionaban, con la que se iniciaba el conteo del tiempo. Si se excedían, la multa era de un dólar y si te demorabas hasta fin de año, pagabas cinco dólares. Había una pequeña oficina en el parque Cervantes en donde se compraban las tarjetas y se pagaban las multas. Solo faltó una negociación para lograr que los otros municipios se hicieran partícipes de la actividad.

El desorden comenzó cuando los inspectores fueron aceptando que se dejaran las tarjetas en blanco en el parabrisas, para que ellos al pasar anotaran la hora a partir de la que comenzaría a contar el tiempo. Y aumentó cuando los inspectores ya no las rellenaban y se conformaban con verlas colocadas. De manera que una misma tarjeta servía por tiempo indefinido, hasta que el sol y la lluvia la deterioraban. ¿Cuánto dinero podía ingresar así al municipio? Solo el que correspondía a las muy esporádicas multas y a la venta de las tarjetas. Parecía increíble que la Tesorería no detectara esas mermas y no tomara los correctivos necesarios.

Pero las autoridades municipales ahora encontraron el lecho más cómodo. Sentarse a esperar a que le lleven el dinero a la mesa, sin hacer nada. Y sin tomar en cuenta que todo el dinero por el que se haya asignado ese contrato, lo van a extraer de nuestros bolsillos. Y no quiero referirme a los vicios que se comenta que hubo en esta concesión, porque no me constan.

Pero solo como detalles de la incompetencia de la susodicha empresa beneficiada, observa que colocaron los aparatos con la carátula de frente al carro, cuando en todo el mundo “miran” hacia la acera, desde donde se pueden operar con comodidad. Además, parece que alguien opinó que los espacios por auto eran muy pequeños y los volvieron a delimitar, pero dejando los postes en el mismo sitio, y los espacios sobrantes en donde cabe bien un vehículo, los pintaron de amarillo para convertir su uso en una infracción. Además, habilitaron otros espacios en cuadras completas donde antes era prohibido estacionar.

Todo esto, ante la presencia de una Autoridad de Tránsito y Transporte Terrestre tan inútil, que no es capaz de poner orden a la que se arma a diario en el cruce Boquete–Interamericana.

En la ciudad capital se inventaron una trampa similar con unas cámaras para captar excesos de velocidad y repartirse los ingresos de las multas. Pero la gente se “emberracó” y tuvieron que quitarlas. ¿Y nosotros? ¿Nos hemos vuelto una sociedad sumisa? Correcto que es necesario normar el estacionamiento de los autos en las vías públicas y que hay que fijarle tarifas, pero que sea una actividad administrada en debido orden por nuestro municipio y que sus beneficios no se vayan volando adonde no debieran.

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