FORMAS DE GOBERNAR

El estadista y ´el otro´: Luis Barría

El estadista tiene claramente definidas sus ideas políticas y el rumbo que le quiere dar al país; “el otro” tiene como máximo objetivo ideológico la “filantrópica” y “humanista” idea de ser el hombre más rico de su país y tener el emporio empresarial más poderoso de la región.

El estadista tiene el carisma para convencer a otras personas de que respalden sus ideas y lo apoyen en su gestión gubernamental, aun cuando no pertenezcan a su partido o no lo hayan respaldado en su candidatura, con el solo uso de la argumentación lógica y el planteamiento de sus ideas; “el otro”, forzosamente recurre a la compra económica de sectores políticos o al chantaje personal, al terrorismo fiscal, judicial o de Estado o a la presión comercial (no te dejo venderle a mis empresas o “no te dejo licitar en el Estado”) para obtener respaldo de otros sectores de la población.

El estadista, por muy humilde que sea en sus orígenes, tiene un lenguaje correcto ante los medios y en sus discursos utiliza la investidura de su cargo para ser ejemplo de cómo expresar sus ideas de forma correcta y con un léxico respetuoso hacia sus gobernados; “el otro” con la excusa de hablar igual que el pueblo y ser espontáneo, usa un lenguaje soez, es impertinente, chabacano e irrespetuoso en general.

El estadista le dice la verdad a su pueblo, aun cuando le traiga algún costo político y asume las consecuencias de sus opiniones; “el otro” miente descaradamente, cambia la versión de su posición ya expresada, opina algo y después dice que lo malinterpretaron; expresa públicamente sus ideas y cuando estas no gustan al pueblo o son criticadas, por inapropiadas, culpa a los comunicadores sociales y a La Prensa por “distorsionar” su opinión. Cuando complica un tema, simplemente, busca distraer la atención, inventando problemas inexistentes o levantando escándalos mediáticos a otras personas (incluso allegados de él) para encubrir los suyos.

El estadista respeta la Constitución y la ley, que juró respetar y proteger por encima de todo, aun cuando en muchas ocasiones no le permitan o le prohíban hacer lo que le da la gana, a él o sus allegados; “el otro” viola ambas para beneficiarse o para concretar sus mezquinos planes personales. Si nadie se da cuenta o nadie dice nada, simplemente, les pasa por encima sin el más mínimo estupor; si alguien se da cuenta o él percibe que lo denunciarán, entonces, cambia la ley a su antojo, aunque esto sea una aberración o un absurdo.

El estadista nombra, designa o distingue a los mejores ciudadanos en los puestos públicos, porque entiende que así hace patria y garantiza una gestión pública transparente y efectiva; “el otro” nombra a sus allegados, serviles, alienados y aduladores seguidores –aunque sean incapaces–, porque piensa que ellos le garantizarán o permitirán hacer lo que quiera, sin cuestionarlo y lo protegerán cuando sea necesario.

El estadista respeta la voluntad popular y la democracia en todo el sentido de la palabra, así como la separación de los poderes y la razón de ser de nuestro sistema político; “el otro” entiende muy poco de esto; su vago razonamiento sobre la voluntad popular y el ejercicio del poder se resume a que la voluntad popular (expresada en las urnas, encuestas, sondeos o en opiniones) solo es correcta y debe respetarse cuando le favorece o conviene; cuando no es así, busca los medios para torcerla, desacreditarla o ignorarla; por eso es que le importa muy poco sobornar, comprar e irrespetar a quienes han sido elegidos por votación popular bajo otras banderas políticas y cambiarlos a la suya usando, incluso, los tribunales de justicia, abriendo y cerrando procesos a su voluntad de la manera más vulgar y descarada. Usa la democracia para llegar al poder, pero recurre a la autocracia para ejercerlo, por eso es que hace gala de controlar cuanto órgano de gobierno exista, aunque con su comportamiento ridiculice, denigre, minimice o destruya todas las instituciones democráticas que tantas décadas y hasta siglos ha costado concebir, desarrollar, madurar y consolidar; no descansa hasta tener de rodillas a quien se le oponga o intente mantener las reglas de la democracia.

El estadista entiende el ejercicio del poder como una delegación que le dio el pueblo para que, bajo el parámetro de sus ideas políticas y durante el tiempo que dure su mandato constitucional, realice obras en beneficio del país y la población, dé muestras claras de su filosofía, ideología, ética, valores y principios y demuestre cómo estas y estos se traducen en ejecuciones y legados que sean recordados por las futuras generaciones; “el otro” considera que el pueblo no le ha delegado nada; simplemente entiende que él se lo ganó por su esfuerzo y con su dinero; que se merece el cargo que ostenta por derecho propio; que su popularidad fue la que lo llevó al poder y que su puesto no se lo debe a nadie ni siquiera a sus más allegados y conspicuos escuderos, porque –razona– ya él les pagó por sus servicios y los considera meros empleados; él piensa que cinco años no son suficientes para gobernar y que a las reglas de la democracia, la Constitución y la ley –esas mismas reglas que a él lo llevaron al puesto y que consideraba buenas– se les pueden dar “segundas vueltas” o las que sean necesarias, porque ahora son imprecisas sus disposiciones y deben cambiarse para que le permitan a él, a su partido o a sus compinches perpetuarse en el poder por el tiempo que sea necesario para que sus planes de enriquecimiento desmedido se consoliden; finalmente, el único legado que deja, el otro, en cuanto a su filosofía, ideología, ética, principios y valores, es que para él no existen tales cosas. La enseñanza para sus gobernados y las futuras generaciones es que el dinero todo lo puede comprar, que la palabra es una cosa intangible sin valor alguno y que se puede cambiar e, incluso, romper según lo requieran las circunstancias; que sus propias opiniones pueden ser cambiadas de un instante a otro, sin siquiera sonrojarse, porque no es necesario tener respeto ni por lo que uno mismo dice; que la filosofía es una ciencia en extinción e inservible para gobernar y defender sus intereses y, por lo tanto, innecesaria y que las ideologías son demagogia para llegar al poder, pero deben ser dejadas de lado –al igual que la ética, valores y principios– cuando chocan con los negocios que quieren hacer él y sus socios, al fin y al cabo, al otro su razonamiento simple, materialista e hipócrita de la vida y del ejercicio desmedido del poder le ha enseñado que un ser humano –por mediocre que sea– puede llegar a gobernar un país, sin nada de esto, y qué mejor ejemplo que él mismo.

Lo anterior no es más que un ensayo académico que busca ilustrar al lector en lo referente a la diferencia entre quienes gobiernan con mentalidad de estadista y “los otros”, que llegan por accidentes históricos a esas posiciones –accidentes que solo le ocurren a los pueblos una vez en su historia, porque aprenden la lección–. Cualquier similitud con algún gobernante actual, pasado o futuro, es pura coincidencia.

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