EDUCACIÓN

El trato al estudiante en su calidad de persona: Natibeth Kennion

Todo aquel que asistió alguna vez a la escuela recordará haber sentido los días previos al inicio del año escolar cierta curiosidad por conocer qué dificultades traería, quiénes serían sus compañeros y sus nuevos profesores, entre otras muchas interrogantes. Todas propias del entusiasmo que caracteriza a las edades tempranas de la vida.

El joven es por naturaleza idealista e impetuoso, y por ello, independientemente de sus antecedentes personales, experiencias estudiantiles previas y la realidad familiar que lo rodea, cada vez que comienza un nuevo año lectivo, es inevitable que surja en él la profunda expectativa de llegar a sentirse a gusto en aquel lugar en que estudia e invierte gran parte de sus horas diarias –su salón de clases–, así como de disfrutar de un ambiente propicio para aprender.

A raíz de diferentes experiencias vividas en el sector educativo –muchas como estudiante, otras como maestra o facilitadora de grupos de adolescentes, y algunas también como observadora o analista del sistema– tengo la impresión de que hoy no todos los docentes comprenden que la escuela es la segunda –y a veces la primera, a falta de un hogar estable– plataforma de desarrollo personal por excelencia para el niño. Ni tienen idea del impacto, para bien o para mal, que cada uno tiene en la formación de sus estudiantes. No solo como profesionales, sino como seres humanos. Esta fue una de las reflexiones más fuertes que surgieron cuando la red de jóvenes Global Shapers, en alianza con United Way y Unidos por la Educación, sostuvo conversaciones con adolescentes panameños en todo el país, gracias a la iniciativa denominada “Escuchando a la Comunidad”.

Si bien no todos son capaces de admitirlo, más que un instructor de conocimientos, los alumnos buscan en sus profesores un modelo a seguir, una persona que los comprenda, que muestre genuino interés, los rete a ser mejores, les enseñe valores y se identifique con ellos. Que sea incluso un amigo cuando se encuentran carentes de ese compañero. Todo esto, sin menoscabar el rol de líder o guía que le corresponde al docente, y sin ánimo de desconocer su autoridad. De ahí que cuando ven en sus profesores lo contrario, se decepcionan, se llenan de indiferencia, desarrollan métodos de defensa o actitudes rebeldes, y hasta deciden abandonar aquel sistema educativo que de continuo lastima la frágil autoestima característica del adolescente.

Desde un análisis psicológico, si hacemos uso de las teorías expectativas–valor en su sentido más sencillo, es fácil percatarnos de que cuando las aspiraciones previamente descritas que tiene todo joven estudiante al ingresar al sistema no son satisfechas –al menos medianamente– a este se le dificulta encontrar valor en la actividad de estudiar, lo que da lugar a una crisis de motivación en el estudiantado. Preocupan aun más los casos en que la relación docente-alumno se deteriora al punto de que las partes no se respetan. El profesor hace uso exclusivo de la autoridad (no de la pedagogía) para procurar que sus estudiantes aprendan, acude a los agravios, lenguaje impropio o incluso el famoso bullying para dirigirse a ellos. Entonces se erosiona gravemente el interior del ser humano en formación que se encuentra detrás de cada uniforme escolar.

Algo que sí me queda claro tras haber recorrido el sendero de la vida estudiantil y luego de diversos encuentros que he tenido con participantes del sistema educativo panameño es lo siguiente: el joven clama a sus autoridades y profesores por respeto, inclusión, tolerancia, por ser escuchado y considerado un ente pensante, por no ser sujeto de menosprecio ni discriminación, todo lo que se resume en la necesidad fundamental del hombre: ser tratado con dignidad. Profesores, padres de familia y comunidad en general, recordemos que los adolescentes son como esponjas que absorben todo lo que hay a su alrededor, por lo que es improbable que ellos mejoren si la sociedad y el entorno no dan los primeros pasos en esa dirección. Docentes y autoridades, el camino para enfrentar esta situación empieza por la humildad para reconocer dónde están las carencias, así como para invitar al estudiante a ser parte de la solución. Continúa con la voluntad para tomar cartas en el asunto. No perdamos de vista que, en palabras de George Herbert, “la juventud vive de la esperanza” y mientras haya esperanza, aún queda mucho por emprender.

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