TERRORISMO

El fanfarrón de la región: Javier Barrios D.

En la provincia de Los Santos, hasta la década de 1960, en algunos pueblitos de las áreas rurales solía haber un fanfarrón, conocido como el “guapo” (valiente) del pueblo. Incluso, hubo un famoso caso de varios hermanos fanfarrones. Eran los buscapleitos, los que llegaban a cualquier baile popular y siempre encontraban un pretexto para armar la gresca, en la que generalmente salía a relucir un arma blanca, en ocasiones dañando o acabando con la fiesta.

En las juntas de embarra (reunión de trabajo de la comunidad para construir la casa de quincha de alguno de los moradores), al terminar las labores –ya con algo de licor en el cerebro– buscaban camorra, generalmente cuando procedían a sacar las piñuelas (Bromelia pinguin, una planta con espinas que se usaba como cerca) –óigase bien– sin emplear las manos, solo con la cabeza malamente protegida con el sombrero. Las colocaban alrededor del zócalo de la casa para evitar que los cerdos dañaran la obra. Como yo era apenas un niño, esas escenas me producían temor, pues sentía que estaban en un trance o como poseídos por el diablo, que no era más que los efectos del licor.

En tales eventos, si no encontraban pretextos para formar la pelea por hechos o diferencias anteriores, agredían a cualquiera, sobre todo en los bailes populares. O sea que siempre “andaban con la manta arrastrando”.

Ahora pareciera que los gobernantes del partido panameñista están contaminados con el mismo virus. Aunque el exministro José Mulino, que es de Cambio Democrático, también lo estuvo (véase artículo “Rambolino en la Frontera”, La Prensa, 23 de septiembre de 2010).

En efecto, en ocasión del ataque a las Torres Gemelas, doña Mireya Moscoso fue de los primeros mandatarios de la región en declararle la guerra a los terroristas. Declaratoria que incluía, por decisión unilateral del expresidente Bush, a las vecinas guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Siendo proclive a Estados Unidos y cediendo ante la presión de Bush, cuando dijo que quien no estaba con él era su enemigo, fue muy rauda en darle una manito.

Ahora el presidente, Juan Carlos Varela, la imita, pues a las pocas horas de los atentados en París, se sumó a la coalición internacional contra el Estado Islámico (EI), de forma que no solo quedó bien con Europa y sobre todo con Estados Unidos, sino que, conocida su fe religiosa –que debe ser la razón principal de su visceral decisión– era para él obligante hacerlo en vista de que fue un acto cometido por unos fanáticos de otra religión. Pensando quizás como el anterior papa Benedicto XVI, que en un discurso citó duras palabras del emperador bizantino Manuel II contra la religión de Mahoma.

Todos los panameños podemos y debemos estar en desacuerdo con estos actos de barbarie, pero no hay derecho a que el Presidente de la República, pareciera que de manera inconsulta, tanto en el ámbito interno como regional –tomando decisiones emotivas y apresuradas– ponga a nuestro país en la lista de enemigos del EI, y con ello arriesgue la vida de los panameños.

Es probable que, dada la importancia mundial del Canal, principalmente para Estados Unidos, sin tal adhesión a la coalición seamos igualmente un blanco para los terroristas, pero una cosa es que el fanfarrón busque camorra y otra que le pisemos la manta (que lleva arrastrando) o le toquemos el rabo al perro.

Si bien Estados Unidos en infinidad de casos en el mundo no ha necesitado ni el mandato de un tratado ni la autorización de un país o de las Naciones Unidas para intervenir o atacar a una nación o participar en una guerra, en el caso de Panamá, si el tránsito por el Canal se viera en peligro por un acto terrorista, incluso con solo una manifiesta o real amenaza, los soldados yanquis, amparándose en el Tratado de Neutralidad, volverían a pisotear nuestra soberanía.

Todo parece indicar que en ambas situaciones estos mandatarios, cegados por los motivos expuestos, perdieron la capacidad de análisis en materia de política exterior, o irresponsablemente no se han preocupado por conocer el alcance y las implicaciones de dicho Tratado (que tenemos que renegociar) y, además, que podemos ser igualmente solidarios con los países afectados, condenando tales actos, pero de una manera menos comprometedora o de bajo perfil.

Mucho cuidado, que el fanfarrón del pueblo, por lo general, terminaba en el panteón o en Coiba.

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