TRASFONDO

El fracaso del sistema de salud: Carlos A. Pareja

La salud involucra el bienestar físico, mental y social, es un derecho de todo ser humano y una obligación en Panamá, según el artículo 109 de la Constitución; sin embargo, en el país la atención médica es deficiente en un 90%. En los despachos superiores se toman medidas paliativas y promocionales, con mesas de diálogo que no optimizan la prestación. El gran problema por corregir, que no se atreven a enfrentar, es la falta de institucionalidad y gobernabilidad, pues la disciplina y la rendición de cuentas no existen.

Es como si un tsunami hubiese envuelto a un porcentaje elevado del personal médico y administrativo y los arrastrara en una vorágine de indolencia, indiferencia y deshumanización. El sistema es como un enfermo en cuidados intensivos: grave, sin diagnóstico y sin médicos responsables del caso. El problema es complejo y sombrío. Realmente no existe un único culpable por este colapso, todos los actores involucrados, al no cambiar de actitud, contribuimos al fracaso.

En este país los políticos dirigen el sistema de salud y pareciera que están inmersos en ese ambiente de la pérdida de valores, en la que impera el “juega vivo”, la corrupción disimulada y se evade el costo político que supone ordenar el sistema. Le temen a la figura de la huelga que esgrimen los líderes gremiales de la Comenenal, si no aceptan sus demandas.

Con una productividad verdadera no habría listas de mora quirúrgica, de consulta externa ni la imposibilidad de conseguir camas en los hospitales. En vez de esto, los encargados de despachos superiores solo se ocupan de mantenerse en sus cimeras posiciones, sin ver cómo funciona cada unidad sanitaria y cuál es la producción real de cada profesional. Además, se escudan en indicadores maquillados, con cifras abultadísimas y alejadas de la realidad. Solo les preocupa comprar y/o alquilar y construir, sin siquiera terminar las estructuras sanitarias en construcción. No hay capacidad para resolver los casos de pacientes graves en hospitales del interior y de la periferia, y el traslado a hospitales de la capital (llenos hasta el tope) es la política que usan para justificar la cantidad de ambulancias a rentar.

Lo lógico sería que cada hospital pudiera resolver sus casos y que los traslados fuesen mínimos. Un nefasto ejemplo es el nuevo Hospital Chicho Fábrega (costó más de $120 millones) que mantiene la práctica inadecuada de referir pacientes a la capital. Si los hospitales periféricos mejoraran su capacidad resolutiva y curaran a los enfermos, no habría necesidad de tantos traslados y ambulancias. La Caja de Seguro Social y el Ministerio de Salud, lamentablemente, desconocen esta realidad, que se traduce en falta de calidad y excelencia para resolver con prontitud sus casos.

Por años hemos vivido convencidos de que la institución debe adaptarse a nosotros, en vez de nosotros adaptarnos a la institución. El sistema funciona a base de mitos, costumbres, caprichos y errores por hechos irregulares que nadie nunca se ha atrevido a aclarar. Hay médicos que solo atienden y realizan cirugías una vez por semana.

En casos de severos traumas abdominales, se debería operar de inmediato y no esperar por exámenes de imágenes. Por esto ya ha habido fallecimientos que se esconden con diversas excusas, y que no pasarían el escrutinio de gente calificada. Si se investigaran estos y otros casos, seriamente, saldría a relucir la verdad. Otra realidad es la atención de las interconsultas preoperatorias, con un manejo muy sui géneris (según cada médico), demorando las respuestas entre 15 y 21 días, retrasando el acto quirúrgico y la liberación de camas. Además, los anestesiólogos tienen la última palabra, y no hay autoridad superior que logre que se realicen seis cirugías, como mínimo, por quirófano, de 7:00 a.m. a 7:00 p.m. Dr. Estivenson Girón y Francisco Javier Terrientes: resuelvan esto y cambien la actitud de los involucrados, por el bien de nuestro sistema o se irá rumbo al colapso.

El 15 de julio del año pasado fui invitado por las autoridades del nuevo Hospital Chicho Fábrega a una cirugía de docencia en un caso de fractura de cadera. Había cinco anestesiólogos que se negaron a aplicarle anestesia al paciente de 80 años, quien llevaba tres semanas hospitalizado. Ni el director médico ni el director general de la CSS se involucraron en el caso, de forma que la operación no se realizó. Este es un claro ejemplo de que nuestro sistema institucional de salud no tiene gobernabilidad ni disciplina.

En Bocas del Toro, con una población muy reducida, hay tres hospitales: el de Changuinola, Rambala e Isla Colón, sin control ni rendición de cuentas. Sin embargo, se afectarán los fondos de la CSS para construir otro hospital en Almirante. Se gastarán más de $40 millones en un hospital de 32 camas, parecido al de Metetí. Presidente Varela, esto no se justifica, basta hacer que funcionen los tres hospitales que ya están en esa provincia.

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