AUTOANÁLISIS

Los frutos de la democracia: Andrés L. Guillén

La mala calidad de la educación pública y privada; la desigualdad de géneros y de clases sociales; el desprestigio de los tres órganos del Estado; las falencias de nuestro régimen económico y la pésima distribución de la riqueza; la débil persecución del crimen y su castigo; la impunidad de la corrupción y los abusos del poder; la falta de valores; la intromisión de la religión en un Estado laico y muchos otros temas forman parte del oscuro laberinto que nos toca recorrer a diario como ciudadanos de este país.

Estos temas tienen como factor común la democracia en Panamá. La democracia es una presencia –y una advertencia– que nos concierne a todos por igual.

Así como en un mar turbulento un barco puede ser bastión contra las olas, también puede estrellarse contra las rocas, en dramática dicotomía. Por eso es bueno recordar que las limitaciones de la democracia no surgen tanto de las leyes y la Constitución Política, sino más bien de esferas no políticas, principalmente, de la autocensura y de los valores o antivalores de sus ciudadanos. En esto, la inestabilidad de la democracia conlleva, a la vez, su propio remedio o deterioro. En una analogía con el barco, la masa panameña de ciudadanos (con sus múltiples deseos, muchas veces contradictorios) equivale al mar turbulento sobre el que flota; y la apatía de las mayorías son las rocas que lo hacen añicos y, después, saca a flote sus restos, en este caso los defectos que ya mencionamos.

El demócrata cree en la libertad política y en el pluralismo que da la igualdad, que son el marco para corregir esas deficiencias; el déspota saca provecho de estos para establecer o aumentar su poder totalitario.

Como ilusión, nada es más halagüeño que pensar que nuestra joven democracia (a pesar de que es más que centenaria) nos ha llevado hasta ahora a buen puerto; pero en el contexto de la realidad que vivimos debemos preguntarnos: ¿de verdad gozamos de los frutos de la democracia?

¿Nos llena de inquietud, como panameños, ver a una Asamblea Nacional que le hace juego al Ejecutivo, con la anuencia del poder Judicial, para cometer abusos? ¿O escuchar las palabras de un funcionario que se burla de su cargo en vez de cumplir con su deber? ¿U oler la inmundicia de la basura por todas partes en nuestros barrios?

Al subordinar nuestras responsabilidades ciudadanas a la apatía conformista de un gobierno representativo, le damos a la democracia las características del demiurgo, un semidiós impulsor que se convierte en la encarnación del mal.

Como sociedad civil nos toca ser el timonel del barco para navegar en ese mar de derechos humanos, descubierto y hecho nuestro por las mentes preclaras de Thomas Hobbes, John Locke, Benedict Spinoza, Voltaire y Jean-Jacques Rousseau, entre otros filósofos.

Pero la degradación de la democracia, cuando por un lado surge la tiranía de las masas y, por el otro, el déspota demagogo, pone en peligro no solo la igualdad de sus ciudadanos, sino los frutos de su doctrina.

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