CUENTO CORTO

El funeral del ´papá grande´: Roberto Brenes P.

Hace unos días, en un país de tierra caliente, sin minerales ni petróleo, muere de repente su mandatario. Era el vigésimo segundo presidente que sucesivamente ocupaba el solio presidencial con una envidiable trayectoria electoral, siempre democrática, trasparente y civilizada.

Fue, sin lugar a dudas, un hombre ejemplar; reelecto en el cargo dentro del más estricto apego constitucional, por el periodo adicional que le permitían las leyes. Su legado no puede ser catalogado sino como “enorme”. Durante sus dos mandatos, el nivel de vida en monto y calidad creció, gracias a la generación de empleos productivos e inversión pública y privada, mano a mano. Todos, incluso la más radical oposición, coinciden en que su obra puede resumirse en “defensor de los derechos civiles, y por ser fanático de la República y la separación de poderes”.

Las exequias se llevarán a cabo en la Catedral Metropolitana; los deudos tuvieron que negociar con el arzobispo y el nuncio; el difunto era agnóstico y así vivió, negándose en el lecho de muerte a besar un crucifijo de lata y arrepentirse de sus ideas. No como muchos aquellos que despotrican, a diestra y siniestra, y luego imploran cristiana sepultura.

Su muerte conmueve al mundo, pero no lo mueve. Los países vecinos, con más relaciones e intercambio, quizá manden su canciller. Los más distantes se harán representar por sus embajadores. Total, el funeral en un país en donde funciona el Estado de derecho, no es el acontecimiento social en el que se viene a “lambonear” para evitar amenazas a las inversiones foráneas. Ni vienen los reyezuelos y príncipes, procónsules oficiosos, a velar por sus empresas ni por las frecuencias de vuelo ni por los derechos de paso ni por los contratos directos. En este sepelio no hay petróleo ni aluminio que vender ni que comprar. Esas cosas aquí, están resueltas hace años, con o sin el señor presidente.

En un país donde se practica el pluralismo y se respetan las libertades, no hay tal cosa como alianzas, ligas o Albas de la izquierda ni de la derecha. Aquí no se cae ni en el fanatismo del fatigado discurso populista ni en las discretas condolencias del cartel de banqueros e industriales, todos con el mismo traje azul marino, traídos al país en una bandada de metálicos Gulfstreams y Citations.

Aquí, la muerte sigue siendo un asunto fundamentalmente familiar. Y no es hasta la tercera fila de la catedral en donde se atisba a funcionarios, embajadores, opositores políticos, intelectuales y profesionales del país. Adelante, la familia y los amigos y, si fuera el caso, un puesto o dos para alguna figura política o intelectual del exterior que hubiese compartido amistad con el señor Presidente. Los magistrados de la Corte Suprema y el presidente del Senado y diputados de Gobierno y oposición, ocupan un costado de la nave, a su misma altura, pero separados.

Terminada las exequias, el cortejo fúnebre camina a paso lento al camposanto. El presidente, bombero voluntario desde joven, recibe los honores del cuerpo; un lujo que en vida aceptó renegando; ya que la alternativa era guardia de honor del Ejército; de eso... ni hablar.

Su féretro cubierto con la enseña nacional se pone sobre el carro bomba más moderno de la institución. La multitud da el último adiós a su presidente, sin histeria ni consignas revolucionarias. Al fin y al cabo, todos y cada uno sabe, que su futuro no está en el que se va ni en el que viene, sino en ellos mismos.

Por supuesto que el deceso de un personaje tan aburrido no atrae a la prensa internacional ni a las grandes cadenas de TV. Aquí no hay grandes entrevistas ni grandes incógnitas respecto del futuro de esta nación. El morbo del poder y sus secuelas es un asunto resuelto. La interminable cadena de aduladores, dizque analistas ilustrados e ideólogos, ya son fiebre pasada en este país.

Así las vedettes de la tele, igual que los reporteros de los grandes diarios, se han quedado en Miami tomando café y mojitos, con la nostalgia de pronto tener otro funeral, como el de Hugo Chávez.

Esos, esos sí fueron ¡los funerales del papá grande!

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