MIGRACIÓN

La gallina de los huevos de oro: Dicky Reynolds O´Riley

Panamá siempre ha sido una especie de imán para los foráneos, al punto de que podemos contar situaciones específicas en las que hubo una diáspora hacia nuestras fronteras.

Así lo patentizan los escoceses que vinieron a fundar Nueva Caledonia, en lo más inhóspito de la selva de Darién y se encontraron con otra realidad. Igual que los ciudadanos procedentes de Asia, a quienes venció el trópico y la nostalgia por el desarraigo que en muchos casos hizo que incurrieran en suicidios masivos. O los que vinieron atraídos por la fiebre del oro y murieron diezmados por la fiebre amarilla; los que trabajaron durante la empresa fallida del canal francés, y los que llegaron después para integrarse a la continuidad del proyecto en manos del gobierno de Estados Unidos.

En esta historia incluyo la llegada de mis abuelos, oriundos del Caribe, para las faenas del canal interoceánico. A ciencia cierta, no sé si ellos pudieron poner en orden sus documentos o si se convirtieron “de hecho” en panameños, en virtud de haber trabajado para la empresa del Canal.

En esa época la sociedad estaba compuesta por familias de inmigrantes, en su mayoría, además de que Panamá vivía un proceso de “descolombonización”, para luego empezar a creerse un país. Nadie cuestionaba los orígenes del otro.

Aquí arribaron desde fugados de las mazmorras, estafadores, esclavos manumitidos de las antiguas colonias, médicos-brujos, duques y condes, impostores y hasta huidos de linchamientos por haber mancillado el honor de alguna dama.

También venían desde los que creyeron los cuentos de que las perlas que adornaban la tiara de la reina de Inglaterra se recogían en el fondo del mar, como quien recolecta mangos del piso, o que las pepitas de oro eran tan grandes como un limón criollo, hasta los descendientes de Hitler, Einstein y Al Capone. Todos, en busca de una nueva identidad.

No podrán los inmigrantes hacer ver que el despojo de sus raíces es para ellos un lastre innecesario. La migración hacia Panamá, en primera instancia, fue informal, silvestre y sin papeleos. En tiempos modernos cuando se institucionalizó fue que los extranjeros se convierten en una carga y molestia, luego de ser utilizados y tras cumplir el rol para el que fueron traídos. La situación llegó al punto de que la Constitución de 1941 prohibió la inmigración de razas “indeseables”, como un filtro genético para no afectar la esencia de la “panameñeidad”.

En el gobierno de la llamada dictadura, los lineamientos corrían a cargo de los militares que vieron una oportunidad de lucro en la venta de documentos migratorios, y hasta fijaron tarifas para los ciudadanos de ciertos países, dineros que no se sabía cuál era su destino.

Tal disposición siguió vigente hasta el 2008, cuando se creó el Servicio Nacional de Migración que le dejó intacta esa capacidad al nuevo regente, o sea, la legitimación del antiguo poder de decisión los coroneles. El Ejecutivo la extendió a su despacho, en virtud de la capacidad que le autoconfirió de otorgar visas a cualquier ciudadano que fuere de su agrado o conveniencia, política o económica.

La mal llamada moratoria o “Crisol de razas” es un término eufemístico. Está alejado del sentido humanitario o de paliar el sufrimiento que experimentan los extranjeros durante la tramitación y legalización de sus documentos. En vez de eso, es más bien una manera de capitalizar la institución con los dineros y la desesperanza de quien sabe que no califica para residir en el país. Una dispensa para violar la ley, un tributo a la ilegalidad, a la discrecionalidad en las medidas del Servicio Nacional de Migración, y eso es lo crea el descontento de los nacionales o de extranjeros que obtuvieron su documentación en buena lid.

La opción de no utilizar los servicios de un profesional del derecho transgrede la ley que exige que los trámites se hagan por parte de letrado como intermediario.

Gracias a esa moratoria ingresaron millones de dólares a las arcas públicas, pero también ganaron los traficantes de sueños que hicieron su diciembre trasegando su materia prima, con impunidad, porque que el Estado se hace cargo de los migrantes que traen y abandonan a su suerte. Ellos saben que no hay controles migratorios suficientes para detenerlos, que la capacidad de investigación es limitada, que las fronteras son porosas y que esto facilita la infiltración de sus redes en el sistema.

La descalificación de Estados Unidos en el combate al trafico de personas, no hace más que dejar en evidencia que la improvisación no es buena consejera.

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