SOCIEDAD

La gema del individualismo: John A. Bennett N.

Mi afinidad con los derechos individuales no fue algo que tuve claro desde mi juventud, sino mucho más tarde en la vida, ya pasados los 50 años de edad. Y fue un proceso de aprendizaje complejo y de gran dedicación, emanado desde la emoción que va apareada con el entendimiento de verdades fundamentales. El tener claro que cada uno de nosotros es un ser único e imposible de replicar y, por tanto, sujeto de un profundo respeto a su cualidad y dignidad intrínseca. Sin ello el ser humano pierde aquello que lo distingue como tal.

La razón que impulsa este artículo de opinión, emerge cuando voy tomando conciencia de la complejidad de estos temas. Pero más allá del fascinante mundo del descubrimiento está la realización de que ese individualismo que conforma la médula del liberalismo clásico es una rara y nueva gema en la comunidad mundial.

Gracias a escritores como Roger McKinney, quien vivió en Marruecos a fines del siglo XX, aprendí que la cultura de esos países difiere fundamentalmente respecto a la dignidad individual del ser humano. McKinney cuenta de su amistad con un marroquí y que, cuando estaban sentados en un restaurante, le dijo: “Roger, ahora que vas a comprar muebles para tu apartamento, sería mejor que me dieses a mí el dinero y yo te compro los muebles; ya que si los comerciantes locales huelen un extranjero a un kilómetro de distancia, los precios se duplican”.

A McKinney le apenó ocupar en ello a su nuevo amigo, y la oferta le hizo fruncir el ceño, pero el marroquí entendió aquello como desconfianza, tras lo cual añadió: “No temas Roger, que ya comiste en nuestra casa y ahora formas parte de la familia, y la familia se respeta”.

Y es que aquellos derechos individuales que hoy damos por sentados, y que a menudo poco conocemos y entendemos, no siempre fueron reconocidos y protegidos en la costumbre y en la ley. La historia cuenta que los griegos y romanos poca importancia y respeto daban a los derechos de quienes no conformaban parte de su familia o comunidad. Ello explica la práctica tan común de tener esclavos y de considerar a la mujer, al niño y al extranjero como inferior.

En Panamá he visto argumentar que no es lo mismo luchar a favor de los derechos de la libre empresa que por los del individuo; como si los de la libre empresa tuvieran ascendencia sobre los derechos individuales.

Quizá por ello es que los gobiernos piensan que tienen el derecho de “salvaguardar” a nuestros hijos de la ignorancia de sus padres; y ello justifica la centralización y politización educativa, porque el colectivo es más importante que el individuo. Según ello, el riñón es más importante que sus células. ¿Acaso se puede preservar el primero sin antes preservar el segundo?

He allí el meollo detrás de la construcción de una sociedad sana de bien andar, que reconoce los derechos individuales como bloque elemental constitutivo de la misma; que de no ser reconocido, respetado y protegido conlleva la destrucción del organismo social. Debemos ver a la sociedad como una asociación de individuos, y superar la visión primitiva que daba al jefe de cada clan un poder sobre los demás y quien tomaba las decisiones en la “polis”. Hoy día hemos evolucionado hacia las sociedades más abiertas en las que se procura la inclusión de cada miembro de la comunidad; esto, al menos, en cierta medida en occidente.

No debemos ver al gobierno como una entidad de poder desmedido, que de hecho es lo que hemos vivido en nuestro país, en donde tal distorsión encuentra asidero en una Constitución que instituye la discrecionalidad del funcionario y la relegación de los ciudadanos a un plano secundario. Sociedades en donde la política y sus políticos son iluminados por el perseguidor de los medios de comunicación, mientras la actividad comercial es relegada a rol secundario o peor; como algo a ser tolerado y tasado.

Detrás de todas estas disparidades campea el vicio de la envidia, que mueve a tantos a buscar las posesiones no por la vía del trabajo, sino por la del favoritismo político de leyes prebendarias. Todo ello ha sido resucitado por los socialistas, quienes no lo inventaron, sino resucitaron del pasado de la antigua cultura griega y romana.

Si no entendemos la grandeza y singularidad del liberalismo clásico al reconocer el valor de cada quien, estaremos condenados a una regresión social y a no acceder al mundo de maravillas y portentos que ya se asoma.

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