Cuando la guerra es ajena.

En la guerra propia -no en la ajena- el honor nacional tiene su insoslayable compromiso superior

Si la guerra de Irak violó la legalidad internacional, ¿qué hacían las fuerzas militares filipinas en Bagdad? ¿Se trataba, acaso, de una reiteración del servilismo del Gobierno colombiano del pasado coreano?

Apenas la Presidenta fue informada de que un compatriota civil había sido secuestrado y se pedía como prenda de rescate el retiro de sus tropas de Irak, maduró una reflexión propia de quien sabía que la guerra de Irak no era su guerra, e igualmente propia de quien era consciente de que el primer deber de todo gobernante no es no dejarse tumbar, como decía Torrijos, sino atender prioritariamente las solicitudes e intereses de su pueblo.

Ante la posibilidad del degollamiento de Dela Cruz, padre de ocho hijos, hubo en Filipinas un clamor nacional que demandaba el retiro de las tropas de Irak. Si la guerra de Irak hubiera sido una guerra provocada por los derechos o ambiciones filipinas, y si en ella se jugaba de cualquier modo el honor nacional, una petición semejante hubiera sido desatendida. En la guerra propia -no en la ajena- el honor nacional tiene su insoslayable compromiso superior. No importa que la guerra propia sea injusta y hasta sucia, pero es su compromiso. Cuando al general nacionalista español José Moscardó le exigieron la rendición del Alcázar de Toledo durante la guerra civil española, a cambio de la vida de su hijo Luis, prisionero de sus adversarios republicanos, prefirió desgarrarse para siempre el corazón en homenaje a lo que él consideraba que era su lealtad y su honor. El diálogo telefónico que mantuvo Moscardó con su hijo constituye uno de los episodios más dramáticos y viriles de aquella guerra tan dañina para el pueblo español. Los mismos escritores republicanos exaltaron el estoicismo sublime e histórico del general Moscardó.

En estos dos planos moralmente tan diferentes debe analizarse la conducta de Gloria Macapagal Arroyo, la que se definió a favor de la vida de su compatriota al aceptar las exigencias de los secuestradores.

En alguna medida sirvieron a la mandataria filipina los informes secretos de la CIA y del Servicio Secreto del Reino Unido acerca del real origen de la guerra contra el tirano de Irak para tomar la medida de devolver a su tierra las tropas filipinas. Ni el déspota Husein mantenía relaciones con Al Qaeda ni tenía armas de destrucción masiva. Solo tenía un imperio petrolero bajo su puño totalitario. Poner otro puño sobre ese imperio era y es el fin exclusivo de la guerra.

En este dramático episodio que unió al filipino con su Gobierno, se forjaron dos conclusiones: no debe haber solidaridad bélica con las naciones que violen el orden legal internacional y debe atenderse el clamor de los gobernados como el primer deber de todo mandatario democrático. La presidenta Gloria Macapagal Arroyo ha salido del anonimato mundial y ha logrado escribir con su pueblo una página de humildad y de humanísimo contenido en la historia de las Filipinas.

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