SEMANA DE ZOZOBRA

Para no hablar de ´aquello´: Berna Calvit

Razón tuvo Montesquieu, el ilustre político y filósofo francés, al decir “Feliz el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento”. Después de una semana de zozobra y angustia en un lugar del istmo “de cuyo nombre no quiero acordarme” (porque duele), quiero recuperar la anormal normalidad que se vive día a día en este país de contradicciones. Tranquilizada por el acuerdo que puso fin (ojalá) a la confrontación violenta, volví a leer los diarios con ánimo sosegado, de cabo a cabo, como me gusta. Las buenas noticias me alegran, pero cada vez resulta más difícil encontrarlas. Las guerras y las crisis económicas salpican todo el planeta; por todas partes aparece el rostro macabro de la codicia y la intolerancia. Con aire inocente las potencias económicas se reúnen para hablar de pobreza, ignorancia, y daños al planeta; con doble juego de manos los mandamases de la economía mundial imponen condiciones a los países pequeños mientras que ellos se las saltan a sus anchas. La historia del mundo muestra que el más fuerte doblega, o intenta doblegar, al más débil. Pero qué bien se siente cuando uno que creían débil, sale “respondón” y no se deja. Y no es que yo esté pensando “en aquello”.

Para no hablar “de aquello”, y entre la oscuridad de tanta noticia infausta, fue un destello de luz leer que Chang Yung-fa, fundador del Grupo Evergreen, donará todas sus riquezas a diferentes obras de caridad porque “El dinero es un objeto que deberá ser circulado alrededor del mundo y no deberá ser poseído exclusivamente por un solo individuo”. La revista especializada Forbes (que nunca se ocupará de mis cuatro reales), estima la fortuna del taiwanés de 84 años de edad, en $1,600 millones, apenas en la posición 782, bajito en millones. Noticia tan extraordinaria en tiempos de usura y avaricia, llamó mi atención; se lubricaron los engranajes cerebrales y empezó la molienda de pensamientos. ¿Qué historias hay detrás de las inmensas fortunas? ¿Cómo se sentirá desprenderse de miles de millones de dólares? ¿Van de tiendas estos señores? ¿Llegan al punto en que sienten que después de alcanzar la cúspide de la riqueza, solamente les queda seguir siendo generadores de riqueza y ese sentimiento no les basta? Son preguntas inevitables que surgen ante un recorte de periódico que repasa las más grandes fortunas del mundo, la de Chang Yung-fa, Bill Gates, Warren Buffett, Carlos Slim (el No. 1 en Forbes; vinculado a megaproyectos en Panamá, algunos de sabor amargo) entre otros.

Mientras escribo me asalta un temor que cada día se acentúa. ¿Podré terminar este artículo o me dejará el Gobierno sin internet, sin comunicación por celular, sin la posibilidad de “tuitear”? ¿Le cortarán el paso a las conmovedoras palabras de escritores y poetas que hoy rinden homenaje a las luchas de esa gente, allá en el lugar cuyo nombre no voy a mencionar; a la mujer pausada y firme que le cierra el paso al abuso y la arrogancia? Mejor me apresuro y termino esta columna. Un corte por censura o por “razones de seguridad” ya no es un hecho imposible, porque como dice un refrán, “El que hace un cesto, hace un ciento”. Ya viene el Carnaval, que de seguro las autoridades hubieran querido que empezara hoy para echarle tierra a tanta crítica que brota por aquí y por allá; a las autoridades les viene al pelo el respiro; y a los ciudadanos, el jolgorio que los hará olvidar por unos días que el pujante crecimiento económico no corre aparejado con sus necesidades más acuciantes. Pasado el Carnaval reaparecerán Juan Hombrón, el lote del vendedor de flores, los negocios con los italianos de Finmeccanica, la canasta microscópica, los precios supuestamente inflados en los megaproyectos, el heredado descontento de las víctimas del dietilene glycol, etc. Y “aquello”.

A veces siento que las autoridades menosprecian mi cociente intelectual. Cuando agitaron con gran despliegue la carta de Finmeccanica a nuestro gobierno negando anomalías en la compra de equipos de seguridad, la comparé con una carta para mi mamá, que le hubiera podido pedir a mi compañerito pio-pio, mi compinche, para aclararle que yo no me había “paveado” de la escuela. Puedo imaginar su reacción. Era de esperar, como ha sucedido, que el Gobierno italiano o alguno de sus miembros rechazara que la carta la haya interpretado el Gobierno panameño como documento oficial. Una vez más quedan entre sombras el procurador Ayú Prado y la contralora Gioconda de Bianchini, que ni cortos ni perezosos fueron cerrando la carpeta de investigación y “aquí no pasó nada”. ¡Cuánta impaciencia, qué inusitada celeridad para pasar juicio! He llegado al final sin mencionar “aquello”. Ni falta hace. Está en boca de organizaciones nacionales e internacionales; en las noticias mundiales. Alguien rechazó un comentario que hice sobre el manejo de lo sucedido allá, en el lugar que no mencionaré; respondió diciendo que es muy fácil criticar cuando no se está en los zapatos del otro. Después de todo, ¿no era lo que hacían ayer los que hoy resienten las críticas? Y finalmente, gracias Mr. Chang Yung-fa por la donación. No lo olvidé a pesar de “aquello”.

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