EL MALCONTENTO

A mala hora el planeta: Paco Gómez Nadal

El planeta ha tenido mala suerte. Llega al límite de su capacidad cuando el ser humano está en otras cosas. Que sus carnes se hayan puesto otra vez de moda cuando pensaba él, ingenuamente, que lo sintético le daría un alivio. Durante unos años (pocos), el tema del calentamiento global y de la necesidad de poner freno al frenesí consumista e industrial global parecía tomar cuerpo. La Cumbre de Río de 1992 parecía apuntar en esa dirección: el tema se puso en la agenda internacional, nacieron organizaciones ambientales como champiñones y en nuestras ciudades se comenzó a hablar de reciclaje y otras hierbas decorativas similares.

Se hizo una especie de transición del conservacionismo radical estadounidense a una especia de moda de gestión del ambiente en la que por fin se tenía en cuenta al ser humano que lo habita. Nuestro vocabulario cambió: huella ecológica, biomasa, biocombustible, energías renovables, pago por servicios ambientales, mercado de carbono...

Los posibilistas (que en esto de la ecología son lo mismo que los socialdemócratas en la política) estaban contentos porque se firmaban protocolos y empezaba a fluir la plata para proyectos relacionados con el calentamiento global y con la preservación del planeta. Por supuesto que el sistema reaccionó tal como se podía esperar: secuestró el lenguaje ambiental, compró algunas organizaciones, se inventó la mal denominada “economía verde”, convirtió el “mercado de carbono” en un mercado más en el cual especular, y, en una jugada magistral, nos convenció de que los culpables del desastre planetario somos los ciudadanos individuales y no el sistema industrial ni el mercado extractivo, entre otros...

Así, los ciudadanos nos lanzamos como locos a reciclar hasta el papel higiénico, compramos carros híbridos convencidos de que abríamos así las puertas del cielo ecológico, medimos nuestras huellas, nos culpabilizamos... eso se trasladó a las escuelas y miles de talleristas se lanzaron a lavar la conciencia de los más pequeños. Mientras, ni Estados Unidos ni algunos de los países más contaminantes del planeta suscribieron el Protocolo de Kyoto de reducción de gases invernadero; los empresarios siguieron contaminando como si la Tierra no fuera finita; el consumismo se disparó con la entrada en el juego del peculiar capitalismo-esclavismo chino; los precios de las materias primas crecieron al mismo ritmo, y las empresas extractivas de mineras, gas o petróleo renacieron de sus cenizas para comenzar un asalto a mano armada del planeta.

¿Y ahora? Pues apagamos la luz durante una hora, la Hora del Planeta, y aplaudimos. Si lo ocurrido en los últimos 20 años, desde Río, ha sido decepcionante, el estado del arte actual es peor. La crisis financiera internacional y el empobrecimiento de las sociedades del Norte Global han convertido el problema ambiental en una broma de poco gusto. Ya no es prioridad. Recuerden: lo de ser ambientalmente ya era un lujo y ahora lo va a ser mucho más.

Estas sociedades nuestras –angurrientas, desenfrenadas, condenadas al crecimiento perpetuo- no están dispuestas a renunciar a la plata. Las del Norte Global, porque quieren mantener su insostenible e injusto sistema de vida; las del Sur Global, porque quieren aprovechar el maná de regalías que dejan los que destruyen, usurpan y mal usan la tierra...

Lo difícil es aislarse de este clima para imaginar soluciones. Todos los problemas que han ido apareciendo en este texto están interrelacionados. No hay soluciones aisladas a la crisis económica, a la violencia estructural, a los brutales zarpazos del narcotráfico, a las agresiones militares o a la degradación del ambiente. Todo es causa y consecuencia de lo anterior y, por ello, las soluciones reales deberán ser globales e integrales.

Solo los ciudadanos podemos incidir en que los políticos se den cuenta de esto. Y solo los políticos pueden tomar medidas efectivas a corto plazo. Pero para eso hay que sacrificarse colectivamente y huir de las estúpidas modas impuestas desde los medios de comunicación que son insostenibles: los edificios de decenas de pisos, acero y vidrio, los carros de cilindradas imposibles, las ciudades diseñadas para no caminar y para no hablar, el desprecio por lo rural y la mitificación de lo urbano...

En mala hora se enfermó el planeta.

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